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Literatura y crítica

Múltiples lectores implícitos

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 El lector implícito es un concepto que normalmente se atribuye a Wolfgang Iser, que escribió un libro con ese título (Der Implizite Leser, 1974), pero que en realidad puede tener una historia más antigua. Mucho tiene que decir al respecto por ejemplo la Rhetoric of Fiction de Wayne Booth (1961), que además de teorizar al autor implícito, también le busca un correlato implícito, aunque lo llama "mock reader" o lector de pega. Igual que Walker Gibson, que escribió un artículo interesantísimo sobre el tema ("Authors, Speakers, Readers, and Mock Readers") ya en 1950.

El autor implícito es un concepto al que muchos le han cogido manía: entre los que no aceptan ningún tipo de autor(idad) en el texto, los que la remiten al lector y los que rechazan las preocupaciones éticas de Booth etc... resulta que el autor implícito tiene hoy mala prensa, cuando no es declarado inexistente. Y sin embargo podríamos hablar de múltiples autores implícitos (uno al gusto de cada lector) con lo cual el concepto proliferaría en lugar de desaparecer.

El lector implícito tiene mejor prensa que ese "fantasma" del autor implícito, aunque también muestra esa tendencia a disolverse o a multiplicarse o a volverse borroso. Acabo de leerme un artículo de Brian Richardson que trata esta cuestión de los textos que exhiben una diversidad o superposición de lectores implícitos ("Singular Text, Multiple Implied Readers", Style 41.3, otoño 2007), y presenta muchos casos interesantes así como una propuesta de clasificación.

Se encuentra el caso claro de textos para niños que sin embargo incluyen elementos que sólo pueden ser entendidos por adultos que lean con el niño. Andersen expresaba su intención de dirigirse a los dos grupos de lectores simultáneamente, con lo cual se puede definir un lector implícito "niño" y otro "adulto".

La misma multiplicidad de receptores se da en otros medios como las películas infantiles y los dibujos animados. A veces de hecho es difïcil distinguir qué elementos se presupone deberían ser captados por los niños y cuáles no. Los niños se ríen con Shrek o con los Simpson de maneras que a veces suponemos están reservadas a los adultos. Y un niño es en todo caso un ser difuso que se va metamorfoseando en adulto. Quizá sólo tenga sentido hablar de un doble receptor implícito en aquellos casos en los que la diferencia está claramente perfilada.

Otro caso claro de doble receptor son los textos con un mensaje político, erótico, etc. oculto y secreto menos para quien disponga de determinadas claves de lectura. (Por ejemplo en algunos acrósticos). Y los autores pertenecientes a minorías étnicas, culturales, sexuales, etc. a veces incluyen tanto una alocución más neutra dirigida al público mayoritario o "general" como guiños o alusiones que sólo adquieren sentido para un receptor implícito que pertenezca a un círculo más particular.

En realidad, se me ocurre, muchas veces es la dialéctica de la lectura la que permite descubrir claves de este estilo: alusiones privadas, asociaciones particulares, repeticiones recurrentes etc., que van volviéndose "legibles" o cargándose de sentido conforme conocemos mejor la obra de un autor. Así, en las obras de Nabokov podemos reconocer elementos recurrentes de una a otra a lo largo de los años, elementos que no pertenecen al esquema comunicativo de una obra aislada (al "lector implícito" de esa obra) porque hace falta una clave más panorámica para poderlos leer. Aparece así una lectura personal o privada superpuesta a la lectura pública de las obras. Lo mismo sucede para los lectores que conozcan la biografía del autor: la obra adquiere un sentido distinto. ¿Cuántos lectores, por ejemplo, del cuento de Nabokov ’Escenas de la vida de un monstruo doble" relacionan este relato con la muerte del hermano de Nabokov, Sergei? Sin embargo, ése es el sentido que emerge para un lector "privado". ¿Lector implícito? En cierto modo: pero presente de modo más tenue que el lector implícito más público y más generalmente comunicado.

Señala Brian Richardson que en los casos en que identificamos una diversidad de lectores, suele establecerse una jerarquía entre ellos: uno de los lectores debe comprender lo mismo que el otro, y además, más cosas que el otro no comprende (por ejemplo, el adulto y el niño, o el lector 'neutro' heterosexual y el lector homosexual 'que entiende'—que entiende lo que el otro, y más). También observa que Umberto Eco narra cómo nuestro lector crítico disfruta de una victoria lectora o perspectiva irónica sobre los lectores que entienden menos... Pero en otros casos no hay jerarquía clara, y hay efectos de alocución confusos o no claramente determinables.

De hecho amenaza con difuminarse el lector implícito en obras difíciles o de lectura múltiple o ambigua (el Ulises por ejemplo) y más si sumamos otra circunstancia antes mencionada con respecto al autor implícito: que al ser el lector implícito una construcción interpretativa, quizá cada lector o cada crítico lo construya un tanto a su manera; nos las hemos de ver con un concepto inherentemente difuso puesto que tiene que ver con la interacción comunicativa entre varios lectores. Estaríamos así apuntando a una concepción comunicativo-interaccional, y no tanto formalista-estructural, de los conceptos de autor y lector implícito.

Señala Richardson que los conceptos bajtinianos de heteroglosia y polifonía son ya de por sí muy capaces para contener muchas de las voces que los autores emplean en los textos, sin tener que postular un nuevo lector implícito para cada cambio de voz o registro; es mejor dosificar el uso del término para evitar que pierda todo sentido.

Y sin embargo... son tantas las circunstancias que multiplican o difuminan la imagen del receptor. Otra más apunta Richardson: los textos que se releen o las películas que se ven dos veces. Muchas veces hay claves preestructuradas para ser captadas sólo por el relector, o por el espectador que ya conoce el final; de otro modo hay detalles no ya insignificantes sino que incluso imperceptibles pueden ser.

Aunque el esquema final del artículo de Richardson es poco claro, propone establecer un espectro o jerarquía posible de estos efectos de alocución múltiple. Lo adapto aquí a mi aire a una lista que va de mayor a menor definición de la imagen del lector implícito:

- Lector implícito único (y bien definido, se entiende)
- Lector implícito doble pero con una jerarquía clara (de ironía, conocimiento, etc.)
- Lector implícito doble (triple, múltiple, etc.) pero sin jerarquización clara de autoridad intelectual.
- Lectores implícitos múltiples (a veces es el caso también, y resultado, de un texto con múltiples autores implícitos...)
- Autor implícito como constructor de un texto generativo o combinatorio (hipertextos, textos experimentales) que dan lugar a una obra efectiva distinta o lectura diferente con cada intervención de lector.

Son casos interesantes, y en muchos casos se puede sin duda ascribir un texto a uno u otro tipo, sin muchas discusiones. Y sin embargo, también se podrían problematizar los límites y presuposiciones de esta clasificación, siempre; pues al ser el lector implícito un efecto de la interpretación, una construcción efectuada interactivamente por diversos sujetos (el autor y diversos lectores), siempre se presta a una negociación o redefinición. Hasta el texto más claro puede leerse en contextos muy distintos, y con fines muy distintos, y esto puede llegar a alterar la estructura de su alocución. O a alterar la manera en que comprendemos o conceptualizamos esa estructura alocutiva, lo cual viene a ser lo mismo.


Dishonest reading

Retrospective prospections (Archaeologies of the self)


Acabo de enterarme de que el reciente libro Introducing Cultural Studies de David Walton (Sage, 2007) es un best-seller académico. Enhorabuena a David, que es uno de los críticos más originales, extravagantes y divertidos desde que el mundo es mundo; creíamos que Barthes o Lyotard eran something wild hasta que llegó David a hacer piruetas en la cuerda floja del circo crítico, en monociclo hermenéutico y lycra multicolor, haciendo malabarismos conceptuales con analepsis y cronotopos, sin que se le caiga ni uno al suelo. Y si se le cae, ya rebotará, con trayectorias inesperadas.

A ver si con el éxito de este libro se anima a publicar su carnavalesca tesis doctoral sobre Oscar Wilde, "Mail Bondage. Sentencing Wilde between the Sheets..." y no revientan los sesos del comité editorial ni se les caen los ojos de las órbitas (—pop—) ni le suplican que cambie el título... A ver si se atreven con la crítica creativa, vamos, en alguna editorial que le dé a este libro el eco que merece, como lo merecía Umberto.

La tesis se defendió hace diez años, y aún sigue inédita (aunque en nuestra Miscelánea apareció en 2000 un artículo relacionado con estas cuestiones). Pongo aquí un excelente trocito que me interesa por la manera en que trata un tema caro a mis obsesiones, la retrospección y su relación dialéctica con el presente y con el futuro—o la narratividad del yo. Lo hace con el ejemplo de Wilde, que tanto se presta—una de las razones por las que es el tema de esta tesis, como también lo es del más reciente libro de Pierre Bayard que comentábamos hace poco, Demain est écrit. A quienes les parezca paradójica la crítica de Bayard, no les recomiendo que continúen (in retrospection) con la de Walton. Para paradójica, o paradeójica, no tiene par. Este fragmento (como la tesis en conjunto) me parece un análisis magistral de la dimensión narrativa del yo, y de los límites (flexibles, éstos) de la reinvención de uno mismo en circunstancias difíciles. O, quizá, de cómo ejercer la libertad creativa a la vez que se reconoce el peso del tiempo, del destino, del Sistema Penal y de los juicios y opiniones incontrolables de los demás.

Se centra W. en la obra conocida como De profundis, y más propiamente llamada Epistola: in carcere et vinculis, carta escrita por Wilde a su amado Lord Alfred Douglas, desde la prisión de Reading, ese sitio tan apto para la relectura de sí. Y analiza la sorprendente naturaleza profética o prospectiva de escritos como Dorian Gray o El crítico como artista, que contenían (o al menos contienen ahora, tras la self-deconstruction) la crónica de desastres anunciados. Retrospección o retroacción que también hemos tenido ocasión de observar aquí con cierta extrañeza.

(Aviso: la tesis o rapsodia postestructuralista de Walton es dialogada, polifónica y teatral. Este trocito del capítulo 3, sobre las autorreconstrucciones de Wilde en la cárcel de Reading, es bastante moderado en sus excesos formales, si vale la expresión, y vale).


The chronotope of (present) prison time: life as a symphony of sorrow within a hermeneutics of anachrony

And we are in hell, and a part of us is always in hell, walled-up, as we are, in the world of evil intentions.
(Bachelard, 1969: 217)

…where there is a wound there is a subject: die Wunde! die Wunde! says Parsifal, thereby becoming 'himself'; and the deeper the wound, at the body's centre (at the 'heart'), the more the subject becomes the subject.
(Barthes, A Lover's Discourse, 1982: 434)


AUTHORIAL JUDGMENT: Within the terms of the chronotope of (present) prison time it is possible to use Bachelard's notion that the "outside is inside" or "the prison is outside" (1967: 217 & 221) as a controlling metaphor for reading how Wilde founds a self on a perpetual sense of suffering. This is dependent on relating the three coordinates of place, time and feeling. In terms of time all events (which take place in prison) are focused through pain which is so omniscient that it becomes itself the definition of event:

But we who live in prison, and in whose lives there is no event but sorrow, have to measure time by throbs of pain, and the record of bitter moments. We have nothing else to think of. ([Epistola...] 884)


Suffering is so overwhelming that it becomes the guarantee of identity: the self is suffering. Events here become subsumed under an all enclosing event of Nietzschean-like eternal recurrence; dominated by "throbs of pain" the chronotope of (present) prison time is fundamentally iterative. Given this structuring of the self any admission of joy would, in effect, negate it, or interrupt its sense of coherence or continuity. In this way Wilde necessarily constructs a past characterized by painful tragic events locked within what I've called his construction of a "metaphysics of destiny and doom."[4]

Suffering—curious as it may sound to you—is the means by which we exist, because it is the only means by which we become conscious of existing; and the remembrance of suffering in the past is necessary to us as the warrant, the evidence, of our continued identity. Between myself and the memory of joy lies a gulf no less deep than that between myslf and joy in its actuality. Had our life together been as the world fancied it to be, one simply of pleasure, profligacy and laughter, I would not be able to recall a single passage in it. It is because it was full of moments and days tragic, bitter, sinister in their warnings, dull or dreadful in their monotonous scenes and unseemly violences, that I can see or hear each separate incident in its detail, can indeed see or hear little else. (884)


Wilde's construction of what might be called the hermeneutics of backward reading (which makes up the narrative of the chronotope of pre- and post-prison time) enables him (or obliges him, as he semes to be aware in the following passage) to read the incidents of his past life as proleptic signs of a teleological history which would lead to debacle, doom and the dungeon. This hermeneutic of backward reading aptly "aestheticizes" the past into the form of a "Symphony of Sorrow" which reinforces the unchangeable nature of a determinist history endowed with, in hindsight, a fixed and recoverable thematics:

So much in this place do men live by pain that my friendship with you, in the way through which I am forced to remember it, appears to me always as a prelude consonant with those varying modes of anguish which each day I have to realise; nay more, to necessitate them even; as though my life, whatever it had seemed to myself and others, had all the while been a real Symphony of Sorrow, passing through its rhythmically-linked movements to its certain resolution, with that inevitableness that in Art characterises the treatment of every great theme. (884).


In an analeptic move, current suffering provides what Lyotard has called a meta-narrative [5] to read the past; that past, through acts of prolepsis, then, provides the means for taking account of the future. This self-conscious hermeneutic anachrony (Genette's term for shifts in time, 1980: 35f.) results in an interpretative context where past, present and future seme to escape a determinist view of history because they are caught up in a strategy of reading based on an unstable interdependent circularity. This is where the outside becomes, through a metaphorical turn, the inside. Wilde's transformation of his pre-prison history into multiple signs of suffering which cohere in a teleological trajectory towards ruin and the prison door implicates him in a view of the "outside" (as the history of suffering) as the same as that of the "inside": for they are both predicated on his homogenizing vision of event as suffering – reversals which are, arguably, a piece of mere "common sense". [6]

ADVOCATE: Could I be allowed double spacing, your Honour?

AUTHORIAL JUDGMENT: Yes, as long as you are prepared to agree with, or at least back up, everything I have to say.

ADVOCATE: Indeed, that is what I am here for, my Lord. So, could we not say that Wilde's seming efforts to hold together a sense of identity through suffering involves him in a representation which effectively imprisions him in a self of existential suffering, itself immured within this hermeneutic of backward reading, resulting in an interpretive prison which is not confined to the inside? (This semed to be confirmed (letteraly) by a letter Wilde wrote to Ross asserting, "Of course from one point of view I know that on the day of my release I shall be merely passing from one prison into another, and there are times when the whole world seems to me no larger than my cell, and as full of terror for me" (Hart-Davis, 1979: 240-1).

AUTHORIAL JUDGMENT: I believe we could, yes. Yet Wilde's act of reconstructing the past at once semes like "an act of intervention in a changeable world" (Wilde feels "forced" to reconstruct the past in a certain way) and, paradoxically, "the documenting of an immutable one…" (his past life is determined by his tragic destiny caught within the structural metaphor of the symphony). [7] Furthermore, the "symphonic" view, if it semes to militate against the terms of the hermeneutic of backward reading or anachrony, also sits uneasily with passages which deal with Wilde's efforts to change how contemporaries read or understood how he had been represented in history (e.g. "I felt that for both our sakes it would be a good thing… not to accept the account your father had put forward through his Counsel for the edification of a Philistine world, and that is why I asked you to think out and write something that would be nearer the truth" (903). [8]. From this perspective the self is caught or divided within two contradictory views of history: history semes predetermined and yet is subject to intervention, re-reading and change.

In addition to this split history, the metanarrative of backward reading that Wilde uses to ensure continuity of identity comes into conflict with an earlier passage where Wilde confesses "I don't regret for a single moment having lived for pleasure. I did it to the full… There was no pleasure I did not experience… I lived in a honeycomb… The other half of the garden had its secrets for me also" (922). This is linked to my earlier interpretation of the hedonistic daily rituals where I suggest that Wilde's sense of an earlier more authentic "self," which sees itself as tragic victim, is in conflict with a self coerced into a degenerate state, or is transmuted into a willing, or even wilful, hedonist. [9]. If this undermines a coherent identity, then it is further complicated by a self underpinned by pain. Wilde's admission of enjoying hedonistic pleasure to the full, according to the logic of fashioning a self based on suffering as an all encompassing event which only promises continuity by analeptically sending back tendrils of pain, results in a downward spiral into a negation of identity, or non being. Once Wilde claims joy as his own he semes to be caught out by Pierre-Jean Jouve's "we are where we are not" (Bachelard, 1969: 211); and could claim, like Iago, "I am not what I am". [10] For, to catch Wilde in an antimetabole, where there is joy there is no Wilde, and where there is Wilde there is no joy. [11]

Wilde's earlier hedonist self versus his prison self as sufferer, is mediated through another force which can be said to problematize a determinist view of history: art. At the point where Wilde affirms that "The other half of the garden had its secrets for me also", assuring Douglas of his acceptance of suffering and pain, he asserts:

Of course all this is foreshadowed and prefigured in my art. Some of it is in "The Happy Prince": some of it in "The Young King,"… a great deal of it is hidden away in the note of Doom that like a purple thread runs through the gold cloth of Dorian Gray. In "The Critic as Artist" it is set forth in many colours: in The Soul of Man it is written down simply and in letters too easy to read: it is one of the refrains whose recurring motifs make Salome so like a piece of music and bind it together as a ballad: in the prose-poem of the man who from the bronze of the image of the "Pleasure that liveth for a Moment" has to make the image of the "Sorrow that abideth for Ever" it is incarnate. It could not have been otherwise. (922)


Here Wilde's own works serve as intertexts which seme to function within this strategy of backward reading. Yet the relation can be seen as a more dialectical one because this intertextual manoeuvre rehearses one of favourite aesthetic theories (to add my own intertext to this already considerable intertextual ballast): "Life imitates Art far more than Art imitates Life". [12]. Wilde's inversion of a common realist assumption enables him to read present suffering back into the past, while suggesting that works of art themselves play a determining role in the development of history. This admission introduces yet another possibility to add to the forces which have gone on to fashion Wilde. Wilde, from this perspective (to add to the multi-layered possibilities of authoring suggested earlier [13]) , not only semes to fashion himself within the letter as author of his own works, but, paradoxically, is authored by his own works. In a structural relation which would bear out Wordsworth's epigraph to his Intimations of Immortality, "The Child is father of the Man," Wilde fathers his works, which, in turn, father him. [14].

Critics, at this point, may throw up their hands in despair and exclaim with Bachelard: "What a spiral man's being represents! And what a number of invertible dynamisms there are in this spiral! One no longer knows right away whether one is running toward the centre or escaping" (1969): 214). However, to the very end of the letter Wilde suggests that there is one mental faculty that could transcend these multiple engendering forces, which seme to lead the fashioned self into a kind of anarchy of historical contradiction:

Do not be afraid of the past. If people tell you that it is irrevocable, do not believe them.The past, the present and the future are but one moment in the sight of God, in whose sight we should try to live. Time and space, succession and extension, are merely accidental conditions of Thought. The imagination can transcend them, and move in a free sphere of ideal existences. (956)


Yet the imagination only throws Wilde back into the contradictions of the past as fixed, immutable or determined and a sense of history which is fluid, negotiable and subject to change. Firstly the past is alterable—albeit divested of any extension in time—being condensed into one moment or event in the eyes of God. The coordinates of time, space, succession and extension are merely accidental and Wilde goes on to repeat another idea found in his essays on art: "Things, also, are in their essence what we choose to make them. A thing is, according to the mode in which one looks at it" (957). [15] So, one version of history within this chonotope is like Stanley Fish's literary text, it is negotiable, subject to the hermeneutical acts [16]; an interpretive position which semes to be supported by the observations Wilde makes following his comments on Blake (who fiunctions as a kind of Ur-reception theorist):

"Where others," says Blake, "See but the Dawn coming over the hill, I see the sons of God shouting for joy." What seemed to the world and to myself my future I lost irretrievably when I let myself be taunted into taking the action against your father… What lies before me is my past. I have got to make myself look on that with different eyes, to make the world look on it with different eyes… This I cannot do by ignoring it, or slighting it, or praising it, or denying it. It is only to be done fully by accepting it as an inevitable part of the evolution of my life and character… (957)


This phenomenological view of the past as flexible history amenable to change through reinterpretation is threatened by two factors: the past as the future, and a concomitant sense of its inevitability.

When Wilde expresses the future in a play on one of his familiar paradoxes, "What lies before me is my past," this semes to contradict a view of the past as open to interpretive bargaining. Now the past semes to be someting settled, known—capable of future projection—because it has to be accepted "as an inevitable part of the evolution" of his "life and character". The hermeneutics of anachrony or backward reading, which constructs the self in coherent narratives based on secondary proleptic projections into present time, constantly pushes up against a self which may be dissolved in the radical ontological uncertainty of those past events, which, in turn, affect the "nature" of the self responsible for constructing those narratives. Wilde, as historical subject, is at once subject and object of the hermeneutical act; a self lost in an infinite regress, potentially rehearsing a kind of unstoppable Iserian kaliedoscope of gestalts and ever-changing horizons; an identity whose being is constantly jeopardized by the shuttlings of temporal perspectives and a compulsive Iserian hermeneutic of anticipation, frustration, retrospection and reconstruction. [17].

It is not a question of ridiculing Wilde for falling into contradiction, but tracing the spatio-temporal paths, the proairetic possibilities of the letter. After all, Wilde in his conclusion recognizes failure and reminds Douglas of the material context in which the letter was written:

How far I am away from the true temper of soul, this letter in its changing, uncertain moods, its scorn and bitterness, its aspirations and its failure to realise those aspirations, shows you quite clearly. But do not forget in what a terrible school I am sitting at my task. And incomplete, imperfect, as I am, yet from me you may have still much to gain. (957)

 


[...]





Notes

[4] See the section in the last chapter entitled "Paternal authors continued: of maternal authors and the de-storying and re-storying of Wilde…"

[5] See Lyotard (1984: 34f.).

[6] Now, if all this reversal of outside and inside semes like a piece of radical deconstruction, it may be worth recalling Zizek's comment in Enjoy your Symptom! that: "There is namely an unmistakable ring of common sense in the 'deconstructionist' insistence upon the impossibility of establishing a clear cut difference between empirical and transcendental, outside and inside, representation and presence, writing and voice; in its compulsive demonstration of how the outside always already smears over the inside, of how writing is constitutive of choice, etc. etc.—as if 'deconstructionism' is ultimately wrapping up commonsensical insights into an intricate jargon. Therein consists perhaps one of the hitherto overlooked reasons for its unforeseen success in the USA, the land of common sense par excellence" (Zizek, 1992: 25). This opens up the possibility that all the reversals I am bringing about here may be seen from the perspective of the good old Anglo-Saxon tradition of common sense. However, since Zizek made these suggestions there does not seme to have been a great rush by the proponents of "common sense" (whoever they may be) to embrace forms of deconstruction.

[7] These phrases have been lifted from Eagleton's discussion of George Moore, which has little to do with the ideas I develop here. However, they struck me as rather felicitous (Eagleton 1995: 217).

[8] I deal with this more fully in a later section. See "Oscar de Sade: Wilde on the pedestal and the case of the French letters".

[9] See "Doing things to the 'fall': on the ontological uncertainty of going down primrose paths to the sound of flutes".

[10] See Othello, act i, scene i (Shakespeare, [c. 1604] 1968: 53).

[11] Incidents such as the one where Wilde's favoured warder, Warder Martin, who made Wilde laugh by scolding his stomach in his efforts to hide some beef tea he was surreptitiously delivering to Wilde's cell, would presumably have rendered Wilde non-existent. The incident is recounted by Montgomery Hyde (1976: 400f.).

[12] "The Decay of Lying" (982). I have explored how this idea, and other ideas outlined in the essays on art, is played out repeatedly in Wilde's own writings; see "Artful Lying and Lifting the Painted Veil: Schopenhauer and the Psychological Role of Aesthetics in the Works of Oscar Wilde" (Walton, 1991).

[13] See "Of paternal authors. An author authored; or, on not being yourself, including some discussion of the 'Other' as a scandal which threatens Oscar's essence".

[14] Wilde is fathered in a double sense here: fathered in the sense that earlier works predetermine Wilde's future, and in so far that my fashioning of Wilde is the product of multiple semes—his works providing one means of constructing an identity for him. I am quoting Wordsworth from The Oxford Anthology of English Literature (Kermode et al., 1973: 176 [vol. 2]). Wordsworth takes the epigraph, of course, from one of his own poems, My Heart Leaps Up.

[15] This can be compared to "The Decay of Lying" where Wilde has one of his characters say, "If, on the other hand, we regard Nature as the collection of phenomena external to man, people only discover in her what they bring to her" (977). The lines quoted from the letter tend to complicate Dollimore's assertion that "Oscar Wilde's De Profundis -… involves a conscious renunciation of his transgressive aesthetic and a reaffirmation of tradition as focused in the depth model of identity" (Dollimore, 1991: 95). I shall take up these ideas in Chapter Five.

[16] See, for example, Fish's Is There a Text in This Class? (Fish, 1980). This claim on Wilde's part tends to complicate the claim made by Rodney Shewan that "… De Profundis is a critical work in both senses of that word. It takes pleasure in finding fault. But it also tries to perceive things in their true relations, to be 'a disinterested endeavour' to see 'the objet as in itself it really is'…" (Shewan, 1977: 194).

[17] For these concepts see Iser's The Implied Reader (1974).

(Texto extraído de la tesis doctoral de David Walton "Mail Bondage. Sentencing Wilde between the Sheets: An Epestemology of the Epistolary [An Architectonic Rhapsody]." Universidad de Murcia, 1997; defendida en 1998. Del capítulo 3, "Doing Time; a Poetics of Space. Sen-TENSE-ing Wilde"; pp. 122-29).


(A truth of masks)


Amélie Nothomb

A veces se dedica uno a ver vídeos de Amélie Nothomb entrevistada en un palimpsesto catalo-francés. Cátalo:




Quién fuese popular como ella... Igual empiezo por comprarme el gorro, que siempre ayuda.

Espejito, espejito

La Beatriz

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Me estoy leyendo "Central Park" de Walter Benjamin, sobre Baudelaire. Que al decir de Benjamin soñaba con nubes cuando soñaba con la posibilidad de una existencia espiritual. Y por tanto, en los poemas sobre nubes, "the desecration of clouds (La Beatrice) is the most frightful". También terrible, supongo, porque ratifica la visión que, según sospecha el poeta, el público tiene de él, como monigote patético, impostor y poseurposeur ante sí mismo, implícitamente—y lo hace a la vista del tal público.

La Béatrice

Dans des terrains cendreux, calcinés, sans verdure,
Comme je me plaignais un jour à la nature,
Et que de ma pensée, en vaguant au hasard,
J'aiguisais lentement sur mon coeur le poignard,
Je vis en plein midi descendre sur ma tête
Un nuage funèbre et gros d'une tempête,
Qui portait un troupeau de démons vicieux,
Semblables à des nains cruels et curieux.
À me considérer froidement ils se mirent,
Et, comme des passants sur un fou qu'ils admirent,
Je les entendis rire et chuchoter entre eux,
En échangeant maint signe et maint clignement d'yeux:

— «Contemplons à loisir cette caricature
Et cette ombre d'Hamlet imitant sa posture,
Le regard indécis et les cheveux au vent.
N'est-ce pas grand'pitié de voir ce bon vivant,
Ce gueux, cet histrion en vacances, ce drôle,
Parce qu'il sait jouer artistement son rôle,
Vouloir intéresser au chant de ses douleurs
Les aigles, les grillons, les ruisseaux et les fleurs,
Et même à nous, auteurs de ces vieilles rubriques,
Réciter en hurlant ses tirades publiques?»

J'aurais pu (mon orgueil aussi haut que les monts
Domine la nuée et le cri des démons)
Détourner simplement ma tête souveraine,
Si je n'eusse pas vu parmi leur troupe obscène,
Crime qui n'a pas fait chanceler le soleil!
La reine de mon coeur au regard nonpareil
Qui riait avec eux de ma sombre détresse
Et leur versait parfois quelque sale caresse.

— Charles Baudelaire, Les Fleurs du mal


Esta es la traducción de Robert Lowell:

My Beatrice

While I was walking in a pitted place,
crying aloud against the human race,
letting thoughts ramble here and there apart —
knives singing on the whetstones in my heart —
I saw a cloud descending on my head
in the full noon, a cloud inhabited
by black devils, sharp, humped, inquisitive
as dwarfs. They knew where I was sensitive,
now idling there, and looked me up and down,
as cool delinquents watch a madman clown.
I heard them laugh and snicker blasphemies,
while swapping signs and blinking with their eyes.

"Let's stop and watch this creature at our leisure —
all sighs and sweaty hair. We'll take his measure.
It's a great pity that this mountebank
and ghost of Hamlet strutting on his plank
should think he's such an artist at his role
he has to rip the lining from his soul
and paralyze the butterflies and bees
with a peepshow of his indecencies —
and even we, who gave him his education,
must listen to his schoolboy declamation."

Wishing to play a part (my pride was high
above the mountains and the devil's cry)
like Hamlet now, I would have turned my back,
had I not seen among the filthy pack
(Oh crime that should have made the sun drop dead!)
my heart's queen and the mistress of my bed
there purring with the rest at my distress,
and sometimes tossing them a stale caress.

— Robert Lowell, from Marthiel & Jackson Matthews, eds., The Flowers of Evil (NY: New Directions, 1963)


Un capítulo interesante en la historia del egotismo—del egotismo con mala conciencia, si se quiere. Y en la historia de la intimidad del escritor, y del efecto que sobre él (y ella) tienen sus imágenes públicas y publicadas. Efecto retroalimentado a ese egotismo, a esa intimidad y a esas imágenes.

As to my Beatrice... por aquí no solemos sufrir tamañas crueldades—my mistress when she walks treads on the ground.

Más Baudelaire y más epifanía


Automatic reprint

 

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Buscándome y buscándome por la red, a ver si me encuentro my real self de una vez, sigo descubriendo todo tipo de cosas interesantes y menos. Por ejemplo, hoy nos comunican el lanzamiento de esta red de recursos de libre acceso en universidades, Recolecta: Recolector de ciencia abierta, http: www.recolecta.net  - y me falta tiempo para ver qué han recolectado de mis collected works, "¿qué hay de lo mío?". Y vaya, lo que ya sabía que hay resulta que no figura (por lo de siempre: no ha pasado filtros oficiales), y en cambio sí encuentro copias o "ediciones" alternativas de varios viejos artículos míos:

"Sobre la competencia del narrador en la ficción" 
    
"El centro ausente: El Innombrable de Beckett"

"The Enthusiastick Fit: The Function and Fate of the Poet in Samuel Johnson's Rasselas"
    
"Stanley E. Fish's Speech Acts"
    
"Recent Literary Theory and Criticism in Spanish Anglistics: Some observations on its institutional context and practices"

Todos estos son pedefes procedentes de Dialnet, ese increíble sitio bibliográfico de la Universidad de La Rioja (aunque viéndolo desde aquí me aparece no sé por qué el logo de la Universidad de Zaragoza)—que han pasado de ofrecer listas de referencias bibliográficas a ofrecer en muchos casos el texto completo. Esa es también, claro, la idea del Recolecta éste, aunque inspirado por un criterio nacionalista sólo ofrece recursos de universidades españolas entiendo. Por cierto que el último artículo que decía también aparece en versión alternativa en RACO: Revistes catalanes amb accès obert:
    
 "Recent Literary Theory and Criticism in Spanish Anglistics: Some observations on its institutional context and practices"

No sé si considerarán que lo de "Spanish Anglistics" va con ellos o no, en fin...  cada cual hace patria como buenamente entiende (él o quien le paga).

Pero en suma, que uno escribe cosas y van apareciendo por allí copias derivadas de copias, ediciones desconocidas... Claro que el copyright supongo que lo tienen las revistas, de esos detalles yo ni me ocupaba antes de empezar a autopublicarme. Y debe ser un caso más de eso que decía Platón en el Fedro, que una vez una cosa está escrita, va rodando por todas partes y está ya fuera del control de su autor.  La red favorece aún más estas multiplicaciones automáticas; pronto ni les podremos seguir la pista, ni a ellas ni a nosotros.


... y the outsider's view

También he visto que se obtiene a través de Recolecta  un buen número de recursos antes dispersos buscando por ejemplo:  Filología inglesa, o Narratología. O esta búsqueda de recursos sobre Comentario de texto que les voy a pasar a mis alumnos inmediatamente. Aunque he estado oyendo algunas lecciones en audio de las que ahí figuran, de las que echan por la radio en los programas de apoyo de la UNED sobre análisis textual y retórica literaria, no diré nombre.... y madre mía, ¡que lo tomen como modelo sobre cómo no hacer las cosas! Está claro que cada maestrillo tiene su librillo, y que en determinadas circunstancias algunos somos muy inaguantables. ¿Será sólo oyendo estas cosas no como "víctima" de la asignatura, sino como oyente no invitado, cuando se experimenta una penosa impresión?

Supongo que algunos damos al alumnado una impresión más guay, pero... ¿entrará dentro de lo posible que nuestros alumnos nos vean también a nosotros un pelín— prepotentes, obcecados, maniáticos, mezquinos, cuadriculados, autoritarios, pagados de sí y simplistas, reyezuelos en los límites de su corralito?

¿Será una pregunta retórica?

En las escaleras del Conservatorio

El pánico narrativo

¿Vivimos en nuestro propio relato? ¿Nos importa lo que dirán de nosotros cuando no estemos, o cuando no estamos? ¿Cuidamos nuestro personaje— lo que Goffman llamaba "face"? ¿Actuamos como si estuviésemos frente a las cámaras, o a las pantallas—aquí lo estamos—o bajo la mirada del Narrador, que ha de emitir su Juicio sobre nosotros? ¿Aceptamos vivir como vivimos, o correr los riesgos que corremos, por consideración a esa narración que somos, esa narración viviente?

—Oh sí. Sí, claro—murmuró Reresby como con pereza—. Siempre hay quien se mira actuar, quien se ve a sí mismo como en una representación continua. Quien cree que habrá testigos que relatarán su generosa o ruin muerte y que eso es lo que más importa. O que se los imaginan si no puede haberlos, el ojo de Dios, el escenario universal, lo que tú quieras, todo eso. Quien cree que el mundo depende de sus relatores y los hechos de que se cuenten, aunque sea muy improbable que nadie vaya a molestarse en contarlos, o en contar esos concretos, quiero decir los de cada uno. La inmensa mayoría de las cosas sólo ocurren y no hay ni hubo nunca registro de ellas, aquello de lo que nos llega noticia es una porción infinitesimal de lo acontecido. La mayoría de las vidas, y no digamos de las muertes, nacen ya olvidadas y no dejan el menor rastro, o se hacen desconocidas al cabo de poco tiempo, unos años, unos decenios, un siglo, eso es en realidad muy poco tiempo, tú lo sabes. Piensa en las batallas, por ejemplo, en cuán importantes fueron para quienes las libraron y a veces para sus compatriotas, de cuántas no nos dice nada ni siquiera el nombre, hoy en día ignoramos hasta la guerra a la que pertenecieron, y además nos traen sin cuidado. ¿Qué significan hoy para nadie Ulundi y Beersheba, o Gravelotte y Rezonville, o Namur, o Maiwand, Paardeberg y Mafeking, o Mohacs, o Nájera—Este último lugar no lo pronunció como es debido—. Pero hay muchos que se resisten a eso, incapaces de aceptarse como insignificantes o como invisibles, me refiero a una vez muertos y convertidos en materia pasada, una vez que no están ya presentes para defender su existencia, para gritar: 'Eh, que estoy aquí. Puedo intervenir y tener influencia, hacer el bien o causar daño, salvar o afligir, y hasta toercer el curso del mundo, puesto que aún no he desaparecido'.—'Soy aún, luego es seguro que he sido', pensé, o recordé que lo había pensado mientras limpiaba la mancha roja de la escalera de Wheeler y su cerco no se borraba del todo (si es que había habido tal mancha, cada vez más lo dudaba), el esfuerzo de las cosas y de las personas por evitar que digamos: 'No, esto no ha sido, nunca lo hubo, no cruzó el mundo ni pisó la tierra, no existió y nunca ha ocurrido'—. Tú hablaste de esos individuos—prosiguió Reresby, que había ido tomando un extraño impulso, para elevarse—. No son muy distintos de Dick Dearlove, según la interpretación que de él hiciste. Padecen de horror narrativo, esa fue tu expresión si mal no recuerdo, o repugnancia. Temen que el final lo emborrone y condicione todo, un episodio tardío o último arrojando su sombra sobre cuanto vino antes, cubriéndolo y anulándolo: que nos se diga así que no eché una mano, que no me arriesgué por los otros o me sacrifiqué por los míos, piensan en los momentos más absurdos, cuando no hay nadie para contemplarlos o van a morir quienes los vean, empezando por ellos mismos. Que no se propague que fui un cobarde, un desalmado, un carroñero, un asesino, piensan sintiéndose bajo los focos, cuando nadie los enfoca, ni va a hablar jamás de ellos, por su poca importancia. Serán vivos anónimos y serán muertos anónimos. Serán como si no hubieran sido. —Se quedó callado un instante, dio un sorbo a su oporto y añadió—: Tú y yo seremos de esos, de los que no imprimen huella, dará lo mismo lo que hayamos hecho, nadie se ocupará de contarlo, ni siquiera de averiguarlo. No sé tú, pero yo no pertenezco a esa clase de sujetos, los que son como Dearlove aunque no sean celebridades sino todo lo contrario. Los que padecen el complejo K-M, según nuestra jerga, en alguna de sus modalidades. —Se paró, miró de reojo a la lumbre y agregó—: Yo sé que soy invisible, y lo seré aún más cuando esté muerto, cuando ya sólo sea materia pasada. Materia muda."


Reresby, o Tupra, es un personaje de Tu rostro mañana, la última novela de Javier Marías, que he concluido ahora, disfrutándola enormemente, en esta tercera parte (Veneno, sombra y adiós) al igual que en las dos entregas anteriores (Fiebre y Lanza y Baile y sueño). Como muchos de los personajes de Marías (el narrador y protagonista, su padre, Peter Wheeler, la joven Pérez Nuix...) sus circunvoluciones cerebrales y asociaciones de ideas son apenas distinguibles de las del autor o narrador de otras novelas: Todas las almas, Corazón tan blanco, Mañana en la batalla piensa en mí, o Negra espalda del tiempo). No leemos a Marías para eso... No, Tupra/Reresby da voz a muchas concepciones de su autor, aunque no precisamente a sus valoraciones. La certidumbre de este personaje sobre la insignificancia de la vida, y de la memoria y el pasado, y de sus narraciones, es parte de la concepción del autor: otra parte se pasma precisamente ante la importancia infinita de la vida, y de las pasadas realidades que fueron, y de las narraciones que las mantienen en existencia—la vida, la presencia (del padre del narrador, o de su amigo Wheeler, de su esposa Luisa), un tesoro inapreciable cuando se tiene, y que depende una vez ha desaparecido, de sus narradores. Materia muda todo, excepto por la narración—de momento, pero es un momento en el que se juega nuestra existencia y todos los sentidos posibles. A la larga, todos mudos. De ahí el pánico narrativo—quizá sea una reacción exagerada, el creer que es la narración la que sustenta la realidad (aun cuando esta sigue ahí presente), o el creer que la realidad es, esencialmente una narración ("Cada cual asiste a su relato, Jack. Tú al tuyo y yo al mío" - 46). En una novela, claro que es así: la realidad de ese mundo es una realidad narrativa. Por eso la fascinación o ambivalencia de Marías ante el valor de la narración le lleva a realizar una narración inexistente: Sí, el narrador se parece a Marías en algunos aspectos; y sí, Marías ha escrito la novela que leemos (la novela, no su autobiografía)—pero apenas podemos concebir que el narrador se haya puesto realmente a escribir sus memorias en primera persona, menos a publicarlas. Quiero decir que la narración no queda motivada de modo realista, queda flotando en un limbo de virtualidad, donde a la vez tiene lugar (puesto que la leemos) y no tiene lugar (pues estas cosas jamás serán contadas a nadie por su protagonista—a sí mismo, en todo caso. Con lo cual nos convertimos nosotros en el protagonista, en ese hueco que se nos ha hecho en el relato).

En la novela el pánico narrativo estaría plenamente justificado: el creer que "algún ser nos atiende en todo momento y lo sabe todo sobre nosotros y sigue nuestra trayectoria al detalle como quien sigue un relato del que somos el protagonista" (193)—pero esa ilusión teológica del mundo como una trama coherente de sentido narrativo no se ve sustanciada aquí, donde la narración se señala a sí misma como una ilusión del sentido, una ilusión de la que vivimos hasta extremos que ni sospechamos. Y de hecho el propio narrador Jack/Jacobo, menos descreído quizá que Tupra/Reresby, se deja llevar por esa ilusión de sentido, y actúa, para poder contarse su historia a sí mismo sin avergonzarse. Actúa, en el momento más espectacular, dándole una paliza al amante de su mujer, Custardoy, metiéndole miedo en el cuerpo, y amenazándolo con cortarle una mano si vuelve a maltratarla.

Cierto que nada concluye hasta que la vida concluye. Y la vida, como en otras novelas de Marías, sigue su curso, una vez interrumpida la narración de este fragmento. Jacobo ve tiempo después a su enemigo o víctima, Custardoy, y lo ve desafiante, sin miedo, tal vez una promesa de venganza futura. Será otro final, que quizá llegue o quizá no—no el de esta novela.

Se puede vivir con una amenaza aplazada, porque siempre puede no cumplirse, y con ello hay que contar en principio. A veces vemos lo que se avecina y aun así no hacemos caso, y quizá no sea sólo por lo que me dijo Wheeler, porque detestemos la certidumbre, porque nadie ose ya decirse o reconocerse que ve lo que ve, lo que a menudo está allí, quizá callado o quizá muy lacónico pero manifiesto; porque nadie quiera saber, y a saber de antemano, bueno, a eso se le tenga horror, horror biográfico y horror moral; porque todos prefiramos ser completos necios en sentido estricto, en el sentido latino del término que todavía recogen nuestros diccionarios: 'Ignorante y que no sabe lo que podía o debía saber', es decir, el que ignora a conciencia y con voluntad de ignorar, el que rehúye enterarse y abomina de aprender. 'El satisfecho insipiente', como dijo Wheeler con su pedantería que echo en falta. No, quizá sea también porque tememos malgastar la vida con nuestras preocupaciones y sospechas y nuestras visiones y alertas, y porque no se nos oculta que de todo habrá siempre un final sabido, y entonces, en el adiós, cuando seamos pasado o nuestro final avance ligero y llame ya a la puerta con insistencia, nos parecerá todo baldío e ingenuo: para qué hizo esto, dirán de ti, para qué tanta zozobra y la aceleración de su pulso, para qué aquel movimiento y aquel vuelco; y de mí dirán: por qué habló o calló y guardó tantas ausencias; para qué aquel vértigo, tantas las dudas y tal tormento, para qué dio aquellos y tantos pasos. Y de los dos dirán: por qué se enfrentaron y para qué tanto esfuerzo, para qué guerrearon en lugar de mirar y de quedarse quietos, por qué no supieron verse o seguirse viendo, y aqué tanto sueño y aquel rasguño, mi dolor, mi palabra, tu fiebre, nustro veneno y la sombra, y tantas las dudas, y tal tormento. (701)


Tentado está el narrador de hacer caso a Jorge Manrique, que ante lo transitorio de la vida, declara "'Si juzgamos sabiamente, daremos lo no venido por pasado'—, y exactamente lo opuesto, y entonces podremos dar lo pasado por no venido, por no venido cuanto nos ha pasado y nuestra vida entera por no habida. Y así qué importa cuanto en ella hagamos, o por qué será que nos importa tanto..." (330)

Precario el mundo, y precarias sus narraciones. Precaria la relación entre la narración y el mundo—que no es de por sí narrativo. Pero narrándolo lo hacemos más nuestro, mientras dura, y mientras duramos, y mientras duran las narraciones y hay alguien que las lea, y por eso sufriremos pánico narrativo entre tanto hay cosas que narrar y dura life's fitful fever. Y tanto más pánico, quizá, cuanto más se reduzca la existencia a una narración—cada cual en su historia, que bien conoce, cada cual es su propio narrador trascendental, a falta de otro.

El proceso de las nostalgias

 

Blog de comentario

Empieza el segundo cuatrimestre: dejo el blog de Shakespeare y empiezo el blog de Comentario de Textos - vamos, una página de apoyo a la asignatura. De momento sin comentarios—tampoco es que los use mucho nadie cuando los pongo. Aún me planteo abrir otro para otra asignatura, pero me da miedo marearme con tanto blog. De momento aquí va lo que les pongo hoy en el blog de comentario:

Martes: De lo dicho en clase, recordad la importancia de organizar la lectura:

- Con un horario regular y establecido, para leer tanto los textos literarios como los manuales y bibliografía secundaria que utilicéis.

- Leyendo part of the time en voz alta, y con diccionario de pronunciación a mano

- Dedicando muchas sesiones a lectura detallada, consultando el diccionario para cada palabra que no encontréis.

Y en lo referente al comentario de textos, las dos direcciones deseables o imprescindibles en las que trabajar:
- Generalizando, es decir, mostrando qué elementos tiene el texto en común con otros textos.
- Individualizando: procurando asimismo formular qué es lo que lo hace peculiar, único—qué sucede en este texto que no sucede en los demás.

Mañana miércoles comentaremos el poema de Sidney "Loving in Truth" - pero primero seguiremos con el poema de Edwin Morgan,
Edwin Morgan "Opening the Cage":


                        Opening the Cage
                14 variations on 14 words

I have nothing to say and I am saying it and that is poetry.
John Cage


I have to say poetry and is that nothing and am I saying it
I am and I have poetry to say and is that nothing saying it
I am nothing and I have poetry to say and that is saying it
I that am saying poetry have nothing and it is I and to say
And I say that I am to have poetry and saying it is nothing
I am poetry and nothing and saying it is to say that I have
To have nothing is poetry and I am saying that and I say it
Poetry is saying I have nothing and I am to say that and it
Saying nothing I am poetry and I have to say that and it is
It is and I am and I have poetry saying say that to nothing
It is saying poetry to nothing and I say I have and am that
Poetry is saying I have it and I am nothing and to say that
And that nothing is poetry I am saying and I have to say it
Saying poetry is nothing and to that I say I am and have it


El sitio web de Edwin Morgan es http://www.edwinmorgan.com

Y aquí hay un artículo de la Wikipedia sobre poesía concreta: "Concrete poetry" http://en.wikipedia.org/wiki/Concrete_poetry
 
A propósito del autor del dicho "I have nothing to say, and I am saying it, and that is poetry", John Cage, aquí está su famosa pieza musical "4'33''" en versión orquestal.


Aunque de Cage quizá os gusten más (o quizá no) "In the Name of the Holocaust" - o "Water Walk".

 

 

 

El obsceno blog

 

Mañana habrá sido escrito

Mañana habrá sido escrito Desde hace tiempo me llamó la atención el caso de El Retrato de Dorian Gray de Wilde—me refiero a la manera en que a la vez aludía oscuramente a corrupciones inconfesables, y prefiguraba un desenmascaramiento espectacular o exhibición pública de pecados largo tiempo ocultos. También prefigura este texto, por cierto, la figura de Lord Alfred Douglas, su amante poco amante a quien Wilde conocería después de escribir la novela. Y prefigura la decepción que seguiría a este encuentro, tras una fascinación inicial.

Más que la hipótesis de que Wilde fuese profeta, yo me apunto a la teoría de una compulsión psicológica conocida y expresada por el autor antes de llevarla a efecto en su propia vida—quizá alentado por esa misma expresión, como para demostrar su teoría de que la vida imita al arte. También dice Wilde que el arte lleva a su perfecto cumplimiento y expresión ideal las tendencias que en la vida o la naturaleza son imperfectas o meramente potenciales. Y una vez hecho esto, la vida imitaría a ese arte. O, suprimiendo un paso por innecesario, sólo queda a la vida, considerada como obra de arte, el explorar y desarrollar formalmente su vocación oculta e imperfectamente desarrollada.

Muchas veces es el desastre lo que es oscuramente intuido.

Esta misma línea de pensamiento la encuentro excelentemente desarrollada en un libro de Pierre Bayard, Demain est écrit, que considera el caso de Wilde y el de otros escritores en los que el futuro queda anunciado de antemano en cosas que escribieron. Es un libro precioso de crítica creativa y paradójica, y atenta al aspecto creativo y paradójico de la escritura y de la experiencia.

Hoy no hago sino apuntar este post. Mañana estará escrito.

En la vida de Wilde como en la de otros autores estudiados en Demain est écrit (Verhaeren, Melville, Woolf, Kafka) el tiempo parece invertirse, y acontecimientos cruciales (y a veces fatales) de su vida están anunciados, a veces de modo repetido, en sus obras: y así, "se tiene la impresión de que la escritura jugó un papel en esta desorganización de los acontecimientos, por su capacidad de anunciar, o incluso de describir, hechos posteriores, como si no fuese únicamente el receptáculo del pasado sino también el lugar de una oscura presciencia de lo que no ha sucedido todavía" (14). Encuentros amorosos, crisis, suicidio... todo parece estar predicho en la obra de algunos autores. Un panorama muy atractivo para misteriólogos, oscurantistas y buscadores de sincronías preestablecidas. Y Bayard juega con el tono portentoso u ominoso, aunque su propuesta interpretativa es de hecho bastante más racional.

Naturalmente, estamos aquí en el terreno de la falacia de la retrospección: hay tantos acontecimientos descritos en las obras de los autores, que no es sino esperable que algunos coincidan de manera inesperada con acontecimientos llamativos o trascendentales que sucedieron luego al propio autor. Los no coincidentes (o sea, el 99,999%) son ignorados, y la atención se centra en este 0,001 % de coincidencia "inexplicable" (excepto estadísticamente). Esto se magnifica, se agudizan los parecidos mediante la interpretación y se trazan las líneas de correspondencias entre la escritura y el futuro anunciado: así se leen fatalismos, destinos ya escritos, etc. Este papel dado a la atención es, desde luego, la explicación más poderosa.

Pero Bayard complementa esta interpretación con una teoría psicoanalítica de la escritura. En efecto, no es casual que grandes acontecimientos y destinos finales estén anunciados en la escritura, pues es allí donde surgen a la conciencia —o, primero, a la inconsciencia— antes de que el escritor los haga suyos y, como Wilde, imite a su obra de modo más o menos consciente. Es otra explicación complementaria y a veces entremezclada con la primera de modo difícil de desentrañar.

Los críticos académicos no suelen ser muy dados a este tipo de razonamientos. Y quizá no sólo por temor a parecer poco serios. En efecto, como señala Bayard,

Si se supone en efecto que lo que escribimos es portador, de alguna manera, de aquello en lo que nos vamos a convertir, tanto para lo bueno como para lo malo, pueden comprenderse las reticencias de los críticos a aventurarse por vías peligrosas, donde ellos mismos correrían el riesgo de ver dibujarse, entre líneas supuestamente referidas a otros, las formas inquietantes de su propio destino. (16).

También hay que tener en cuenta que mucha teoría literaria (Nueva Crítica, estructuralismos, postestructuralismos...) era reacia en el siglo XX a tratar para nada del autor, que quedaba relegado a concursos literarios, circuitos de conferencias, y biógrafos supuestamente desfasados en ese siglo formalista.

Los ejemplos de Bayard:

- Rousseau, que conoce a su amor Sophie d'Houdetot un año después de haber descrito en La Nouvelle Héloïse un encuentro que se diría autobiográfico. ¿La explicación? "Rousseau está preparado para encontrar en las mujeres que pasan a aquella que le ocupa el espíritu, y que no pide otra cosa que encarnarse" (25). La literatura se adelanta a la vida, y la vida se pliega a ella lo mejor que puede. Así pues, la literatura no sólo habla de la vida de los escritores ya transcurrida, sino también, indirectamente, de lo que vendrá (27).

- Otro encuentro amoroso preescrito es el de André Breton en L'Amour fou—el encuentro con su amada sigue los pasos de un texto anterior, "Tournesol", producto de la escritura automática. Pero... ese texto había sido publicado. Bayard sospecha que Jacqueline, la amada de Breton, lo conocía y preparó el encuentro con aires de predestinación. Por otra parte, están también las no coincidencias, que atraen mucho menos la atención selectiva.

- El caso de Verhaeren entra en las casualidades. Hay muchas descripciones angustiosas de trenes (síntoma de la modernidad) en su obra, y muere arrollado por uno. Aquí supongo que hay que recurrir a la estadística, y al efecto distorsionador de la atención antes mencionado. Desecha pues Bayard las hipótesis irracionales.

- Virginia Woolf liga de maneras extrañas (en Mrs Dalloway) el suicidio del personaje Septimus con la experiencia vital del alter ego de la autora en la novela, la propia Mrs Dalloway—una especie de comunión a distancia en el suicidio. Septimus no se ahga, como Woolf, sino que se tira por una ventana, pero hay mucha fascinación por el agua en las novelas de Woolf—incluso en la escena del suicidio de Septimus. (Habría que añadir por una ventana se defenestró Virginia Woolf en un intento fallido de suicidio en 1904, mucho antes de escribir Mrs Dalloway. Un suicidio fallido lleva a otro más logrado, desplazado primero a un personaje de ficción).

- Herman Melville, que tanto escribió cuando era joven, no escribió casi nada después de Moby Dick. Puede tomarse (como hace Bayard) la blancura misteriosa e inquietante de la ballena, sobre la que tanto se diserta en la novela, como un anuncio de la página en blanco con la que se toparía el autor bien pronto. —Un símbolo reflexivo, pues, no tanto de la propia escritura como del bloqueo del escritor—pero quién lo iba a decir, en medio de un texto de proporciones cetáceas como Moby Dick.

-
¿Previó Borges el golpe que se dio en 1938 con la esquina de una ventana, y que contribuiría a su ceguera? No— hay elementos en sus cuentos anteriores que pueden releerse a posteriori asociando sangres, ventanas y esquinas, pero será el propio Borges quien recoja esos elementos en "El Sur" para asociarlos y darles un valor simbólico, y también a su accidente.

- Edgar Allan Poe también describió a sus heroínas macabras antes de su relación con su prima Virginia, en la que la vida parece imitar a la obra, y la obra a la vida en un círculo obsesivo. Aquí se inclina Bayard por la interpretación freudiana en la línea de Bonaparte, pero incluyendo al texto como mediador esencial:

"En esta perspectiva freudiana, el fantasma es la palabra clave de la organización de las relaciones entre vida psíquica y realidad, con la condición de introducir un tercer término, que es el de texto. Puede en efecto suponerse que los textos literiarios mantienen una relación de proximidad particular con el fantasma y que son así portadores de sus líneas de fuerza, antes mismo de que llegue a encarnarse en la realidad" (88—traduzco).

Aunque le falta a esta teoría freudiana (observa Bayard) el ingrediente de la retroactividad interpretativa, el papel del la relectura, y del lector, en la constitución de estos destinos.

- Los presentimientos juegan un papel muy importante en En busca del tiempo perdido de Proust. (Pero son presentimientos reinterpretados, recordados, por tanto carne de hindsight bias....). Así, por ejemplo, la muerte de Saint-Loup, o de Albertine, van precedidas (pero en realidad seguidas, pues la escritura es posterior) de muchos signos, premoniciones, avisos semiocultos. El narrador proustiano cae voluntariamente en estas falacias, pero lo hace de una manera tan bonita que nos hace repensar el sentido que tienen—"algunos acontecimientos son demasiado grandes para caber en el momento en el que ocurren, y se ven obligados por eso, con el fin de alcanzar la existencia, a desbordarse hacia el pasado" (Bayard 97).

En Proust, dice Bayard, tiene gran peso el sentimiento de finitud como organizador de los comportamientos psíquicos. Y eso mismo le hace más consciente del futuro posible:

Con la finitud, el fantasma ya no se orienta sólo hacia un pasado del cual sería la traducción activa; también lo está hacia un futuro que se infiltra en él infiltra con sus signos, y no es ilegítimo suponer que la escritura literaria agudiza en nosotros su presencia. (98)

Tanto más, cabría añadir, cuanto que la novela de Proust es esencialmente reinterpretativa, retrospectiva, contrastiva entre lo que parecía entonces y lo que se supo después. Por tanto esos fantasmas del personaje son fantasmas reinterpretados, vistos en perspectiva. Nuestros caracteres no nos son conocidos, dice Proust, requieren del Tiempo para desplegarse y revelarse en lo que son— pero entonces ya no es en lo que son, sino en lo que habrían de ser, en lo que llegaron a ser—y no sólo por sus "leyes esenciales" internas, aunque Proust (o James) pongan el énfasis en ésto, sino también por las contingencias de la acción y de la Historia. Por ejemplo, la Primera Guerra Mundial.

Es este ingrediente de reinterpretación y perspectiva el necesario para hacer surgir el "futuro que habita en nosotros"o los primeros signos de su manifestación que se dan en el lenguaje—en esas escenas en las que decimos la verdad sin querer, por ejemplo, "a veces el futuro habita en nosotros sin que los sepamos, y nuestras palabras que creen mentir dibujan una realidad cercana" (Proust, cit. en Bayard, 100).

En una novela esto está precocinado, y los personajes están sometidos a ironías futuras — como de hecho lo estamos a veces también en tanto que personajes reales, o no tan futuras, a veces borrosamente intuidas en el momento en que hemos escuchado nuestras propias palabras. Porque esas palabras que se impregnarán de ironía salen de algún sitio, tal vez a veces amañamos nuestras propias ironías futuras. Aunque preferimos no pensar mucho en ello, y dejar que sea el futuro quien aclare las cosas, y extraiga de lo que decimos las consecuencias que estime oportunas. Demasiado trabajo es ser nosotros mismos y nuestros analistas a la vez.

Es interesante la contraposición que establece Bayard entre la teoría intuitiva o prospectiva de Proust (avant-coup) y la teoría retrospectiva-retroactiva de Freud (après-coup):

Mientras que ésta se edifica sobre la noción de "a toro pasado" (après-coup), es decir, sobre la reorganización psíquica de acontecimientos antiguos, la "teoría" proustiana, aunque evidentemente no excluye la relación con el pasado, impone la noción de "a toro futuro" o antelación (avant-coup), es decir, la organización prematura de acontecimientos del porvenir, que comienzan a actuar en nosotros antes mismo de producirse, a la vez que se escriben en parte en función de lo que está en juego en el tiempo presente. (Bayard 102)

Es en verdad un concepto imprescindible: al ser el futuro, al menos el futuro previsto, una representación de la consciencia humana, pasa a serlo también de su inconsciencia, que a veces ve más, o ve distinto. Muchas veces el futuro que prevemos con la parte trasera de la cabeza, pero no queremos expresar, o no nos atrevemos a expresar, aparece dibujado a modo de líneas de puntos en otras manfiestaciones que no hablan ostensiblemente de él.

En Wilde es especialmente vistoso el efecto porque, dentro del libro de Dorian Gray (que también es su retrato), hay un libro que fascina al protagonista (y que al parecer expresa el efecto que tuvo sobre Wilde A Rebours, de Huysmans). Ese libro "le pareció que contenía al historia de su propia vida antes de que la hubiese vivido", nos dice el narrador (citado en Bayard 104). Dado este reconocimiento explícito de modelos, no es sorprendente que a continuación la vida imite al arte.

Quizá haya entonces que combinar estos dos modelos, el de la predicción y el de la acción. La literatura, a un tiempo, presiente y crea. Situada en ese espacio intermedio de fragilidad extrema del sujeto en el que se agitan todas las fuerzas contradictorias que pueden producir un acontecimiento, está mejor situada que otras actividades para describirlo antes de su llegada, puesto que a la vez experimenta su hipótesis y fabrica su posibilidad. (105).

Aunque Bayard no emplea el término, podríamos decir (siguiendo a Wilde y su "Decadencia de la mentira") que si la realidad imita al arte, es porque el arte es un lugar privilegiado para la emergencia de nuevas realidades y experiencias humanas—aislándolas de sus circunstancias locales (pues también el arte imita a la vida, y al arte) y recombinándolas para crear una experiencia hipotética que, desde ese momento, se vuelve más posible, en parte porque se vuelve punto de referencia para la atención y consciencia del sujeto.

Dado este movimiento prospectivo de la escritura (como de la expresión de modo más general) no es sino natural que una vez acontecido el hecho oscuramente anunciado, se regrese hacia atrás a "profetizar el pasado" como dice Bayard a propósito de Joë Bousquet. Profetizar el pasado sería "no, claro, anunciar lo que ya se ha producido, un anuncio que no tendría dificultad alguna, sino localizar en el pasado todos los amagos de estas líneas temporales que se reúnen en nosotros" (118).

Esta actividad, leer el pasado desde el presente, es el campo propio de la distorsión retrospectiva (a la cual Bayard quizá parece insuficientemente atento)—y ha sido denunciado como una falacia por Michael André Bernstein en Foregone Conclusions y por Gary Saul Morson en Narrative and Freedom, con el nombre de backshadowing ("postmonición" o "postfiguración", podemos decir, en oposición a foreshadowing, "premonición, prefiguración"). Y es en efecto terreno debatido entre fuerzas que tiran hacia atrás y hacia adelante: lugar adecuado para lamentos póstumos ("lo sabía, lo sabía, no lo dije pero lo sabía") o para trazar falsas predestinaciones ("esto que ha pasado seguro que tenía que pasar: ahora me acuerdo de que ya antes tal y tal"). Falsas, porque lo que sucedió podría igualmente haberse torcido, por una voluntad más potente, o por las contingencias de que aportan otras personas, o las circunstancias. Toda interpretación sobre la veracidad y fiabilidad de esas líneas de fuerza, a toro pasado, está sujeta a debate. Lo cual no quiere decir que no puedan proporcionar conocimiento, en absoluto—pues siempre proporciona conocimiento el conocer en qué fueron a parar.

Propone ir más allá Bayard, inventa nuevos tiempos verbales para formular estos lugares ambiguos habitados por el futuro. O bien propone una nueva concepción del género biográfico, con nueva atención a este aspecto de la experiencia temporal: "hacer manifiesto en la biografía el juego inverso, y tratar de escribirla liberando las fuerzas contrarias, que hacen de nuestro futuro uno de los orígenes de lo que nos sucede" (121). En un obra de ficción infiltrada de elementos autobiográficos (aquí el ejemplo es martin Eden de Jack London) hay biografemas pasados y biografemas futuros. "La obra lleva la doble huella de lo que la precede y de lo que la sigue. Y una auténtica biografía debería consistir en dar su justo valor al trabajo complejo de estas causalidades cruzadas" (127-28). La concepción habitual de la causa y la consecuencia es demasiado simplista (y aquí podríamos acudir a la crítica nietzscheana o desconstructivista de la causalidad, como analogía para los razonamientos de Bayard). Hay acontecimientos que son la consecuencia anterior de algo que va a suceder más tarde (o, podríamos decir, causas subsiguientes) ¿Que no podemos saber lo que va a suceder más tarde? —ja...

Si la primera y la más importante de estas causas es la muerte, existen muchas otras, positivas y negativas, cuyos efectos sufrimos hasta el extremos de ser sus consecuencias, y que hacen de nosotros, que ya somos sujetos del pasado, sujetos del futuro. (130)

El penúltimo capítulo observa que esta atención a complejidad retroactiva del tiempo habría de conducir a nuevas consideraciones en estilística. Este capítulo se centra en el cuento de terror "Le Horla" y otros textos de Maupassant que intuyen o anuncian su demencia subsiguiente:

Pues el Horla no está en absoluto aislado en el universo de Maupassant. Lo que el relato escenifica —la lenta toma de un individuo por parte de una fuerza que él no consigue dominar— no es un accidente narrativo, sino un tema obsesivo que atraviesa toda la obra. (133)

Mezclando yo y ello, sujeto y fuerza extraña, el Horla confunde los límites, pero también los límites temporales, pues parte de su horror está en esa premonición de algo que va a tener lugar y que ya actúa en el presente. Esta figura no procede del pasado de Maupassant, sino de una intuición orientada al futuro: "No se inscribe en la línea directriz ordinaria, que va del pasado al presente, sino en una línea opuesta, que hace del presente de la escritura la consecuencia del futuro de la vida" (135). La orientación al futuro, sea como intuición, esperanza, precaución o angustia, tiene un lugar insuficiente en la narratología de la creación literaria. Frente a lo intuido en el futuro, los escritores desarrollan mecanismos de defensa particulares, y éstos requerirían modalidades específicas de interpretación. Porque en este primer final del libro enfatiza Bayard el papel crucial de la interpretación, y de la perspectiva retrospectiva, para el surgimiento pleno de estos fenómenos:

Hace falta pues un tercer término para que la escritura llegue a producir predicciones. Estas predicciones no están contenidas en tanto que tales en el texto por toda la eternidad. No aparecen sino a toro pasado, cuando el trabajo del intérprete, avanzando al revés desde los acontecimientos realizados hasta su escritura anunciadora, dibuja en ellos las líneas de fuerza para él definitivas, pero que habrían sido dispuestas de modo diferente por otro lector. (139)

Con lo que quizá se nos remite al debate crítico, o al acuerdo con las personas que disciernan en el pasado las mismas premoniciones que nosotros. Señala también cómo la atención misma a estas cuestiones se presta a la repetición del mismo fenómeno en el crítico mismo que las estudia—tememos también estar hablando de nuestro propio pasado, o de nuestro futuro. De hecho, "este peso de nuestro futuro personal puede hacernos sensibles a ciertas virtualidades de la obra de los escritores que otros no habrían percibido" (141)—aunque aquí arriesga el crítico su propio pellejo, y se arriesga, es más, a que lo tachen de impresionista.

El último capítulo va sobre predicciones fallidas. No fallidas en esencia—tendían a realizarse, pero algo las frustró, un imprevisto, la muerte, etc. El carácter pedía un desarrollo determinado, pero éste no llegó a realizarse. Así, por ejemplo, el caso de Kafka, que parece (parece en El Castillo) iba perdiendo el miedo o aversión a las relaciones de pareja, tras sus eternas dilaciones con Milena—pero esto no tuvo tiempo de suceder, ni su amada de materializarse, a pesar de los amagos. Y quedan estos episodios futuros como parte fantasmática de una vida posible de Kafka.

Una vida esa a la que llevarían sus tendencias o necesidades inherentes, y por tanto quizá más cierta en algunos aspectos que la que (por accidente) llegó a producirse efectivamente. Somos productos de la necesidad y del azar, y si éste es recalcitrante, la necesidad (por necesidad) se deja leer al menos en parte, y hace sentir su peso desde el futuro, o desde el futuro que nos esperaba.

Todo es un código secreto