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Cine

La piel que habito

La piel que habito





No me pierdo las películas de Almodóvar, porque siempre disfruto viéndolas, aunque las vea tan llenas de defectos como de aciertos. Una cosa que no sé si es defecto o acierto es que tratan a veces con situaciones tan atípicas y extravagantes que se salen del ámbito de la experiencia humana común que parece necesario para que una película llegue a ser grande en todos los sentidos. Así, salen películas atípicas, llamativas, originales, pero difícil veo que llegue a hacer una obra maestra redonda—sus prioridades son demasiado peculiares. Así, por ejemplo, la peripecia del cirujano plástico y su víctima en La piel que habito es una historia sugerente, llena de ecos de debates de actualidad, y que señala en muchas direcciones diferentes todas interesantes, pereo el núcleo donde se unen todas es un personaje tan patológico que es totalmente implausible, excepto como ficción cinematográfica. Podría pensare que en la viña del señor hay gustos para todo—el otro día salía en la prensa la noticia de un ruso que quedó por Internet con otro de gustos supuestamente parecidos, pero no: lo mató y se lo comió en diversas salsas, croquetas, filetes, etc., durante varios días. Podría parecer de Almodóvar, pero no: el nivel de implausibilidad de La piel que habito es exponencialmente mayor, y eso encierra a la película en su propia ficción, por interesantes que sean los ingredientes que combina y lo bien aderezado que esté el plato.

A ver, unos cuantos de esos ingredientes, por pasar lista: la homosexualidad, tema personalmente recurrente (hay quien opina que Almodóvar es casi como el Eisenstein de la homosexualidad, en esto del cine, realista socialista a su manera). La moda de la cirugía cosmética y en especial los transplantes de rostro. La experimentación genética en los límites de la ética. La transexualidad y las operaciones de cambio de sexo. La Momia (esta película es La Momia de El Cigarral). El Doctor Frankenstein, haciendo de Nuevo Prometeo, y su Criatura—la novia de Frankenstein. Yendo más atrás, el mito de aquel griego que se enamoraba de la figura que había esculpido. La Salida del Armario, y huída del pueblo, quizá no en ese orden. El Regreso al Pueblo, y el momento de la revelación a los padres: "soy gay", "soy transexual", etc. Historias de venganza maligna, de esas de hacer comerse sus propias obras al malvado—Tiestes, etc. El Coleccionista de Fowles, y su versión cinematográfica. Y otro coleccionista, de películas: el Peeping Tom—visto que Robert el cirujano espía a su impaciente paciente con un circuito cerrado de televisión. (La imagen dentro de la imagen de este circuito cerrado da algunos de los momentos más poéticos y visualmente sugestivos de la película). Historias de secuestros, y de agudos Síndromes de Estocolmo, que pueden revertir en el último momento, por colisión traumática de las identidades superpuestas—en especial se recuerda la historia de esa chica Kapusch, secuestrada durante años y que ya casi andaba medio libre antes de su fuga. La historia del Monstruo de Amstetten y su hija secuestrada en el sótano, también. La lista podría seguir sin incluimos las historias de hermanos desconocidos o contrarios—un capítulo ése que aquí se hace especialmente irrelevante o gratuito. En el guión hay alguna cosa de este estilo que detrae en lugar de añadir.   También tiene sus puntos flojos o torpes, por ejemplo la persecución de la camioneta a la moto, no tiene nivel americano—y el diálogo de la madre de Vicente el secuestrado con la guardia civil es absurdo, por comprimir en una escena lo que tenían que ser varias.  También abundan en Almodóvar las reacciones humanas incomprensibles o mal escritas, como por ejemplo las reacciones de la madre de los dos hermanos (Marisa Paredes), aquí—o hay que pensar que Almodóvar ve a los seres humanos a un nivel de superficialidad y de irrelevancia en sus sentimientos que los hace casi inhumanos (igual que la otra en Volver, que guardaba a su marido muerto en el congelador del restaurante, y ella tan fresca, a cantar flamenco). La frivolidad del propio artista no parece ajena a que se le pueda colar semejante panorama humano entre los personajes presentados favorablemente.

Como interés especial del cóctel, veo la presentación del tema de la transexualidad de modo paradójico: aquí funciona la cosa por inversión total. El transexual Víctor/Vera lo es involuntariamente, pues es víctima del cirujano loco—y sin embargo parece por un momento que acepta su nueva identidad y su destino y que se va a instalar en una nueva "normalidad" por encima de las cicatrices. Pero no es así: ve su antigua foto de cuando era hombre (le da un beso, por cierto, narcisista) y decide vengarse de quien le ha cambiado de sexo.  Un poco como quien se venga del Patriarcado que impone un orden sexual autoritariamente, siguiendo sus propias fantasías. Así se desfamiliariza también la escena del regreso a la familia y al pueblo de Víctor: cuando no lo reconocen con el rostro de Vera: es que tampoco se reconoce él, o ella. El tema de la recreación transexual de la identidad queda así desfamiliarizado, presentado con un ángulo extraño que ayuda a percibir su extrañeza y la violencia que supone para la identidad peronal. Son variaciones, pongamos, sobre temas gays, a veces mostrados de tal manera que descoloquen al espectador o le hagan revisar sus presupuestos sobre identidad o género. Un poquito como hacía Shakespeare con sus travestismos y sus chicos actrices. Así, se nos presenta primero a Vera (Elena Anaya) como mujer, y sólo luego nos enteramos de que es Víctor operado. De este modo, mediante el uso de flashbacks, la película logra que regresemos al presente para encontrarnos otra vez con Victor, ahora Vera, y que se nos descoloque la imagen de Elena Anaya al verla con la interferencia de pensar que es un hombre cambiado de sexo. Todo eso, y el tema de la cirugía plástica en general, contribuye a hacer del género una performance que no toca el centro de la identidad—soy Víctor, dice el transexual al volver, y lo cierto es que ya no se sabe quién es, ni quién será, pues también como Víctor tenía una imagen equívoca como de chico que quería ser lesbiana, y que no se ubicaba bien en el pueblo. Almodóvar sigue explorando así los límites y complicaciones de la identidad sexual, y mostrando cómo es maleable, infinitamente en este sueño cinematográfico, pero cómo las cicatrices que se borran en la carne quedan en el alma, y esas son de peor curar, todo el mundo lleva su trayectoria a cuestas. Quizá el mayor defecto de la película, en los propios términos de su planteamiento, está en que la transformación de Víctor en Vera, que tendría que ser cinematográficamente creíble, no lo es: pasamos del actor que interpreta a Víctor, a Elena Anaya, y se acepta el cambiazo por necesidad del guión, pero no se ha conseguido hacer el cambio de sexo de manera cinematográficamente convincente. Que es la que cuenta, en cine.

 Los abrazos rotos
 


The House of Mirth

The House of Mirth

Película de Terence Davis sobre intrigas de honor e imagen social en el Nueva York de cien años atrás. Es una excelente adaptación de la novela de Edith Wharton— sobre la sofocante sociedad de la Gilded Age, viviendo como victorianos enrabiados, todo apariencia de educación en los usos y maneras sociales, y bestias egoístas que van a por el dinero por debajo. A por el dinero, y a por el reconocimiento de su grupo, cosas que solían ir unidas. Las emociones se van bloqueando con los jaques sucesivos al dinero y a la respetabilidad, y la aparente espontaneidad inicial, espontaneidad dentro de las reglas, se va asfixiando hasta que solo queda la frustración entre el mobiliario y las crinolinas, y los dobles y los triples y cuádruples entendidos sobre los motivos e intenciones de los demás. Lily Bart (Gillian Anderson) es una muchacha casadera, en apariencia la vida le sonríe Pero ya es algo mayor, y va comprometiendo sus posibilidades de casarse por no seguir adecuadamente las reglas del grupo: no hay que mirar si tu pretendiente te gusta, sino más bien si es un buen partido envidiado por otras, y una buena alianza de intereses financieros. Luego la gente ya se arregla, si realmente quiere sexo o emociones. Pero esta moza no tiene el dinero seguro (depende de la herencia de su tía, que la acaba desheredand prácticamente por sus indiscreciones)—y además tiene ribetes de new woman o de mujer independiente y romántica, no quiere venderse por dinero, y será su perdición, porque pronto la acechan las deudas y los benefactores interesados. Primero es reutilizable si no como esposa al menos como dama de compañía o carabina, en situaciones cada vez más comprometedoras, hasta que al final tiene que abandonar "la sociedad" y (horror) trabajar, pero tampoco sabe... El poco dinero que le deja su tía lo entrega todo para saldar una deuda de honor, a un caballero que la creía mujer fácil o comprable—y así acaba llegando al suicidio, por jugar a un doble juego al revés que los demás miembros de su sociedad. Ellos aparentan seguir la gramática social de la respetabilidad y la educación, y en realidad se guían por la gramática parda del interés monetario; ella hace lo contrario, aparentemente yendo a shouse of mirthu capricho, pero luego tomándose literalmente la respetabilidad hasta la muerte que nadie más se cree. Cuando se toma un bote de láudano, mujer ya inaceptable como esposa e indeseada como amante, por lo menos consigue hacer llorar en su lecho de muerte al amor de su vida, Lawrence Selden (Eric Stoltz), el abogado que no se quería casar con ella ni con nadie pero que la estimulaba a no casarse ella tampoco por su parte, engatusándola con que ella era una criatura especial que no vendería sus emociones... Menuda responsabilidad cuando le hace caso, y se lo echa en cara años después; hasta el cínico abogado parece entender la medida de su responsabilidad al jugar con las emociones de autoestima de otra persona—de la persona a la que más apreciaba, además. La película retrata un momento especial del paso del siglo XIX al XX, pero es cierta una de las cosas que dice el abogado—que va sobre un carácter especial, y una manera especial de entender la dignidad, no para transigir con ella sino para llevarla hasta sus últimas consecuencias, independientemente de lo que hagan los demás—porque ya se les ha interiorizado, los llevamos dentro a los demás y su opinión sobre nosotros. Es una patología de la sinceridad y de la relación con los otros, o con nosotros mismos que somos esos otros. Hay quien lo lleva muy mal esto, ya sea en el siglo pasado o en el que está viniendo. Aunque nosotros somos algo más desinteresados que estos neoyorkinos de la Gilded Age, nos importa menos el dinero o la opinión de la sociedad. O eso hay que pensar, por lo de la autoimagen.
 
The House of Mirth.
Dir. Terence Davis, based on the novel by Edith Wharton. Cast: Gillian Anderson, Eric Stoltz, Dan Aykroyd, Terry Kinney, Laura Linney. Prod. des. Don Taylor. UK, France, Germany, USA, 2000.

La Edad de la Inocencia


Los pájaros

domingo 10 de julio de 2011

Los pájaros


rubalcaba
Estábamos viendo Los pájaros de Hitchcock, y de repente sale Rubalcaba en un ascensor con Tippi Hedren. Ya sé que Rubalcaba está de campaña electoral y que hay que meterlo hasta en la sopa, pero esto ya me parece francamente excesivo.



 El animal te observa

Trolösa

Trolösa


Este título, que parece que quiera decir mentirosa en gallego, en realidad quiere decir infiel en sueco. Es una película de la japonesa Liv Ullmann, a quien recuerdo como actriz de cuando veíamos películas de Bergman, en los ochenta—y es muy bergmaniana, hasta el extremo de que el protagonista - narrador - inventor de la historia se llama Bergman, y Bergman el auténtico, es el guionista de la película. Suponiendo que el otro no sea auténtico—pues Bergman es como Bergman, un viejo cineasta o dramaturgo, que inventa una historia o la revive de su pasado, quizá sobre su ex (Liv Ullmann es la ex de Bergman, y no es la primera vez que éste se mete en la vorágine dramática de las infidelidades, sacándole al adulterio sus posibilidades de angustia metafísica. Supongo que en esta colaboración o regalo de guión hay algo de comunión mutua de angustias, y explicaciones personales que sólo se pueden dar mediante la ficción). Inventa o cuenta Bergman la historia de Marianne, que fue su amante o que algo tiene que ver con su amante, con la que no llegó a casarse (eso suponiendo que Bergman sea David, el director de teatro que tiene una aventura con Marianne y la separa de su marido Markus). Bergman vive solo en una costa nórdica vacía y azotada por el viento, y no tiene más que los recuerdos o las invenciones basadas en ellos, y no son alegres precisamente: las visitas de la fantasmal o inventada Marianne, que se confiesa con él o adquiere su ser cuando la inventa, son un entretenimiento y las espera con ilusión, pero quizá también son un tormento de autotormentador. Lo que va contando Marianne, o le van haciendo contar, es la historia de la destrucción de su matrimonio aparentemente feliz con Markus, cuarentones ellos. Sin saber cómo ni por qué, tiene una aventura con David, amigo de la familia, durante un viaje a París. Parecía que iba a quedar ahí la cosa, pero lo retoman y el engaño la va absorbiendo, se va complicando y la hunde poco a poco en un caos de mentiras, contradicciones, vergüenza y humillación. Su marido los descubre, o descubren ellos más bien que los había descubierto ya antes, y más cosas saldrán a la luz.fracture Que Markus tenía una amante, que nada era como pensaba Marianne, que ni el pasado estaba a salvo, que ni ella era quien ella pensaba, porque—¿por qué tuvo esa aventura con David, en primer lugar, si ni siquiera se le había pasado por la cabeza desear a este amigo suyo? Dice Marianne, o su joven aparición a Bergman, que cuando aceptó o decidió tener una aventura con su amigo, era como si quien lo hiciese fuese una persona sin nombre y sin identidad que vivía oculta dentro de Marianne. Leía hoy en Houllebecq que "en la vida cotidiana hay que andar con cuidado para no dejarse atrapar por la propia historia o, de forma aún más insidiosa, por la personalidad que uno imagina que es la suya". Muchas rupturas seguramente provienen de allí—de un deseo de ruptura con una coherencia que se hace ajena, o demasiado propia. Pero la felicidad no parece ser una prioridad para Houellebecq, y tampoco en esta película da felicidad la ruptura, o el dejar salir la propia incoherencia a flote. Todo deriva hacia el vodevil grotesco y vergonzoso, hacia la tragedia fea e insensata, y al fin hacia el horror metafísico. El adulterio todo lo adultera: el vaivén entre su marido y su amante, o mejor llamarlo ahora actual pareja, desquicia la vida de Marianne, la lleva a la indignidad, y saca lo peor de todo el mundo. Ya le había avisado David que él era un fracasado y que todo lo que tocaba se echaba a perder. Una escena en la que vemos cómo se hunde un montaje teatral que ensayaba lo muestra de modo patético. Aparte, David es violento, celoso e impredecible, tiene deudas, es mal padre con los hijos de su divorcio anterior, no es ninguna joya; y la historia de amor o lo que sea entre él y Marianne no los lleva a más felicidad precisamente. Aunque aún más en picado cae Markus—y se suicida, sí, después de un feo proceso de separación en el que humilla a Marianne y la veja a cambio de permitirle conservar la custodia de su hijita Isabelle. Pero la demencia de Markus, ya desatada, había ido más allá: había intentado convencer a la pequeña Isabelle de que se suicidase junto con él. La película comienza con una cita de Botho Strauss que nos dice que nada hiere el alma de una persona tan profundamente como un divorcio. Durante gran parte de la película creemos que se refería al divorcio de Markus, y que Bergman era un trasunto de Markus anciano. Al final parece más bien un trasunto de David, quizá David en persona, que también perdió a Marianne después de que ella decidiera abortar al hijo de él que esperaba, tras una pelea espantosa. Y vivieron separados, se nos cuenta. Claro que Bergman bien puede ser una versión de Markus y de David a la vez, y de Bergman también, cómo no, y de Ullman, y de quien se meta en la historia. Al final el viejo guarda sus retratos y recuerdos de Marianne, que sí parecen reales, y sale a dar su último paseo quizá por la costa batida por el viento. Esa relación con los recuerdos y con el pasado la acabamos teniendo todos o casi todos. El pasado siempre se fue al traste, y en el caso de los divorciados y amantes separados, más todavía.

2 Days in Paris
 


Escoptofilias terminales

Escoptofilias terminales


peeping tom

 

 

 

 

 

 

 

Re-viendo Peeping Tom, la película que (dicen) acabó con la carrera de su director Michael Powell. El guión es del curioso personaje Leo Marks, criptógrafo y dramaturgo. Se estrenó la película ante un coro de abucheos críticos, pero con el tiempo fue subiendo la estimación—a medida que el cine se hacía más morboso, más complicado, más reflexivo, más mediático. La película se anticipa a su tiempo (1960) y anuncia toda una larga serie de psicópatas con prótesis tecnológicas, y pavores reflexivos. En esta línea me acuerdo especialmente de algunas películas de Robin Williams, como La memoria de los muertos de Omar Naim, o Retratos de una obsesión. En Kika, de Almodóvar, una periodista con videocasco encasquetado emitía en directo todos los sucesos a la tele.  También recuerda algo Peeping Tom a La mort en direct de Bertrand Tavernier, de veinte años más tarde, por la temática morbosa de intensificar la muerte mediante su filmación, su transformación en documento y la repetibilización de lo esencialmente irrepetible. Y han proliferado estas cuestiones, proféticamente quizá, en la realidad que imita al arte, como cuando el comando Obama vio la mort en direct de Osama bin Laden, a modo de reality show pakistaní. Aquí el protagonista, el peeping Tom o mirón, fotógrafo de porno y ayudante de cámara, venía traumado por los experimentos psicológicos que había hecho su padre con él, convirtiéndolo en conejillo de indias para el estudio del miedo. Luego él sigue sus experimentos, debatiéndose entre la tentación de la normalidad, que en este caso es la vecina de abajo, y la continuación de su carrera hasta su fin natural—que es filmar su suicidio, a la vez que deja pistas para que la policía lo atrape. El protagonista almacena su vida en vídeo, como el Krapp de Beckett en sus cintas magnetofónicas—y colecciona a sus víctimas archivadas como buen psicópata, en esto recuerda al Coleccionista de Fowles. La película experimenta con diversas mironerías: desde el porno que filma el protagonista (incluyendo una modelo desfigurada) hasta la ciega que ve con la mente—la madre de la chica de abajo, que no se fía del cámara e irrumpe en su estudio privado, preguntándole "¿Qué es lo que estoy viendo?" ante la pantalla invisible para ella. Una conversación con un psiquiatra nos informa de que el protagonista sufre de scoptophilia, no de escopofilia como sería de esperar, quizá para subrayar lo óptico de la cuestión. Bueno, también existe el término griego opip(t)euo, "observar curiosamente, espiar, acechar, mirar con inquietud, vigilar", que nos serviría para retorcerlo con lo de peeping Tom. En fin, aunque le prometen un tratamiento con éxito, el protagonista elige profundizar en su vicio y obsesión, que si no no habría película. Una cosa que hace bien la película es profundizar en las posibilidades y secretos del medio, incluyendo imágenes dentro de imágenes, repeticiones (vemos la escena original primero, su filmación después, imágenes quietas frente a fotografías en movimiento.  Y sobre todo incluyendo la reacción del espectador, a varios niveles: la del propio cámara asesino (su cámara incluye un cuchillo, eso sí es penetrar con la vista)—la de la víctima, que se ve a sí misma morir en un espejo, en cierto modo viendo por anticipado la propia película de su muerte. Y también la del espectador inocente de crímenes anteriores, la chica de abajo, que ve cómo alguien ve cómo otros se ven morir tal como otros los verán, no, tal como los están viendo, no sólo la chica, sino también nosotros, posicionados a su lado como mirones de la propia autoobservación terminal. Las imágenes de la chica mirando cómo las asesinadas miran a sí mismas es de las más intensas de la película; la multiplicación o superposición de miradas suma intensidad a la experiencia cinematográfica. En suma, que a base de acumulación mediática, repetición, inserción semiótico-perceptual, marcos dentro de marcos, y reflexividad casi hasta el infinito, saca la película un partido extraordinario a la semiótica básica del cine, a su mironismo básico, a sus patrones de identificación, a la manera en que el uso de la cámara guía y organiza nuestra experiencia pasiva. También, supongo, a ese elemento tanático-terminal que hay en toda película, que es como una vida corriendo a su final. Aquí la tecnología obsoleta de rollos, revelados y super ocho le añade un encanto retrospectivo, o quizá más bien retrofuturista, por la manera en que estas obsesiones, adicciones mediáticas y tecnologizaciones de la experiencia han ido a más, y a más que irán. La película de Powell seguirá creciendo retroactivamente.

La mort en direct
 

 

 


Encerrados en Shutter Island

 Encerrados en Shutter Island

Qué curioso, paseaba por el sitio sobre cine de David Bordwell (y Kristin Thompson), críticos atentísmos a la forma cinematográfica y de quienes he aprendido mucho. Y me doy cuenta de que al parecer no han entendido ni patata del argumento de Shutter Island de Martin Scorsese, al menos en lo que se trasluce de su discusión en ese artículo. Creía que no merecía la pena explicar lo que pasa en la película, pero ya que no lo entiende ni David Bordwell, que debe ser la máxima autoridad mundial en cine, igual la cosa merece un comentario. Trailers y demás aquí:

It's 1954, and up-and-coming U.S. marshal Teddy Daniels is assigned to investigate the disappearance of a patient from Boston's Shutter Island Ashecliffe Hospital. He's been pushing for an assignment on the island for personal reasons, but before long he wonders whether he hasn't been brought there as part of a twisted plot by hospital doctors whose radical treatments range from unethical to illegal to downright sinister. Teddy's shrewd investigating skills soon provide a promising lead, but the hospital refuses him access to records he suspects would break the case wide open. As a hurricane cuts off communication with the mainland, more dangerous criminals "escape" in the confusion, and the puzzling, improbable clues multiply, Teddy begins to doubt everything - his memory, his partner, even his own sanity.

La reseña de Roger Ebert es más perceptiva. Hay que reconocer que la construcción de la película es artificiosa de cojones. Lo que Bordwell interpreta como secuencias subjetivas, o alucinatorias, son alucinaciones en segundo grado. Pues la película es toda ella una alucinación—entramos en ella como si de un mundo sólido se tratase, aunque nos extrañe la presencia de esa isla-manicomio-fortaleza en la bahía de Boston, pero la solidez del mundo presentado se va disolviendo. Por grados. Primero descubrimos, con el investigador Teddy Daniels, una serie de falsas historias, charadas, complots y montajes a cargo del equipo médico y los guardianes de la isla. El detective se abre paso hacia lo que cree la realidad, o un juego tipo The Game. Pero a la vez el protagonista Daniels va perdiendo solidez como un punto de vista interpretativo. Al fin vemos que hemos estado habitando íntegramente dentro de su alucinación, y que el temido faro al que se acerca esperando descubrir allí terribles experimentos cerebrales es sólo la consulta de su psiquiatra, que ha logrado abrirse paso momentáneamente a través de la psicosis traumática del protagonista.

shutter island


Así pues es una de esas películas en las que decíamos que "la realidad flojea", películas tipo Total Recall  o Matrix. Al entrar en ella no entramos en el mundo diegético del film sino en un submundo alojado en él—hemos entrado en un mundo al parecer estable, pero como iremos descubriendo poco a poco no estábamos en el mundo social del protagonista, sino en el mundo de su visión alucinatoria, la roca que (al modo de la canción de Simon y Garfunkel que quizá haya servido de inspiración parcial a la película) ha construido para refugiarse contra una realidad demasiado dolorosa. Y es casi la realidad dolorosa la que parece una alucinación más, o un desplazamiento onírico como los anteriores: la esposa demente de Teddy Daniels que ha asesinado a los niños, también ella habitando no se sabe qué mundos de tormento interno—y luego el propio protagonista asesinando a su esposa, por "liberarla", creía, sin saber que se estaba encerrando a sí mismo, con ella también, en una prisión de obsesiones desesperadas. (Por cierto, aquí la película enlaza casi con un fundido a distancia con la situación emocional del personaje que también interpreta Leonardo DiCaprio en Origen). shutter island 2

Muchos detalles atípicos en la película presagian y preparan su final inesperado. Algunos se funden impredeciblemente con la locura ambiental, con el stress que sufre Daniels aun dentro de su ficción autogenerada, o con la retórica impredecible y un tanto arbitraria del suspense cinematográfico. Entre esos, me ha gustado el de la ilustración del vaso, que sugiere cómo fallos de continuidad o "defectos" técnicos pueden usarse para crear una atmósfera inquietante u ominosamente irreal. El movimiento extraño del humo de los cigarrillos en alguna escena. También esa escena en que Daniels cree ver el cuerpo de su colega estrellado en el fondo del acantilado, y cuando baja ve que es una roca con silueta humana. El papel que se sujeta de modo extraño en las rocas. O las escenas del principio en el barco, extrañamente artificiales de manera casi subliminal, como los paisajes de eXistenz. O el huracán sin más, o cada detalle del ambiente, pues todo aquí es simbólico en dos niveles. Tiene su interés, claro, la manera en que un delirio coherente (en los términos en los que un delirio pueda ser coherente) asume aquí los trazos de una película bien construida. El cine como delirio, no es mala base sobre la que trabajar para introducirnos en una ensoñación provisional. Y aún hay un nivel de lectura que no se pierde al disolverse la fantasía de Daniels—a saber, la funete de los ingredientes de su invención. La exclusión social y la violencia oficial de la que participamos, la culpa compartida, la desconfianza del gobierno de los nuestros, la política democrática colaborando con procedimientos nazis o preparando una pesadilla que atropella lo derechos de los ciudadanos, eran (y son) demasiado reales, aunque los reprimamos al nivel de traumas del inconsciente político.

Infiltrados (The Departed)

Match cut indeed

Match cut indeed


Kristin Thompson discussing match cuts in David Bordwell's Website on Cinema:
"Another match cut comes from Lawrence of Arabia (David Lean, 1962) where an edit cuts together Lawrence blowing out a lit match with the desert sun rising from the horizon." —A match cut indeed!
Google Sidewiki entry on "Observations on film art : Graphic content ahead"

Aquí el artículo de la Wikipedia sobre Match Cut. A no confundir con nada de Woody Allen.

Match Point
 


La Rosa Púrpura de París

La Rosa Púrpura de París


La Rosa Púrpura de París, originally uploaded by JoseAngelGarciaLanda.

Beatriz a lo Cotillard.