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Vanity Fea

Literatura y crítica

La Historia de Ben el Yeti, Teresa la puta redimida, un cineasta, y la abuelita del gato

El juicio de Harold Bloom sobre Doris Lessing cuando le dieron el Nobel no fue benevolente: dijo que en los últimos años no había escrito más que ciencia-ficción de tercera categoría. Bueno, eso cuando sea ciencia-ficción. Su última novela (que no he leído ni pienso leer), The Cunt, o The Cleft más bien, tiene desde luego un planteamiento atroz—es una fantasía no inteligente sobre la diferencia sexual, que describe una utopía feliz primigenia habitada únicamente por mujeres-ninfas autorreproductivas; moran en un paisaje alegórico al lado de una gigantesca vulva geológica. Esta utopía se va al traste cuando nace un monstruo con colgajos deformes donde otras tienen la geología. Y empiezan a proliferar los monstruosos varones, que son inquietos y violentos, y llega con ellos el Mal al mundo, y se va al traste el feliz gineceo... vamos, literatura de horror. Se impone la tesis de que algo chochea Doris Lessing, o al menos que ha escrito cosas mejores antes. Aunque otras veces tampoco muy distintas, todo sea dicho.

A resultas del Premio Nobel me he leído una novela que tenía en lista de espera desde hacía años: The Fifth Child (1988) sobre una pareja que tienen un hijo monstruoso (otro monstruo sospechoso de estar plantado ahí por la autora) y les destruye la convivencia.  Resultó frustrante: parecía más media novela que una novela. Y en efecto, tiene una segunda parte, Ben, in the World (2000) —que no acaba de armonizar con la primera parte, y que es aún menos satisfactoria, con lo cual nos quedamos con dos medias novelas en lugar de una. En fin, es una novela cualquiera, de esas del montón montonazo, pero espero que no haya contribuido a que el jurado le diese a Lessing el premio Nobel.

La primera novela, The Fifth Child,nos habla de una pareja de clase media británica que (atípicamente en ese país) les encantan los niños y deciden tener una gran familia. Pero el quinto hijo, Ben, es raro—más que raro, no parece plenamente humano. Y ya de pequeñín tiene un aura maligna, un pelo y hechuras mal puestos y desagradables, y un comportamiento extraño e impropio de su edad que hace que le rodee un círculo de silencio e incomodidad. Parece un duende, o un marciano, o algo, antes que una persona. Las relaciones familiares se agrian, los parientes y amigos les hacen el vacío, la vida de la pareja se convierte en un tormento. No saben qué hacer con este fenómeno. Deciden internarlo (abandonarlo de hecho) en una institución "especial." Pero a la madre le entran remordimientos de conciencia, y lo vuelve a traer a casa. Sigue la desintegración personal y familiar, mientras se va alejando cada vez más de la familia, convirtiéndose en un adolescente precoz y problemático, miembro de bandas de gamberros o criminales juveniles, hasta que lo van perdiendo de vista poco a poco...   y plof, así se queda la cosa.

No extraña que a Doris Lessing le entrasen también remordimientos de conciencia de dejar a su novela así (seguro que algo le comentarían también); no podía quedarse sin saber cómo acababa la cosa, hasta que retomó la novela y le dio un final con el suicidio de Ben tirándose por un precipicio. Otro plof—esta vez definitivo.

The Fifth Child tiene sus momentos—por ejemplo está bien la escena en que la madre se horroriza a sí misma por haber entregado a su hijo a una institución para casos intratables. Porque (esto es típico en Lessing, y quizá más británico, de hecho) no van con medias tintas, no lo ponen en una residencia para irlo a visitar, etc. Lo internan de repente con idea de no volverlo a ver mas. Pero la madre, que no quería ni saber dónde estaba el sitio, lo localiza, y sigue una descripción impactante de esa noche, con lluvia intensa, caserón gótico solitario, enfermeros-carceleros asqueados de la vida, y una galería de niños monstruos a los que tienen ahí guardados. A ese pozo negro iban todos los seres horribles e infrahumanos nacidos en el país, supuestamente para cuidarlos, en la práctica para encerrarlos lejos y matarlos lentamente con dosis cada vez más fuertes de sedantes. Y ahí estaba su hijo, lleno de mierda en una celda. Tras firmar unos papeles se lo lleva bien lejos de allí—sin poder llegar sin embargo hasta un final feliz.

Aquí está interesada Lessing en subrayar la malignidad y peligrosidad imprevisible del niño éste—que básicamente es un humano primitivo, una especie de homo erectus (aunque Lessing no entiende de estos homos) o un neandertal de garrota clásico. Y malo malvado, con un toque de la semilla del diablo, un peligro para las mascotas y para los bebés de la casa. Una prima suya es mongólica, o sea que no se trata en principio de que a Lessing le horroricen los síndromes y retrasos mentales. Al menos para eso ha puesto allí a esta niña, tratada por todos con normalidad. Pero el quinto hijo, Ben, es inquietante, ominoso, alarmante...  su madre no lo quiere, desde luego, pero nadie lo quiere alrededor. No aprende, o poco y mal. Y se junta con lo peorcito de la sociedad. Todo dentro de una ligera atmósfera de implausibilidad. El resultado es un tanto histérico, como si la novelista compartiese una fijación obsesiva de la madre, un horror a un hijo decepcionante, y la proyectase contra el personaje haciendo que ese horror emane del personaje mismo y no de una mala relación con la madre. En fin, casos hay de espanto, no voy a decir que no, pero aquí no acaba de quedar bien tratado, porque el chaval sí tiene buena relación con los pandilleros que lo tratan bien y lo aprecian mínimamente... aunque ni la autora parece darse cuenta de eso, y parece ella misma alterada por el aura de malignidad que emanan este Ben y esas pandillas de gamberros barriobajeros...

Y el problema se agudiza cuando en la continuación  (Ben, in the world),el personaje tiene bien poco en común con el que hemos visto en la primera parte. Aquí no hay malignidad alguna en Ben, ni auras ominosas: ni para la autora, ni para la gente que lo rodea. No es tanto que ahora se presente la acción desde su punto de vista (en lugar del de su madre) cuanto que la autora se ha pasado a su bando, y ya no lo ve como un ente maligno—nos ha cambiado la semilla del diablo por un pobre subnormal marginado. Ben tiene un aspecto extraño ("un yeti", etc.), la gente se suele extrañar y apartarse de él, aunque con frecuencia lo tratan con normalidad en muchas circunstancias, o no se fijan especialmente. Es cortico, sí, y algunos lo explotan: va pasando de mano en mano, primero de una viejecita amable con gato, que le ayuda, a una prostituta que se lo beneficia con connotaciones de bestialismo, pero lo aprecia. Luego a su chulo, que lo mete a pasar droga a Francia con un colega suyo, luego lo adopta un cineasta fascinado por su aspecto, que se lo lleva a Brasil para hacer una película de hombres primitivos... Pero oye, entretanto no le va tan mal a este pobre yeti sin oficio ni beneficio; su familia lo abandonó, pero va encontrando quien le dé de comer y un sitio donde dormir, y hasta extras.

En Brasil el cineasta se olvida de él, pero lo adopta su ligue brasileño, Teresa: además el hombre del cine les ha dejado abundantes dineros; alegría, y van tirando. Aquí también parece perder interés en él la novelista, más interesada súbitamente en Teresa, y en su historia de favelas y prostitución infantil. Divagamos. Pero en fin, llega Ben a oídos de unos científicos que quieren estudiarlo como el eslabón perdido, una regresión evolutiva; lo secuestran y lo encierran en una jaula en un laboratorio de animales. Teresa y un novio lo liberan, y por quitarlo de Rio de Janeiro en parte se montan una excursión a lo que decían que era "un sitio de gente como él"— el novio había sido minero y había visto, casualidad, unas pinturas prehistóricas tan detalladas en un lugar remoto de los Andes, en las que se reconocía a gentes idénticas a Ben. Lo cual muestra, dicho sea de paso que Doris Lessing no tiene gran idea ni gran interés, o cree que su lector no tiene gran idea o gran interés, ni de iconografía prehistórica, ni de evolución humana— pues va a elegir precisamente Sudamérica, el continente más recientemente poblado, y eso sólo por el Homo Sapiens, para ir a situar allí sus eslabones perdidos... Como ciencia-ficción, desafía (y derrota) a la credibilidad y las normas de mínima seriedad del género.

En fin, que se montan estos pobres de solemnidad (de modo implausible) una expedición andina, sólo porque a Ben le hacía una ilusión loca ver a "su gente" y a todos les daba apuro decirle que eran sólo pinturas...  Vamos, que se suben a los Andes por quedar bien (mal), y el lector se sigue leyendo la novela como si fuese parte de la artificial expedición. Y en fin, al final ve las imposibles pinturas Ben, hace un canto a las estrellas y se suicida despeñándose al saberse solo en su especie.

¿Que no es ciencia-ficción? ¿Que es un drama humano? Pues no está bien llevado, por ejemplo esto último que he dicho. Conversaciones y motivaciones absurdas. Le falta estilo, le falta credibilidad (de la otra), falta de todo. En Lessing, las descripciones desmañadas en boca de la narradora, que sugieren una invención trabajosa y desganada, se alternan de modo impredecible y atropellado con escenas detalladas y conversaciones mal engarzadas, o irrelevantes, o divagantes. Y de repente, nos adelanta que "la historia de tal personaje tuvo un final feliz y se casó y a veces se acordaban de Ben", como si tales cosas se pudiesen decir seriamente no ya en el siglo XX sino en el XIX. Supongo que después se iría Lessing a dar de comer a los gatos, ya rellena la cuartilla de esa mañana. Creatividad u ocurrencia lingüística o de pensamiento, intertextualidad, sutileza o complejidad estructural, o representacional—cero. Ni siquera se usa la perspectiva particular de Ben de alguna manera interesante para lograr algún efecto estilístico especial—resulta ser un buen salvaje de lo más soso. Es una falta de maña narrativa la de esta novela, una falta de arte literario, como raras veces se habrá visto en un Premio Nobel (nunca, en mi caso).

La novela termina con unas palabras de la benefactora Teresa, diciendo de Ben que menos mal que se ha suicidado y así no tendrán que pensar más en él. Se supone que debemos apiadarnos de Ben y sentir la crueldad de esas palabras, pero no se nos ha convencido lo bastante para que no estemos de acuerdo. De hecho, hasta la autora parece a otro nivel aliviada de que este yeti suyo se haya quitado de enmedio, de un mundo en el que nunca debió aparecer—si es que hasta sus benefactores lo consideran un semianimal, por mucho que hable. No sabe uno qué pensarían de casos de subnormalidad profunda, si les plantearían dudas sobre si pertenecen a la especie humana. Y tipos feos, mal totoñados y peludos, tanto en mi pueblo como fuera de él he visto unos cuantos.

Vamos, que aparte de sus limitaciones estilísticas, la novela tiene mal combinado su proyecto de ciencia-ficción (traer un cavernícola a nuestros días) con sus preocupaciones por la exclusión social. Aquí interaccionan de forma forzada y nada convincente. Para observar el choque de las disfunciones sociales, o el egoísmo humano, con la subnormalidad y el estigma, no hace falta recurrir a unos yetis andinos que enfadan a nuestro antropólogo interno.  Me temo que le falla el interés, o le tiembla la mano a la autora; y es que son muchos años, y estar "bien de cabeza" a esa edad no siempre implica ser aún capaz de hacer grandes obras de arte, ni siquiera pasables. O llámenlo una temporada floja que le dio a los ochenta, en lugar de a los cuarenta; a veces pasa, pero ya suelen ser definitivas. Mejor quedarse con El cuaderno dorado. Las demás obras de Lessing no se leen mucho.

Hemingway meets Beckett

Belleza, interacción e ideología

Belleza, interacción e ideología Comentario al post de María Dubón sobre la Belleza:

La belleza es un concepto elusivo y complejo, qué duda cabe. Y eso es porque responde, como señalas, a distintos criterios de valoración, algunos casi biológicos, otros con asociaciones éticas o culturales.

Una dimensión importante, creo, y que se suele pasar por alto, es la dimensión interaccional de la belleza. Es decir, algo nos parece bello porque así nos adherimos a los códigos estéticos de un grupo social al que aspiramos a pertenecer, o cuyos valores hemos interiorizado.

De este modo la fuerza de nuestra adherencia a esos criterios, ideales, o a los intereses creados entre ese grupo y nosotros, se suma o se resta de otros criterios estéticos.

El resultado es que los juicios de belleza parecen caóticos en relación con su objeto. Pero tienen cierta coherencia en relación con su sujeto.

Reflections

El proceso de las nostalgias

El proceso de las nostalgias

Estoy leyendo, y disfrutando, la tercera parte de la novela de Javier Marías Tu rostro mañana (3. Veneno y sombra y adiós). Aquí hay un fragmento lúcido, proustiano y despiadado sobre la nostalgia de las personas que perdemos por el camino. Y sobre la distorsión retrospectiva:

Es extraño e incongruente el proceso de las nostalgias, o del echar de menos, tanto si es por ausencia como por abandono o por muerte. Uno cree al principio que no puede vivir sin alguien o alejado de alguien, la pena inicial es tan afilada y constante que se siente como un hundimiento sin límite o como una lanza interminable que avanza, porque cada minuto de privación cuenta y pesa, se hace notar y se nos atraganta, y uno sólo espera que pasen las horas del día a sabiendas de que su pasar no nos llevará a nada nuevo sino a más espera de más espera. Cada mañana abre uno los ojos —si se ha beneficiado del sueño que no permite olvidar del todo, pero que confunde—con el mismo pensamiento que lo oprimió antes de cerrarlos, 'Ella no está y no va a volver', por ejemplo (sea volver a mí o de la muerte), y se dispone no a atravesar la jornada fatigosamente, pues ni siquiera es capaz de mirar tan lejos ni de diferenciarlas, sino los siguientes cinco minutos y luego otros cinco fatigosamente, y así seguirá de cinco en cinco si es que no de uno en uno, enredándose en todos y a lo sumo tratando de distraerse durante dos o tres de su conciencia, o de su parálisis cavilatoria. No será por su voluntad si esto sucede, sino por algún azar bendito: una noticia curiosa en el telediario, el rato de completar o de empezar un crucigrama, la llamada irritante o solícita de alguien a quien no soportamos, la botella que se nos cae al suelo y nos obliga a recoger los añicos para no cortarnos cuando por pereza andamos descalzos, la infame serie de televisión a la que le vemos la gracia —o es simplemente que nos acostumbramos a la primera a ella, de golpe— y a la que nos entregamos con inexplicable consuelo hasta los títulos de crédito concluyentes, deseando que se iniciara al instante otro episodio que nos permitiera aferrarnos a un estúpido hilo de continuidad hallado. Son las rutinas halladas las que nos sostienen, lo que a la vida le sobra, lo tonto inocuo, lo que no entusiasma ni nos pide participación ni esfuerzo, el relleno que despreciamos cuando todo está en orden y nosotros activos y sin tiempo para añorar a nadie, ni siquiera a los que ya se han muerto (aprovechamos esos periodos para sacudírnoslos de nuestras espaldas, de hecho, aunque eso sirva sólo temporalmente, porque los muertos se empeñan en seguir muertos y siempre vuelven más tarde, para hacernos sentir la punzada de su alfiler en el pecho y caer como plomo sobre nuestras almas).

Pasa entonces el tiempo, y a partir de un día difuso volvemos a dormir sin sobresaltos y sin recordar el sueño, y a afeitarnos no ya al azar ni a deshoras sino por la mañana; ninguna botella se rompe ni nos irrita ninguna llamada, prescindimos del culebrón, del crucigrama, de las salvadoras rutinas sobrevenidas que observamos con extrañeza en la despedida porque ya casi ni comprendemos que nos hicieran falta, y hasta de las personas pacientes que nos entretuvieron y nos escucharon durante nuestra temporada de luto, monótona y obsesiva. Alzamos la cabeza y miramos a nuestro alrededor de nuevo, y aunque no haya nada promisorio ni llamativo, ni que sustituya a lo añorado y perdido, empieza a costarnos mantener esa añoranza y nos preguntamos si de verdad perdimos. Aparece una pereza retrospectiva respecto al tiempo en que amábamos o nos desvivíamos o nos exaltábamos o nos angustiábamos, uno se siente incapaz de volver a prestar tanta atención a alguien, de tratar de complacerla y de velar su sueño y de ocultarle lo ocultable o lo que le haría daño, y en la asentada ausencia de alerta halla uno un enorme descanso. 'Fui abandonado', piensa 'por la amante, el amigo o el muerto, tanto da, todos se fueron, el resultado es el mismo, me quedé a lo mío. Acabarán lamentándolo, porque gusta sentirse querido y entristece saberse olvidado y yo ahora los voy olvidando, y el que se muere, más o menos, también sabe lo que le espera. Yo hice cuanto pude, aguanté a pie firme, y aun así se me apartaron'. Cita uno entonces para sus adentros: 'La memoria es un dedo tembloroso'. Y añade luego de su cosecha: 'Y no siempre atina a señalarnos'. Descubrimos que nuestro dedo ya no atina, o que lo logra cada vez menos, y que quienes nos absorbieron la mente noche y día y noche y día, y estaban fijos en ella como un clavo martillado y hundido, se desprenden poco a poco y comienzan a no importarnos; se tornan borrosos, temblorosos ellos mismos, y hasta se puede dudar de su existencia como si fueran una mancha de sangre ya frotada, lavada y limpiada, o de la que sólo queda el cerco, lo que más tarda en quitarse, y ese cerco ya va cediendo.

Pasa entonces más tiempo y llega un día, antes de que desaparezca el rastro, en el que la mera idea de acercarse a ellos nos representa de pronto una carga. Aunque no vivamos contentos y todavía los echemos en falta, aunque aún suframos por su lejanía o su pérdida en alguna ocasión suelta —una noche miramos desde la cama nuestros zapatos solos, dejados al pie de una silla, y nos invade la pesadumbre al acordarnos de los de tacón de ella que solían ponerse a su lado año tras año, subrayando que éramos dos hasta en el sueño, en la ausencia—, resulta que quienes más quisimos, aún queremos, se han convertido en gente de otra época, o perdida por el camino —el nuestro, a cada uno le cuenta el suyo—, en seres casi pretéritos a los que no apetece volver porque ya nos son consabidos, y el hilo de la continuidad se ha roto con ellos. Miramos siempre el pasado con un sentimiento de superioridad soberbio, hacia él y hacia sus contenidos, así sea nuestro presente más bajo o más desdichado o enfermo, y el futuro no nos augure mejoría de ningún tipo. Por brillante y feliz que fuera, lo pasado se nos aparece contaminado de ingenuidad, de ignorancia, en parte de tontería: en ello nunca sabíamos lo que vendría después y ahora sabemos, y en ese sentido sí es inferior, objetiva y efectivamente; por eso lleva consigo siempre un elemento de irremediable tontuna, y nos hace sentir vergüenza por haber permanecido en Babia, por haber creído en su tiempo lo que hoy nos consta que era falso, o quizá no lo era entonces, pero ha dejado también de ser cierto, al no haber resistido o perseverado. El amor que parecía firme, la amistad de la que no dudábamos, el vivo con el que contábamos como vivo eterno porque sin él era inconcebible el mundo o que el mundo fuera aún tal mundo, y no otro sitio. A nuestro muerto más querido no podemos evitar mirarlo un poco de arriba abajo, más al cabo del más tiempo que va haciéndolo más caduco, no sólo con pena sino con lástima, sabedores de que no se ha enterado —oh, fue un iluso— de cuanto sucedió tras su marcha, mientras que nosotros sí estamos al tanto. Asistimos a su entierro y oímos lo que allí se decía, también lo que se murmuraba entre dientes, como si los que hablaban temieran que él aún pudiera escucharlos, y vivmos a sus dañadores presumir de íntimos suyos y fingir que lo lloraban. Él no vio ni oyó nada. Murió en el engaño, como todo el mundo, sin saber nunca lo bastante, y es eso precisamente lo que nos lleva a compadecerlos a todos y a considerarlos pobres hombres y pobres mujeres, pobres niños adultos, pobres diablos.

Tampoco saben ya de nosotros los que dejamos atrás o se fueron de nuestro lado, para nosotros han quedado fijos e inamovibles igual que los muertos, y la sola perspectiva de volver a encontrarlos y tener que contarles y oírles se nos hace muy cuesta arriba, en parte porque nos parece que ni ellos ni nosotros querríamos contar ni oírnos nada. 'Qué pereza', pensamos, 'esa persona no ha asistido a mis días durante demasiado tiempo. Solía saberlo casi todo de mí, o lo principal al menos, y ahora se le ha hecho un hueco que no podría ser colmado, aunque yo le relatara con todo detalle lo habido sin su conocimiento inmediato. Qué pereza tratarse de nuevo, y explicarse, y qué trastorno reconocer al instante las viejas reacciones y los viejos vicios y las viejas zozobras y los viejos tonos, los míos con ella y los suyos conmigo; y hasta los mismos celos mordidos y las mismas pasiones, sólo que acalladas.  Ya nunca podré verla como a alguien nuevo, tampoco como a mi ser cotidiano, me resultará gastada a la vez que ajena. Iré a casa a ver a Luisa, y a los niños, y tras estar largo rato con ellos y empezar a reacostumbrarlos, me sentaré al lado de ella otro rato más corto, quizá antes de salir a cenar a un restaurante, mientras esperamos a la canguro que tarda, en el sofá compartido durante tantos años pero ahora como una visita extraña, de confianza y desconfianza, y no sabremos cómo comportarnos. Habrá pausas y carraspeos, y frases estúpidas e inauditas estando los dos cara a cara, como "Bueno, ¿qué tal te va?" o "Te veo con muy buen aspecto". Y entonces nos daremos cuenta de que no podemos estar juntos sin estarlo de veras, y de que además no lo queremos. No habrá entera naturalidad ni artificialidad completa, no se puede ser superficial con quien conocemos profundamente y desde siempre, tampoco hondo con quien nos ha perdido el rastro y escondido el suyo, y tanto ignora. Y al cabo de media hora, tal vez de una, de dos a lo sumo, a los postres, consideramos que ya está, y lo que será más raro, que con esa vez basta y me sobrarán trece días. Y aunque impensablemente cayéramos el uno en brazos del otro y ella me dijera lo que llevo tanto tiempo deseando oírle, "Ven, ven, estaba tan equivocada antes. Ocupa de nuevo este lugar a mi lado. No he ahuyentado tu fantasma, esta almohada es aún la tuya y no había sabido verte. Ven y abrázame. Ven conmigo. Regresa. Y quédate aquí para siempre"; aunque en vista de eso yo cerrara mi apartamento de Londres y me despidiera de Tupra y de Pérez Nuix, de Mulryan y Rendel y aun de Wheeler, e iniciara la tarea rauda de convertirlos en un largo paréntesis —pero hasta los interminables se cierran y luego puede uno saltárselos—, y regresara a Madrid entonces con ella —y no digo que no lo hiciera si hubiera esa oportunidad, si me la diera—, lo haría sabiendo que lo interrumpido no puede reanudarse, que aquel hueco permanece siempre, quizá agazapado pero constante, y que un antes y un después nunca se sueldan.'


Es curioso, un tanto escheriano, el uso de las comillas. Claro que es muy adecuado en un texto donde el narrador presenta su experiencia posible (o real) como paradigma y ejemplo del trayecto que siguen todas las almas.

Nostalgia por el futuro




Narrativas 9

Debe haber varias Magdas Díaz Morales en la red, todas mexicanas y dedicadas a lo mismo a tiempo completo, porque una sola tendría que ser ubicua, tantos son los rincones de la red donde se inmaterializa. Bien, pues una de ellas me anima a participar en el próximo número del proyecto xalapeño-zaragozano-ubicuo Narrativas, y envía esta convocatoria:

El número 9 de Narrativas (http://www.revistanarrativas.com) abre su convocatoria de recepción de ensayo, reseña, cuento, capítulo de novela, entrevista y literatura e imagen (a los ilustradores les pido por favor me envíen su imagen en jpg.  La ilustración que envíen tendrá relación con la literatura). El número se publicará el primero de abril y cierra la recepción de textos el 20 de marzo. El envío de textos es a mi correo-e:  apostillas@gmail.com

Gracias, Magda: lo intentaremos.

Palinodia timorata

Un sueño de noche de solsticio

Un sueño de noche de solsticio

Logramos arrastrar a los niños, esos enemigos jurados del teatro, a la versión de El sueño de una noche de verano que cerraba hoy en el Teatro Principal. Versión gitana y playera, dirigida por Tamzin Townsend, y con música de Antonio Carmona. Con Tomy Álvarez (Teseo/Oberón), Flor Aragón (Hipólita/Titania), Claudia Giráldez (Hermia) Mingo Ruano (Demetrio), Alejandro de los Santos (Lisandro), Marta Aledo (Helena), José Luis Torrijo (Bottom, "Fondón"), Eduardo Mayo (Robin) y Alba Flores (Polilla), y músicos. Bien actuada, buenas acrobacias, y buenas canciones. Sólo he echado en falta una cabeza de burro más completa en Bottom.

A observar que ya en el siglo XVI hablaba Shakespeare del cambio climático. Algo que, como el Bardo, es al parecer de perpetua actualidad.

Los niños se han ablandado conforme avanzaba la obra, se han reído todo lo que han querido, y al final aplaudían como locos. Eso sí, nos ha costado cien euros la broma, como para dejar al teatro sin público—pero bueno, una noche es una noche es una noche.

Por supuesto han disfrutado de lo lindo con la obra dentro de la obra, especialmente con Píramo, y Tisbe, y con la Pared. (Esta parodia del teatro tiene un antecedente en Shakespeare en el desfile de los Nueve Grandes en Love's Labour's Lost). Pero El sueño de una noche de verano es una obra llena (no sólo en esta escena) de espectadores internos contemplando la acción, cosa que produce ese efecto de irrealidad flotante o de desorientación ensoñadora que tanto le gustaba a Shakespeare. El contraste entre la realidad y el teatro queda difuminado, a la vez que se subraya la calidad de visión, de inmersión en una realidad alternativa que se da en el espectáculo. Y a ese carácter intercambiable de la realidad y la ficción alude el epílogo/despedida de la obra, en boca de Robin / Puck—o del actor que lo representa, o de alguien entre uno y otro, una sombra suspendida entre una realidad y otra:


Si hemos, sombras que somos, a alguien enfadado,
Pensad sólo esto, y queda solucionado:
Que aquí habéis estado nada más que durmiendo
Mientras estas visiones íbais viendo.
Y que este asunto débil y baladí
Nada deja, como un sueño, tras de sí...

Un parlamento que anuncia el aún mas célebre de Próspero en La Tempestad, "Our revels are now ended". Un caso más complejo, este último, pues es una falsa despedida, al formar parte del cuerpo de la obra: despedida a la vez de La Tempestad y de la obra que contiene en su interior. Y quizá también de la ilusión teatral que resulta ser la vida, que es en realidad el auténtico sueño de una noche de verano.

Bueno, y ahora me voy a dormir, que ya ha terminado our little life por hoy. A dormir, perchance to dream. Igual soñamos que la vida no es sueño.

Nought but Shows (Music for a While)

Puzzle, clave Z

ibercaja

Que no tiene nada que ver con Zapatero, ni con su antecesor el Zorro. Sino con el texto de Leandro Gay Puzzle, clave Z (PDF aquí en su sitio web). Lo llama novela el autor, aunque de novela no tiene mucho; es más bien una sátira menipea o rabelesiana en prosa o versículos whitmanianos, sobre los avatares reales e imaginarios de la ciudad de Zaragoza pillada en los conflictos internacionales, en las crisis identitarias o en en conflicto entre el ideal mítico y la realidad globalizadora. A pesar de la dificultad de seguirle el hilo a las asociaciones o elucubraciones del narrador, me gustan sus excesos verbales, es una cosa así tipo cornucopia-paja mental joyceana a veces, satírico-libertaria bruegheliana otras; a veces cuenta la historia de la ciudad y otras el inconsciente profundo que le diagnostica. Les da unas curiosas transformaciones a muchos sitios emblemáticos—como a esta sede de iberCaja neorrenacentista. Son los sitios y la gente (en especial la masa numerosa) los protagonistas, y los próceres locales y políticos conservadores los malvados, pero todo a vista de pájaro, o de observador desde el más allá, entre dopado y lúcido por el sarcasmo.

Aquí hay un párrafo sobre los temores (que bien recuerdo en los 80) a los misiles rusos apuntados a la ciudad, temor por el posible ataque atómico a la base americana y temor al invierno nuclear imaginado—... a la vez que se satiriza a la burguesía de derechas local:

Brindaban por el eficaz aprovisionamiento de las fortalezas volantes desplazadas en acciones contra Bagdad y Belgrado aunque hubiera daños civiles, que estos vecinos asumían bajo la consideración de ser colaterales. Incluso aplaudían tal escarmiento, pues no en vano los sacrificados eran residuos socialistoides que en el dictador segundo, "centinela alerta de Occidente", tuvieron acérrimo enemigo durante los años de emponzoñar la guerra fría. Ninguno de estos quejicosos firmó la petición, avalada por el doscientos mil zaragozanicos, a Reagan y Gorbachov para que desactivaran los misiles que entonces, en defensa o ataque, apuntaban desde o a la capital maña.

Descendientes de gascones y montañeses que se hicieron con la flor de la ciudad desposeída a los moros, biznietos de los patricios que dieron brillo a las academias aragonesas de medicina y jurisprudencia, y al fin presidentes de clubes deportivos y de compañías de seguros; sin embargo se han dejado cuartear el casino principal que en dos siglos de auge ilustrado mantuvo regias recepciones y tertulias para expandir cultivos industriales y extraer lignitos, que son pura historia tras el abandono bajo la excusa de los carbones o el azúcar en ofertas globales a mejores precios. Tampoco estos cicateros contribuyen a restaurar las
pinturas de Goya en las bóvedas del Pilar ni ya legan alhajas para el museo de la gloriosa, si bien justo es reconocer que la patrona se ha mostrado reticente en favores y milagrillos desde que hace tres centurias se empalmó la pierna amputada a uno de Calanda, dado que en los quirófanos del hospital clínico y en la mutua de accidentes, como algo cotidiano, se reinsertan extremidades.

En prevención de la explosión atómica sí invirtieron sus excedentes dinerarios al otro lado de las terrazas del Ebro; tras los cerros excavaron fiable refugio, a resguardo del aniquile que la nuclear pudiera deflagar. Blindados los exteriores y los sótanos de la urbanización con refractarios, el fortín de cada una de las cien familias dispone de pasadizo de urgencias al "Mamut",

búnker horadado en roca viva,
a prueba de ondas de choque
para pervivir era de malignidades que haya.
Con energía autónoma,
filtros para el aire y yodar el agua,
en sus anaqueles salvaguardan los tratados
sobre los avances posmodernos en ciencias básicas
y sus aplicaciones técnicas para el confort.
Almacenan vitaminas,
antibióticos, magnesio en suspensión y herbolario,
serpentario y acuario;
estructuras de elementos para recrear la atmósfera,
semillas y gérmenes de variantes
que sin tierra o en otras matrices se reproducirían.
Despensa pues sintética para óptimos resistir
y aguantar lo preciso,
hasta que desaparezcan los restos de contaminación
y espontáneos rebroten el musgo y los anfibios.

Enfilando el siglo XXII sus biznietos, cautos, investigarían qué fue de la Zaragoza inmolada y volverán para reclamar las posesiones registradas a sus nombres. Le consta que en el acto de inauguración, top secret, este patricio declaró: "Caesaraugusta se fundó con pretensión de inmortalidad. Nuestras estirpes de continuo renovándose para vivir imperecederas a orillas del Ebro. No reblaremos frente a cualquier cataclismo que venga; el desastre nuclear no nos borrará, que por algo fuimos seleccionados en el devenir de los tiempos. Sobre los escombros nuestros herederos alzarán la Z segunda o Neocaesaraugusta".


Antonio Ramos, Los Sátrapas de Occidente

Hemingway meets Beckett

Una foto de Flickr

Hemingway meets Beckett meets Mad Max. Es un poquito el planteamiento de The Road, de Cormac McCarthy, premio Pulitzer 2007. Una historia de ciencia ficción con tratamiento contenido a la manera modernista. El mundo habitable ha desaparecido, ya no hay animales ni vegetación, sólo un paisaje desolado, oscuro y cubierto de cenizas, y una carretera infinita por la que avanzan un padre y un hijo empujando un carrito de compras con víveres, mantas y herramientas. Intentando sobrevivir, intentando encontrar comida y esquivar a las hordas de bandidos caníbales que gobiernan los caminos en este mundo post-apocalíptico. Día a día, aguantando nevadas y aguaceros, camino del sur, esperando encontrar algo distinto, algo que seguramente ya sólo está en el pasado. Pues el futuro se va oscureciendo, como la luz del día en el invierno nuclear. "Like the onset of some cold glaucoma dimming away the world" (TR 3).

En el post anterior hablaba de otras historias de catástrofe global, mortandad universal y regresión de la civilización, a cuenta de la película Soy Leyenda. McCarthy evita la espectacularidad fácil, y logra hacer una épica de los últimos días a base de contención, minimalismo e intensidad sostenida. El padre vive para proteger y defender a su hijo, darle una oportunidad y mantener viva en él la memoria de lo que fue la humanidad. La narración vuelve una y otra vez a las actividades básicas de supervivencia: buscar comida, empujar el carro, aguantar bajo la lluvia, encender el fuego. Explorar las ruinas. Esconderse cuando se ve alguna figura a lo lejos. Intercaladas, las conversaciones a base de monosílabos y sobreentendidos entre el padre y el hijo, a modo de Vladimir y Estragón en Esperando a Godot. No conocemos el nombre de uno ni de otro.

Y colocadas con precisión y eficacia en el viaje por este camino narrativo— las escenas de horror, de tensión, las panorámicas de refugiados carbonizados en sus coches, las ciudades devastadas habitadas por algún superviviente espantado entre las ruinas, las carreteras con cadáveres mezclados con el asfalto fundido, los cazadores de carne humana (única proteína visible en el paisaje). Y los recuerdos de lo que era la vida normal, en los sueños, en flashbacks que parecen venir de otro mundo. Todo pasó hace años: pero la devastación es tan grande que ha alterado la sustancia del tiempo, y del lenguaje: la realidad va hundiéndose poco a poco en un marasmo de ceniza que cae del cielo y de supervivencia animal. Como otro personaje de Beckett, el protagonista de How It Is, arrastrándose por el barro y la oscuridad con su saco de provisiones. Pero la visión de McCarthy es más terrible por más realista y por contener más verdad humana: los enfangamientos minimalistas de Beckett y sus monólogos parecen ejercicios artificiales a su lado, experimentos modernistas. El estilo Hemingway de observación externa, focalización centrada en un personaje, y frases cortas e impasibles trabaja en armonía con el minimalismo a que se ha reducido la realidad, y con los gestos básicos de supervivencia, de recolección, de manipulación y de bricolaje que se han vuelto el centro de la existencia.

Es un regreso desolado a On the Road de Jack Kerouac, y a tantos road movies reducidos aquí a su versión carbonizada. Es el camino de la vida, el Pilgrim's Progress centrado especialmente en el Slough of Despond. Es los ríos trucheros de Hemingway imaginados desde la vejez terminal, cuando no podremos volver a ellos. Es una alegoría de la de la vejez sin esperanza, con Dios cada vez más inescrutable e improbable. ("The bastard. He does not exist" —decían en Final de Partida). Esta novela es un endgame ambulante, pero con una dosis de fe terminal y sobre todo de amor que lo hacen más patético. Es una novela de padres e hijos, de la protección y del traspaso de la esperanza (donde apenas puede quedar ya ninguna). El protagonista camina por paisajes desolados con su hijo: en algunos había estado antes con su padre, y sabe que a él le toca ahora no flaquear, y dar una oportunidad al futuro. La madre se ha suicidado—hay aquí una cierta reivindicación vaquera de la virilidad, portando el fuego por territorio sin ley.

Vaquera y tejana: el colt es imprescindible en este salvaje oeste, sobre todo cuando los nuevos indios disparan flechas y hieren al protagonista… Un western postnuclear. Y viril—esta es una historia between men; la madre sólo podía vivir en un mundo a su medida, toma una opción débil, el suicidio, en lugar de luchar en circunstancias adversas. Apenas es compartida como recuerdo entre el padre y el hijo. Y la nueva madre hallada al final interviene únicamente como mediadora entre el espíritu del Padre, y el hijo. Una novela, pues, sobre la paternidad, y la responsabilidad, sobre todo en la transmisión de la ética y la esperanza de abuelos a nietos, a través de los padres.

Que también una meditación sobre el poder (poder limitado) del lenguaje para crear y sostener mundos posibles. Aun en situaciones límite. Ahora el mundo ha desaparecido, y el lenguaje es sobreabundante, le falta anclaje, le sobran cosas que nombrar que ya nunca existirán. Va a minimalizarse. Pero entretanto también sirve para evocar, para invocar, "like some ancient anointing" (TR 74)—ceremonias amargas y ambivalentes, éstas, ante la evidencia brutal de la muerte del mundo, que va a arrastrar tras de sí al lenguaje. Y a la literatura (así los libros destruidos [TR 187], que hacen pensar en todo el espacio que había en el mundo de antes para las posibilidades, las expectativas abiertas por la palabra).

Por no hacer una alegoría de la muerte de la humanidad sin más, y una diatriba contra Dios, tiene McCarthy que ofrecer una esperanza al final—un gesto minimalista que se esboza continuamente a lo largo de la novela. Y es de hecho el final, más abierto a la esperanza, el elemento más flojo del libro. El padre muere, dando confianza al hijo hasta el final con sus últimas palabras. El chaval se preocupaba por un niño que habían visto en unas ruinas y no habían recogido (por estricto cálculo de supervivencia); le vuelve a la cabeza, y el padre le tranquiliza ahora sobre el destino de ese niño con quien ve que ahora se identifica su hijo. Un vagabundo beckettiano en la carretera les había dicho "There is no God and we are his prophets" (TR 170). Dios ha muerto, en efecto, pero aquí se le sigue nombrando precariamente, manteniendo su recuerdo vivo entre las cenizas. El recuerdo de Dios se identificará con el recuerdo del padre: "He tried to talk to God but the best thing was to talk to his father and he did talk to him and he didnt forget (…) the breath of God was his breath yet though it pass from man to man through all of time" (TR 286). La novela la dedica Cormac McCarthy implícitamente a su padre, deduzco, y explícitamente a su hijo John Francis McCarthy, que quizá no haya llegado a la edad adulta cuando el Autor muera.

Además de darle ánimos a su hijo para seguir viviendo, el padre, sin saberlo, ha conseguido acercarlo a un sitio donde hay una familia que lo adoptará cuando él muere. Esta solución (no menos implausible que el resto del libro) parece sin embargo tramposa, poco lograda. Bastaba, creo, para los fines artísticos de McCarthy con expresar la esperanza que el padre lucha por mantener viva hasta el final. Estilísticamente, el padre ha sido el focalizador principal y casi único, excepto en alguna frase aislada (TR 84). Ahora, tras la muerte del padre, el relato parece perder consistencia al proseguir como si tal, como si no desapareciese el mundo con la muerte (TR 170). La sustitución del padre por otro padre más fuerte y con un rifle más gordo, parece arbitraria, wishful thinking. Para mí debería terminar la novela más o menos en "Goodness will find the little boy. It always has. It will again." Y hasta hay truchas hemingwayianas en un río oculto en la última frase—si oculto en el pasado o en el futuro, no lo sabemos. Quizá sólo estén en el recuerdo, pero se nos recuerda que cerca del final hay que seguir recordando esos emblemas de la vida, y de una inocencia radical que quizá sólo existió en un pasado mítico. Pues no podemos tener a la vez la pureza de la sensación, y la consciencia reflexiva de esa pureza, igual que no podemos tener a la vez la muerte y la angustia por la muerte.

Y es que el final de verdad, el final de la humanidad y todas sus esperanzas, incluida la muerte de los hijos que habrían de perpetuarnos, y el cierre completo del futuro, es como un sol negro que no podemos mirar directamente en el arte de la novela. "Please dont tell me how the story ends" (TR 75). Ya ha mantenido McCarthy la mirada bastante rato, y la experiencia que nos da es de agradecer, y de temer.

Los girasoles ciegos

Nought but Shows (Music for a While)

Más Dryden y más Purcell. (Aunque a quién le importa el pobre Dryden en este siglo...).  Esta canción, "Music for a While", es de una escena en la que se invoca a un espíritu para que haga su aparición, en el Oedipus de Dryden y Nathaniel Lee, y la cantó memorablemente Alfred Deller: 




Hubo una anécdota (sangrienta) durante la representación original de esta obra. Según Margaret Campbell (Henry Purcell, Glory of His Age, p. 196) "como si la obra misma no fuese bastante horripilante, parece que el público también contempló una muerte inesperada y accidental en el escenario". Lo cuenta Narcissus Luttrell en A Brief Historical Relation of State Affairs (Vol. 2, p. 593, traduzco): "Estando Sandford y Powell interpretando sus papeles, confundió el primero una daga afilada con una de las que la hoja se desliza dentro del mango, y le metió al otro una puñalada de tres pulgadas de hondo". 

Es un caso llamativo de esas interferencias entre vida y teatro, donde se juntan dos planos de realidad inesperadamente—el plano teatral se esfuma como el humo ante la irrupción de lo real, pero esa realidad se ve también atacada en su esencia, penetrada del dramatismo y evanescencia de su contrapartida teatral. Para Powell, desde luego, parece que terminaron a un tiempo el teatro de la escena y el de las bambalinas, y una función no debió parecer menos arbitraria que la otra.

Hace poco releía The Spanish Tragedy, de Thomas Kyd, releía he dicho. Es una obra que incorpora en su argumento una fusión semejante de planos de realidad. ¿Se inspiraría Kyd en alguna experiencia, propia o ajena, de transición súbita entre la escena y la vida? No necesariamente tan violenta como la escena que crea Kyd, o como el apuñalamiento del actor Powell. La dimensión dramatúrgica de la vida es especialmente visible para un dramaturgo, y situaciones como los ensayos, o la periferia de las representaciones, proporcionan abundantes ejemplos de rupturas de marcos, de fenómenos situados en un espacio indeterminado entre la realidad y la ficción (esos besos de mentira, pongamos) o de transiciones imposibles entre dimensiones paralelas, entre los mundos imaginarios y la carne sólida.

The Spanish Tragedy es la historia de una venganza, y la venganza se lleva a cabo durante la representación de una obra dentro de la obra. Las víctimas de la venganza son quienes interpretan esa obra, en la que deben morir: el vengador Hieronimo, un aristócrata, se finge loco para llevar a cabo su venganza contra Balthazar y Lorenzo, los asesinos de su hijo Horatio. Los ha convencido (un tanto implausiblemente) para que actúen en una obra que se va a representar en la corte ante los reyes. En la obra actúa también Bellimperia, novia de Horatio, que había sido violada por uno de los asesinos. Hieronimo les asigna unos papeles en la tragedia de Solimán y Perseda—en la que Solimán hace matar al novio de Perseda, Erasto, y es a su vez apuñalado por ésta, que luego se suicida. A los asesinos a quienes van a castigar se les asignan los papeles de Solimán y del novio de Perseda; el propio Hieronimo hace de sicario para vengar a su hijo, y Bellimperia apuñala a su violador que intepretaba el papel de Solimán:

Hieronimo (como sicario)— Erasto, Solimán te saluda,
Y te hace saber por mí la voluntad de su alta majestad
que es, que debes ser así tratado.   
[Lo apuñala]
Bellimperia (como Perseda)— ¡Ay de mí!
¡Erasto! Mira, Solimán, han matado a Erasto!
Balthazar (como Solimán)— Pero está vivo Balthazar para consolarte.
Hermosa reina de la belleza, no muera tu favor,
Sino contempla su dolor con ojo clemente
Dolor que aumenta con la belleza de Perseda,
Si por Perseda su dolor no es liberado.
Bellimperia (como Perseda) Tirano, desiste de solicitar vanas demandas
Despiadados son mis oídos a tus lamentos,
Como es de vil y cruel tu carnicero,
Que ha hecho presa en mi Erasto, caballero inocente,
Pero con tu poder tú piensas que puedes ordenar,
Y a tu poder Perseda obedece:
Pero si pudiera, así vengaría
Tus traiciones en tu persona, príncipe innoble:
 [Lo apuñala]
Y sobre sí misma se vengaría de esta manera.  [Se apuñala a sí misma] 
Rey— Bien dicho! —Viejo mariscal, ha estado muy bien.
Hieronimo— ¡Pero Bellimperia interpreta bien a Perseda!
Virrey— Si esto fuera en serio, Bellimperia, tratarías mejor a mi hijo.
Rey— ¿Pero ahora qué sigue para Hieronimo?
Hierónimo— Pues esto sigue para Hieronimo:
Aquí interrumpimos nuestros variados idiomas
Y así concluyo en nuestra lengua vulgar.
Quizá penséis—pero de nada sirven vuestros pensamientos—
Que esto está fingido de modo extraordinario,
Y que hacemos como todos los trágicos:
Morir hoy (imitando en nuestra escena)
La muerte de Ayax, o de algún noble romano,
Y un minuto más tarde levantarnos,
Revivir para complacer al público de mañana.
No, príncipes: sabed que soy Hieronimo,
Padre desesperado de un hijo desdichado,
Con la lengua afinada para contar su último relato,
No para excusar los fallos de la obra.

Obsérvese que aun dentro de la obra dentro de la obra hay un nivel más de ficción, pues Bellimperia/Perseda dice que mataría a Solimán así "si pudiera" (y lo hace)—con lo cual la misma obra dentro de la obra vuelve a reflejar la ruptura de marcos que se produce en The Spanish Tragedy—un efecto buscado sin duda por el autor Hieronimo.

Hieronimo es sin embargo también uno de los sorprendidos por el final, pues en la versión de la tragedia que escribió había cambiado ex profeso la historia para que Bellimperia no muriera (como si a estas alturas la mezcla de realidad y ficción fuese inevitable y la actriz fuese a morir inevitablemente con el personaje—) pero sin embargo Bellimperia improvisa y decide incluirse en la obra y morir de este modo tan teatral. No tenemos noticia, sin embargo, de ninguna actriz que se haya suicidado interpretando el papel de Bellimperia.

Termina la obra con el suicidio del propio Hieronimo:

Autor y actor en esta tragedia,
Con su última fortuna agarrada en el puño,
Y que va a concluir su papel con tanta decisión
Como cualquiera de los actores que antes han pasado.
Y, gentil público, así termino mi drama,
No me apremiéis a más palabras, nada más tengo por decir.

Y como para subrayarlo, se arranca la lengua de un mordisco y la escupe. Este Kyd era tremendo.

La escena de la obra dentro de la obra  (La muerte de Gonzago o La ratonera) en Hamlet es heredera directa de esta obra de Kyd:






Pero más ambicioso es Shakespeare cuando la ruptura de marcos y la precariedad ontológica no quedan restringidas al interior de la obra, y contenidas con la última barrera de seguridad (es decir, el sentido que el público tiene de la diferencia entre su propia sustancialidad y la convencionalidad del teatro). Cuando todo el mundo queda proclamado teatro, según rezaba el lema del teatro del Globo ( "Todos actuamos como un actor"), o cuando la evanescencia de la ilusión dramática parece desbordar del escenario como humo escénico, y extenderse entre el público, y desparramarse por el mundo. Habría que recordar aquí que un cañonazo de mentira incendió de verdad el teatro del Globo en 1613, a modo de despedida alegórica de la carrera de Shakespeare en una de sus últimas obras, Enrique VIII, o Todo es Verdad.

Otra despedida metadramática célebre, en otra obra tardía, es la que se da en La Tempestad. Allí la magia de Próspero ha actuado a modo del ilusionismo del dramaturgo, creando ficciones a partir de la nada, visiones y tempestades imaginarias, o incluso (de nuevo) montando una obra dentro de la obra, esta vez una mascarada interpretada por espíritus incorpóreos. La representación de la mascarada es interrumpida bruscamente por Próspero, para sorpresa de su mínimo público, la pareja que forman Ferdinand y Miranda. A quienes así les explica Próspero:

Terminó nuestro espectáculo. Estos actores nuestros,
Como os había avisado de antemano, eran todos espíritus, y
Se han disuelto en aire, en aire tenue,
Y, como la trama insustancial de esta visión,
Las torres que se alzan a las nubes, los palacios magníficos,
Los templos solemnes, el gran orbe mismo,
Sí, y todos los que lo han de heredar, se disolverán
Y, esfumados como este show inmaterial,
No dejarán ni rastro de sí. Del mismo material somos
Del que están hechos los sueños, y nuestra vida pequeña
Empieza como acaba, durmiendo.

—Una fusión reflexiva de los niveles de realidad que hace temblar la sustancia no sólo de Miranda y Ferdinand, sino también de los espectadores reales y la del gran teatro del Globo, y el otro orbe, y nos incluye hasta a nosotros, los que lo hemos heredado ahora que de Shakespeare y sus contemporáneos no queda ni rastro.

Intacto queda aún, sí, su obra, La Tempestad, precisamente por estar hecha de texto, de esa sustancia inmaterial que mejor resiste el paso del tiempo, y mejor se reencarna. Pero también ese material etéreo desaparecerá, and leave not a rack behind—que nadie lo dude.

Entretanto, music for a while—

When I consider every thing that grows
Holds in perfection but a little moment,
That this huge stage presenteth nought but shows
Whereon the stars in secret influence comment;
When I perceive that men as plants increase,
Cheered and cheque’d even by the self-same sky,
Vaunt in their youthful sap, at height decrease,
And wear their brave state out of memory;
Then the conceit of this inconstant stay
Sets you most rich in youth before my sight,
Where wasteful Time debateth with Decay,
To change your day of youth to sullied night;
And all in war with Time for love of you,
As he takes from you, I engraft you new.

                                    (Shakespeare, Sonnet XV)





 

La realidad flojea