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Evolución

El origen (Del lenguaje)

Un magnífico libro sobre el origen del lenguaje acaba de publicar Derek Bickerton: Adam's Tongue: How Humans Made Language, How Language Made Humans (Nueva York: Hill and Wang, 2009). Es, además, lectura compulsiva, cosa que no suele suceder con los libros de lingüística. No sé si he recomendado alguna vez un libro en este blog, aunque hablo de muchos—pues éste sí lo recomiendo. Aquí recojo algunas de las ideas centrales del mismo, traduciendo cuando corresponde.

Introducción
La diferencia entre habla y lenguaje. Puede haber habla sin lenguaje: el habla es sólo un vehículo para el lenguaje, como pueden serlo también los signos manuales de los sordos. (Y también la escritura, que es un avatar del lenguaje, y del habla en su versión alfabética: contrariamente a lo que dice Bickerton, sí que se puede ver el habla, y el lenguaje). En sustancia, "el lenguaje es lo que determina los significados de las palabras y lo que las combina en unidades de sentido, unidades que sumadas dan conversaciones, discursos, ensayos, poemas épicos" (3).

Más allá, el lenguaje es lo que nos permite combinar las ideas de manera estructurada. "Aunque te parezca que piensas en imágenes, el lenguaje es lo que combina esas imágenes en unidades de sentido, más allá de simples líos desordenados y enredados" (4). "El lenguaje es lo que nos hace humanos. Quizá sea lo único que nos haga humanos" (4).

Y es un gran problema científico sin resolver. Darwin ya supuso que era el uso continuado de un lenguaje elaborado lo que nos dio autoconsciencia, poder de abstracción... para Bickerton, yendo algo más allá, el lenguaje nos dio un cerebro altamente desarrollado (y no al revés). Tantas capacidades y características hay que se han propuesto como únicas y distintivas de lo propiamente humano.... Que si nuestra consciencia, que si nuestra autoconsciencia, nuestra capacidad de previsión, o de retrospección, nuestra imaginación, la capacidad de planear... Habría que estudiar cómo evolucionó todo eso, y para eso hay que estudiar la evolución del lenguaje que las hizo posibles. "Una cosa que suelen ignorar con demasiada frecuencia quienes escriben sobre el origen del lenguaje, pero que quiero enfatizar en este libro, es que la evolución del lenguaje es parte de la evolución humana, y que sólo tiene sentido si se considera en tanto que parte de la evolución humana" (6). Y el centro del problema, el momento clave, es "el momento en el que nuestros antepasados por primera vez rompieron con el tipo de sistema comunicativo que había servido bien a todas las demás especies durante por lo menos quinientos millones de años" (6). tunnel

Un obstáculo para encarar bien el problema es el enfoque sobre lo específicamente humano que ha surgido del darwinismo. Al colocar al ser humano como un primate más, en reacción al antropocentrismo de los enfoques anteriores, se ha perdido la perspectiva. Se han enconado las posturas entre los naturalistas y los antinaturalistas, de modo que los primeros enfatizan de modo exagerado la continuidad entre simios y humanos. La idea más extendida entre los evolucionistas era que no había una discontinuidad fundamental entre el no lenguaje y lo prehumano, y el lenguaje—con pasos intermedios, una transición suave. Pero, para Bickerton, "Si el hueco entre los humanos y los otros animales es tan pequeño como nos han dicho, ¿qué podrá entonces ser esta minúscula diferencia que hace que todos los demás animales hagan tan poco y nosotros hagamos tanto? En lo que a mí se me alcanza, nadie de los que defienden la continuidad entre los humanos y otras especies se ha dado cuenta siquiera, por no hablar de admitir, que cada vez que se minimiza el hueco, las múltiples y manifiestas capacidades de los humanos se vuelven más misteriosas que nunca" (8).

Aunque para nada tiene intención Bickerton de proponer ningún deus ex machina ni diseño inteligente para resolver este punto. "La discontinuidad existe", dice, "y la discontinuidad no se limita al lenguaje—se extiende a todos los aspectos de la mente humana. Primero tenemos que admitir que existe. Y luego llegar a desentrañar cómo la pudo haber producido la evolución" (9). Aquí habla de cambios súbitos de fase, como el agua que pasa a hielo, o el desarrollo del vuelo: "lo que dio energía a la mente humana es el equivalente intelectual del vuelo" (9). Penn y otros han supuesto dos discontinuidades básicas entre humanos y animales: el lenguaje y la cognición. Pero esto no tiene sentido, una ya sería bastante malo. Hay que mostrar cómo evolucionó el lenguaje, y "cómo el lenguaje causó la evolución de la mente humana" (9).

La visión tradicional de la evolución (George Williams) es que los organismos se adaptan al medio, no al revés. Pero esto no es así. Entendida así como una calle de dirección única, "la 'adaptación' suena como si los organismos estuviesen haciendo algo positivo, pero no significa eso. Significa que los animales, incluyéndonos, no son agentes de su propio destino" (10). Para Bickerton, lo son (en cierta medida al menos). Los organismos están en interacción con el medio ambiente: se adaptan a él, pero también lo transforman, y se adaptan a ese medio transformado, y así sucesivamente, en retroalimentación constante. Al contrario de lo que propugnan evolucionistas como Dawkins, la evolución no es una cuestión de genes egoístas replicándose a sí mismos sin talento: "Es un proceso en el que las cosas que hacen los animales guían su propia evolución" (11).

(Y aquí sí que retoma Bickerton aspectos una vieja teoría idealista de la evolución humana: la de que los humanos transforman el medio ambiente y "progresan" dinámicamente, no pasivamente, hacia un objetivo. La teoría de los nichos ecológicos extiende esta noción a otros seres vivos, que coevolucionan dinámicamente con su ecosistema y lo transforman y a sí mismos con él. Lamarck había propuesto una vaga "dinámica del progreso" hacia la complejidad, complementaria o contrapuesta a la adaptación al medio, pero no llegó a formular coherentemente sus principios. La teoría de los nichos propone un mecanismo plausible para esta interacción de seres vivos y medio ambiente, y para la construcción de ecosistemas—la acción de transformación de los seres vivos en su medio ambiente– adaptando así estas nociones de evolución progresiva y guiada, de una manera mucho más coherente y 'user-friendly', al pensamiento ecológico. Otro personaje "maldito" a recuperar en esta cuestión de la interacción entre la adaptación al medio y la adaptación del medio es el hoy despreciado Herbert Spencer, que en sus First Principles desarrolla una filosofía evolutiva general en la que enfatiza la creciente complejidad y especialización de las formas vivas, y el proceso dialéctico que se da entre las fuerzas opuestas del organismo y su medio ambiente).

Esta visión ha sido propugnada recientemente por la teoría de la construcción de nichos ecológicos. En sustancia, el libro de Bickerton aplica esta teoría al problema del origen del lenguaje. De este modo, "Ya no es la evolución humana, y la compleja cultura producida por la evolución humana, una anomalía única en su género. Lo que la impulsa puede verse ahora como un proceso activo en muchas otras especies—posiblemente en la mayoría de las especies" (11). La cultura humana es, sencillamente, el nicho ecológico construido por los humanos.

El origen del lenguaje y de la cultura se debe a acciones muy particulares de nuestros antepasados—luego veremos que es un tipo de depredación colaborativa—que requería hacer algo que ninguna especie con capacidad cerebral comparable había hecho: romper los límites que restringen a casi todos los demás sistemas de comunicación animal. Y una vez abierto ese hueco, el lenguaje siguó evolucionando con el mismo circuito de retroalimentación: del comportamiento a los genes, de los genes al comportamiento, que siguen todos los procesos de construcción de nichos. "El lenguaje cambiaría, crecería y se desarrollaría hasta convertirse en el medio infinitamente complejo e infinitamente sutil que todos conocemos y usamos y damos por hecho hoy y cada día de nuestras vidas" (12).

Bickerton quiere explicar el origen del lenguaje porque es la explicación del origen de la humanidad. Y para ello hay que combatir algunas explicaciones y teorías que desorientan la investigación: el sesgo "primatecéntrico", por una parte, y la creencia en que los sistemas de comunicación animal forman una jerarquía o escalera que asciende hasta el lenguaje en la cima—o sea, el sesgo "homocéntrico". "En realidad, el sistema comunicativo de cualquier especie está diseñado (pero Bickerton no quiere decir "diseñado", ojo)  sola y únicamente para ocuparse de las necesidades evolutivas de esa especie" (13). En suma, hay que salir de la dicotomía que nos lleva a pensar o bien que todos los sistemas de comunicación forman un continuo, o bien que el lenguaje es un sistema totalmente diferente. "Tenemos que darnos cuenta de que la dicotomía es falsa: lo segundo puede que sea cierto ahora, pero desde luego no lo era entonces" (14), cuando surgió el lenguaje. Esto requiere examinar con atención ese momento clave en que se rompe el molde de la comunicación animal, abriendo el camino a la alteración de la comunicación y de las mentes que se comunicaban. Y esa fuente hay que buscarla no en los simios, que no hablan, y no en las cosas que los simios hacen hoy, sino en cosas que hacían nuestros antepasados y que los simios ni hacían entonces, ni hacen ahora.

Adam's Tongue 1: La dimensión del problema

Especiación y retrospección: El diseño inteligente de Nabokov

Especiación y retrospección: El diseño inteligente de Nabokov
Sí, por supuesto dije "accidentalmente" en vano, y dije "en vano" accidentalmente, puesto que en esto estoy de acuerdo con el clero...
(Conde Godunov-Cherdyntsev)


Hace poco me preguntaban si Vladimir Nabokov había estado en Albarracín, por unos comentarios que parecían especialmente vívidos (y vividos) en su cuento "Pilgram" ("The Aurelian"). Bien, pues mi conclusión es que no—que probablemente soñaba con ir a Albarracín (y a Granada, y a Madrid) a cazar mariposas, pero que, como el personaje del cuento, nunca llegó a ir. El cuento es de 1930; unas notas publicadas en una revista lepidopterológica en 1931 detallan su estancia de unos meses en el Pirineo francés—lo más cerca que estuvo de España fue al parecer la carretera de Le Boulou a Perthus, y parece que no hizo ninguna incursión a España.

Yo sí que he estado en Albarracín—aunque en cambio no conozco ese supremo placer que proporciona la caza de la mariposa según Nabokov. A pesar de que gustaba de echar un jarro de agua fría a quien se ponía poético con su entomología, parece que las mariposas eran para Nabokov un símbolo muy potente de contacto con la eternidad y la trascendencia, un contacto continuado mediatizado por la cotidianeidad del coleccionista y por el prosaísmo visible del trabajo científico sobre los genitales de los lepidópteros. Una vez comenté un cuento suyo sobre mariposas, "Navidad". Hoy me llamaba la atención un texto que escribió a finales de los años 30, un amago de continuación de su novela El Don, y que se publicó por vez primera, en traducción de Dmitri Nabokov, en el volumen Nabokov's Butterflies (2000), editado por Brian Boyd y Robert Michael Pyle.

Se llama este texto "Father's Butterflies" y es una especie de variación desmadrada sobre la figura del padre (del de Fyodor, del de Nabokov) como aventurero y entomólogo, mezclando en él rasgos de científico, explorador y aristócrata, creando una figura idealizada que potencia la afición real del padre de Nabokov a la entomología, y sirve a la vez de sueño imposible sobre a dónde podría llegar un lepidopterólogo aficionado pero entendido, llevado por una "sublime curiosidad" y que tuviese enormes medios a su alcance. Así, el padre de Fyodor se convierte en un explorador que desaparece en una expedición por territorios desconocidos de Asia central, y también en el autor de una obra enciclopédica sobre mariposas, Butterflies and Moths of the Russian Empire, que deja chiquito todo lo hecho hasta entonces.

Además, expone el imaginario autor de la imaginaria obra una imaginaria teoría de la "clasificación natural", que recoge las ideas de especie y evolución quizá no tal y como las exponía Nabokov en sus trabajos científicos, sino más bien tal y como gustaba de imaginarlas, en una especulación más allá de lo científicamente demostrable o presentable, una teoría, dice, "que incluso hoy le parece al mundo científico una fantasía desbocada, un salto de caballo fuera del tablero hacia el espacio (consecuencia de una total incapacidad de asimilar las premisas del autor)" (213).

Es un texto denso que dejará pasmado a más de un lector de Nabokov, y un texto que probablemente nació con voluntad de ser fragmentario, un enigma más que una solución—un ensayo en el que, a juzgar por los fragmentos extractados, cada frase es como una puerta con una vidriera opaca y una señal de alto a los intrusos. En él recicló Nabokov reflexiones personales sobre el orden natural que no se animó o atrevió a publicar como contribución científica en su propio nombre.

De la manera de encarar la cuestión que tiene Nabokov me llama la atención el énfasis que pone en diversos momentos en la cuestión de la retrospección / retroacción: así, nos dice que la publicación de esta teoría como suplemento a su volumen final, Lep. Asiat., "redujo retroactivamente las clasificaciones generalmente aceptadas a una absurda trivialidad". El padre de Fyodor había trabajado "dentro" de las categorías habitualmente aceptadas, concentrándose en cuestiones de descripción práctica, sin atender a la teoría de la clasificación, pero el día a día de este trabajo práctico le llevó a cuestionar todo el sistema, y se manifestó el plan subyacente que se venía fraguando "como el más humilde empleado que de repente se presenta ante su jefe con un plan que arroja una luz totalmente nueva sobre un trato que el magnate había negociado con imprudente precipitación" (214). Es una fuerza atractiva inherente la que le lleva a percibir este plan (señal quizá de una conjunción entre la mente y el sistema de la naturaleza). El "suplemento" teórico de Godunov-Cherdyntsev no es tal suplemento sino (al decir del narrador) toda una revolución conceptual, y a la vez sólo una pieza que completa un puzzle y lo hace de repente "totalmente inteligible". La teoría sin embargo fue polémica e irritante en círculos científicos, nos dice Fyodor, y acabó "eclipsada por su propia explosión" (215). Es una teoría biológica universal que hace inteligible la disciplina entera (como sucedió con el darwinismo), teoría aplicada aquí a las mariposas pero "según se indicaba con serena frialdad en una nota a pie de página, aplicable a todas las áreas de la naturaleza" (215). Pareció delirio por su completa novedad, nos dice Fyodor, pues su comprensión requería "un salto extraordinario, un movimiento acrobático del cerebro" (215). Fyodor se declara incompetente para seguir esta concepción en sus detalles, estableciendo así una cierta distancia irónica indeterminada, entre la teoría biológica de Godunov-Cherdyntsev y la de Nabokov.

Empieza la teoría por redefinir el concepto de especie. Una especie no es aquí para Nabokov (para este Nabokov) un mero constructo teórico de los biólogos, un ejemplar referenciado en un museo, —como sugiere Stephen J. Gould que era el caso, en su ensayo sobre Nabokov el taxonomista y entomólogo (I Have Landed 38). La especie tiene una realidad ya no meramente natural, sino trascendental, inherente, que requiere sin embargo ser reconocida por la mente humana (y de ahí la taxonomía).

Por "especie" se refiere [Godunov-Cherdyntsev] al original de un ser, inexistente en nuestra realidad pero único y definido en su concepto, que recurre ad infinitum en el espejo de la naturaleza, creando incontables reflejos; cada uno de ellos percibido por nuestra inteligencia, reflejados en ese mismo espejo y adquiriendo realidad, únicamente en su seno, como individuo viviente de esa especie dada. (216)


La especie la concibe G-Ch como un círculo, en cuya periferia se encuentran individuos aberrantes, razas particulares, variedades locales—en tanto que la idea de la especie ocupa el centro del círculo. Las formas periféricas (de por sí "desviadas" de esa idea) pertenecen a la especie en tanto en cuanto hay formas transicionales que las conectan, en un continuo, al centro del círculo. Esto, que podría parecer idealista y recordar a las teorías predarwinistas sobre variación y razas, adquiere una cierta coherencia en términos materiales y evolutivos cuando Nabokov (o Fyodor, o G-Ch) explica que la unidad de la especie se mantiene por la capacidad potencial de cruce y reproducción entre los tipos. Para eso es necesaria la variedad central: por tanto, la definición adecuada de una especie no la da la "primera descripción taxonómica", pues ésta podría corresponder a un tipo periférico, sino la identificación del tipo ideal y central que encarna mejor el centro de la especie como tal. Una imagen alternativa (y más adecuada, pues tiene en cuenta la génesis temporal de la especie) es la esfera: en la que el tipo ideal de la especie ocupa una vez más el centro, el ecuador es la máxima variación alcanzada, y un meridiano representa el ciclo de posibles cambios del tipo en el tiempo. (Aunque uno se pregunta si un cono invertido, y difuso a partir del vértice, no sería una figura más adecuada para la génesis de variedades mediante la disolución del círculo).

Estas "esferas de la especie" de Nabokov no dejan de recordar a las teorías antidarwinistas victorianas de Fleeming Jenkin, crítico de Darwin, donde la variación interna de la especie estaba contenida por una esfera de variabilidad, sin poder expandirse la variación indefinidamente y generar otras especies:

A given animal or plant appears to be contained, as it were, within a sphere of variation; one individual lies near one portion of the surface, another individual, of the same species, near another part of the surface; the average animal at the centre. (Fleeming Jenkin, reseña del Origen de las Especies, 1867).


—No es exactamente lo mismo lo que propone Godunov-Cherdyntsev, pues sí acepta la evolución pueda romper el círculo (aunque sólo para generar un círculo más amplio, el del género)—pero sí se aprecia en su propuesta una cierta nostalgia por estas especies fijas y esenciales del predarwinismo, en esta celebración de las especies que llegan a constituir una forma esférica, y en el privilegio cuasi-idealista concedido al individuo tipo, al "centro" de la especie. Contra este fijismo, y a favor de la continuidad entre las especies y las variedades, se presentó precisamente la teoría de Darwin, e igualmente la de Wallace en su artículo de 1858, "On the Tendency of Varieties to Depart Indefinitely from the Original Type". Nabokov admite la posibilidad, es más, el hecho de esta variación, pero enfatiza la tendencia contraria, la tendencia al fijismo. (Y parte de razón no le negaremos, visto el énfasis que otras teorías postdarwinistas, como el equilibrio puntuado, han puesto en la estabilidad de las especies).

Nabokov/Godunov rechaza el evolucionismo darwinista como teoría insuficiente para explicar la génesis de las especies—a pesar de apreciar las observaciones de los darwinistas sobre la influencia del medio y de la herencia. Ahora bien, no niega Nabokov/Godunov que las especies aparecen y desaparecen: sólo que para él un diseño inteligente tras la génesis de las especies. Y es ésta la mayor falacia retroactiva cometida por la ciencia de Nabokov: el proyectar los resultados de la evolución, o sus efectos llamativos, complejos y elaborados, al origen, y postular un plan donde no sólo hay una mente que percibe esos efectos, sino otra que los diseña por anticipado.

Nabokov/Godunov es consciente de muchos aspectos del ilusionismo retroactivo (o hindsight bias), aunque sucumba en última instancia a su forma más acabada, el diseño inteligente. Aprovecha para criticar (con cierta justificación) la tendencia del evolucionismo de su época a crear líneas de desarrollo falsas–a transformar lo que él ve como la esfera de la especie en su desarrollo temporal, en una línea de descendencia que tiene mucho de simplista. Así el ejemplo del caballo: tendemos a ver los "antepasados" del caballo como algo que tiende hacia la forma actual, pero en realidad la forma actual, último residuo de la esfera de un género mucho más amplio, es una ramita empobrecida de lo que fue una esfera en plenitud en otro momento. (Es curioso que Stephen Jay Gould utiliza el mismo ejemplo cuando quiere contrastar su propia noción de matorrales evolutivos muy ramificados, con las líneas simplificadas de descendencia que se suelen construir por un efecto de perspectiva retroactiva).

Aprovecho para dejar bien claro que no me parece inteligente la adopción del diseño inteligente por parte de Nabokov. Es una limitación de su enfoque, esencialmente antidarwinista, el pensar que una gran complejidad sólo puede resultar de una planificación previa. Gould ha criticado ciertos aspectos de la ciencia biológica de Nabokov en un artículo de I Have Landed ("No Science without Fancy, No Art without Facts: The Lepidoptery of Vladimir Nabokov"). Hay que decir que Gould no conocía las teorías atribuidas a Godunov-Cherdyntsev en "Father's Butterflies", a no ser por unas breves referencias en Speak, Memory. Por eso considera a Nabokov no un teorizador sino un trabajador de detalle en un área concreta; observemos que describe a Nabokov tal como Nabokov se describía a sí mismo irónicamente en Godunov-Cherdyntsev antes de elaborar su testamento teórico—"Vladimir Nabokov practiced his science as a conservative specialist on a particular group of organisms, not in any way as a theorist or a purveyor of novel ideas or methods" (Gould 35) —O sea, que para Gould Nabokov hacía lo que Kuhn llamaría "ciencia normal", y quizá todavía más normal de lo aconsejable. Y hasta cierto punto diagnostica bien Gould que el iconoclasmo anti-darwinista de Nabokov no proviene de una originalidad teórica rupturista, sino básicamente de una postura conservadora que no había asimilado completamente el darwinismo. Lo cual no me impedirá defender la lógica científica de algunos pronunciamientos anti-darwinistas de Nabokov.

En suma, no voy a defender la validez científica de todas las especulaciones de Nabokov (o Godunov-Cherdyntsev) en "Father's Butterflies", aunque algunas sí tienen su razón de ser o coherencia. En especial me parece errada la presunción de intencionalidad o mentalidad creadora, por indirecta que sea, en la naturaleza. Pero sí me interesa en tanto que rasgo de estilo ese interés por el diseño inteligente, esta conjunción que establece Nabokov entre mente y naturaleza, con vistas a entender las peculiaridades de su imaginación literaria.

Encontramos en su teoría de la especie una aplicación sui géneris del principio de que la ontogenia recapitula la filogenia. Así, en la vida de un ser humano, la noción de "especie" es algo que se desarrolla tarde, requiere un desarrollo mental previo—igual que requirió un desarrollo conceptual en la humanidad la generación por vez primera de la especie como concepto—y también igual que requirió un desarrollo en el proceso natural la constitución de las especies en sí, como orden natural. La naturaleza crea un orden (el orden de los seres, o de los seres vivos) y dentro de él genera un elemento reflexivo capaz de apreciar ese orden. Para Nabokov, esto no es casual: hay una correspondencia por indirecta que sea entre mente y mundo:

Yet, not only is the history of mankind parodied by the developmental history of the writer of these and other lines, but the development of human ratiocination, in both the individual and historic senses, is extrarordinarily linked to nature, the spirit of nature considered as the aggregate of all its manifestations, and all the modifications of them conditioned by time. (218-19)


Nabokov asocia la ontogenia y la filogenia también de modo indebido en el siguiente razonamiento. Se pregunta cómo en el desarrollo embrionario están presentes en estado potencial diversos órganos, de modo por así decirlo preordenado—y cómo, dice, no habría de estar presente el pensamiento. El pensamiento (no un pensamiento como el nuestro, aclara, sino un potencial de pensamiento) existe, "cannot fail to exist in the warehouse of the bestower"—pues hay fenómenos de la naturaleza que no tienen sentido en sí, y que sólo pueden existir para ser apreciados por la mente (humana). Señala a fenómenos que los darwinistas considerarían adaptativos y producto de la selección natural, pero que para Nabokov van más allá de la credibilidad en lo atribuible a ese mecanismo—como el mimetismo protector:

Certain whims of nature can be, if not appreciated, at least merely noticed only by a brain that has developed in a related manner, and the sense of these whims can only be that—like a code or a family joke—they are accessible only to the illuminated, i.e., human, mind, and have no other mission than to give it pleasure—we are speaking of the fantastic refinement of "protective mimicry," which, in a world lacking an appointed observer endowed with artistic sensitivity, imagination, and humor, would simply be useless (lost upon the world) like a small volume of Shakespeare lying open in the dust of a boundless desert. (219)


Observemos que tanto los "códigos" como las "bromas de familia" son características de la escritura de Nabokov, plagada de pequeñas trampas, pistas, detalles que conectan unos con otros, alusiones a episodios autobiográficos repetidos con variaciones... todo producto de un escritor-diseñador que construye a un lector implícito capaz de entenderlo. (Ver un ejemplo relativo a su cuento "Scenes from the life of a double monster" en mi artículo sobre múltiples lectores implícitos). En el libro de la naturaleza, igualmente, hay una alianza de conspiración entre la naturaleza y la mente del que la entiende—a un nivel un tanto platónico, una "alianza espiritual" a espaldas del mundo orgánico efectivo. La identificación de una especie pertenece para Nabokov (Godunov-Cherdyntsev) a este nivel trascendente de contacto entre la mente humana y la mente que ha diseñado la naturaleza, no Dios tal como lo solemos concebir sino una "monstruosa X".

Yet, long before the dawn of mankind, nature had already erected stage sets in expectation of future applause, the crysalis of the Plum Thecla [Strymonidia pruni, the Black Hairstreak] was already made up to look like bird droppings, the whole play, performed nowadays with such subtle perfection, had been readied for production, only awaited the sitting down of the foreseen and inevitable spectator, our intelligence of today (for tomorrow's, a new show was in preparation). (220)


(Obsérvense otra vez las analogías establecidas entre la creación literaria y la creatividad natural). En otra ocasión, Nabokov comenta, en alusión a la Biblia, que "la gloria de Dios está en esconder algo en la naturaleza; la del hombre, en descubrirlo".

El desarrollo de ideas en la mente humana tiene su paralelo en el desarrollo gradual de la "idea" de especie en la naturaleza. Este es el evolucionismo de Nabokov, parecido al de los actuales defensores del "diseño inteligente". Como vemos, es antidarwiniano en el sentido de que presupone una intencionalidad en el cosmos: interpreta la mente no como efecto de la complejidad sino como reflejo de una mentalidad inicial (al modo de los creacionistas). Sí admite una gradual formación y transmutación de los seres y de las especies, pero concede a las especies una realidad trascendental que había sido precisamente descartada por Darwin (—para Darwin, recordemos, eso del origen de las especies es una manera de hablar, pues las especies no existen propiamente en un mundo de variabilidad individual, como tampoco los géneros: son en realidad constructos mentales para conveniencia de los biólogos, instrumentos taxonómicos). Para Nabokov hubo un momento en que era así—la naturaleza no había creado la "idea" de especie todavía:

We must imagine a certain remote time on earth, when the concept of species (or genus) was as foreign to nature as it is foreign to the infancy of a human or of humanity. (220)


Observemos que mantiene el paralelismo de desarrollo conceptual en los tres niveles: el físico-natural, el cultural-humano y el individual. Hay aquí una homología profunda entre los tres tipos de desarrollo: el individuo, al alcanzar la madurez intelectual, llega al concepto de especie porque su cultura lo ha desarrollado previamente (o continúa desarrollando el que su cultura ha desarrollado, como hace aquí Godunov-Cherdyntsev). Y la cultura lo ha elaborado (a través de sus individuos) porque ha llegado a percibir y entender el trabajo previo de la naturaleza, su generación de especies, que espera reconocimiento inteligente. Pero hubo un tiempo previo a la especie:

However, in that most remote of times that we must now imagine, none of this had yet been conceived. Nature was ignorant of genera and species; the specimen reigned supreme. (220)


—un momento previo aún a la diferenciación entre animales y vegetales. (No deja esto de recordar a las teorías de Lynn Margulis sobre la vida primigenia, con fusión de genomas un tanto más caótica que la que se da entre especies, con simbiosis y fusión—y no sólo divergencia—entre ramas evolutivas. Ciertamente, a un nivel microbiótico, el concepto de "especie" macrobiótico no tiene sentido y requiere una redefinición—de estos temas hablaba Carl Zimmer en su libro sobre E. Coli. Un mundo de similtud previa a la diferenciación de especies invoca pues Nabokov, lo que sí tiene cierto sentido evolutivo—pero el patinazo neuronal viene cuando asocia las similitudes increíbles que hoy produce el mimetismo protector, a esa homogeneidad primigenia, como un resto atávico de esa similitud inicial entre los organismos. Es el propio Nabokov, podríamos decir, quien retrospectivamente (e indebidamente, post hoc non ergo propter hoc) establece una analogía mental, para tender un imposible puente directo entre la milagrosa mímesis protectora por una parte, y la plasticidad genética original, previa a la delimitación de especies, por otra.

As soon as a creature capable of appreciating the unexpected resemblance, its poetry and magical antiquity, had matured on earth, this phenomenon was proffered to him by nature for admiration and amusement, as a precious symbol of the homogeneousness (oneness) in which she had once found the prime compound for the creation of the first denizens of her kindergarten. (117)


—una idea creacionista en la que se cuela, además, la falacia retroactiva que privilegia al observador actual, de manera un tanto descarada, proyectando al pasado en forma de plan cósmico lo que es observación presente de un sujeto particular. Nabokov diagnosticaría la tendencia psicótica a la apofenia o manía referencial en su relato "Signs and Symbols"—y seguramente viene su especial sensibilidad al tema porque una fuerte tendencia en su carácter le llevaba a recrearse en estas proyecciones de planes y esquemas, desde el egocentrismo al mundo que organiza a su alrededor. Como alguien con una sobredosis de dopamina (ver Nassim Nicholas Taleb, El cisne negro 123).

Dedica Nabokov cierta argumentación, no muy convincente, a justificar el carácter puramente juguetón y artístico de estos fenómenos naturales: por qué el mimetismo protector es inútil y en muchos casos no proporciona ventaja alguna a los animales; y que por tanto no puede explicarse por la selección natural—"let us leave in peace the famous 'struggle for survival': strugglers have no time for art" (223). Hay que recordar que Nabokov sí era un struggler, y que sin embargo sí reservó un sitio para el arte, el arte donde proyectó la Rusia privilegiada que había perdido, la infancia fascinante recordada y siempre recuperada, y la existencia aristocrática (aristocracia espiritual) que le permitía elevarse a un nivel de trascendencia superior al de la mera cotidianeidad del exilio y de la mortalidad.

Con relación estos fenómenos peculiares de mimetismo también anota Nabokov otros argumentos antidarwinistas tradicionales:

Thus, not only the 'aimlessness' of the accomplishment (the 'aimlessness' of pure art), but also the absence of transitional forms, the ultimate clarity of observed phenomena, arouses strong doubts about the evolutionary progressive character of their genesis. The impossibility of achieving false similarities via a gradual accumulation of corresponding traits, whether by chance or as a consequence of 'natural selection', is proven by a simple lack of time. (223)


Y el hecho de que haya "evolución" tanto en la aparición de la especie como fenómeno, como en el desarrollo de la idea de especie en la cultura y el individuo, le lleva a trasponer indebidamente lo mental a lo natural, sosteniendo que "it was not species that evolved in nature, but the very concept of species" (225). La especies así concebidas son entidades con un toque de eternidad, que llegan a manifestarse en la naturaleza como una especie de irrupción en la misma de un orden de ideas superior—por tanto, la idea de una "evolución" que las haga derivar unas de otras le resulta repelente al cerebro platónico. Y sin embargo se mueve, este sistema: aparecen, y desaparecen las especies.. como fenómenos en los que Nabokov quiere ver un orden: las especies, esas esferas o burbujas, sólo merecen propiamente ese nombre cuando alcanzan una perfección y una estabilidad que les da esa cierta solidez a la vez como entidades naturales reales y como objetos mentales ofrecidos a la contemplación del naturalista—una huella de eternidad en el devenir.

Hay mucho de juguetón y de deliberadamente paradójico en la manera en que Nabokov explica ésto: sin embargo, podemos rescatar de su crítica al darwinismo, y de estas "especies esféricas", la noción de que la especie—no creo que al género pudiese aplicarse ya con la misma relevancia—es una realidad biológica activa, una entidad emergente de orden superior (un "individuo evolutivo", que diría Gould) que impone ciertas constricciones a la variabilidad de los individuos, y que se mantiene por ese control centrado de los límites de la diversidad... al menos lo que dura una burbuja, hablando en términos geológicos. Tras la emergencia de este tipo de organización por especies, un tanto descuidado si no ignorado por el darwinismo,

all of nature's subsequent work on the differentiation and definition ad the notion of species (as well as of genus and family), through a special property of its agitation, was fated to follow the laws of spherical entities burgeoning, disintegrating, and newly developing, out of the disintegrated elements, into newly intricate clusters. (226)


La acción de la naturaleza en la generación de especies es, nos dice Nabokov, a la vez juguetona y racional (como su argumentación aquí, quizá debamos entender)—y la compara a la actividad del pintor que disfruta pintando y lo hace con exactitud, o al placer intelectual, "the joy we derive from a witty problem, from harmony, from creativity"—cuestiones todas ellas que tienen un lugar primordial en el tipo de estética que Nabokov estaba interesado en desarrollar.

Bien, estas especulaciones son sin duda estimulantes para un buscador de patrones, analogías y problemas en la obra de Nabokov, pero en tanto que teoría biológica hay que decir que no resisten un análisis, no más que las especulaciones preevolucionistas de William Paley sobre el diseño inteligente, o las especulaciones de los actuales teorizadores de ese "diseño inteligente" como las de Philip E. Johnson en Darwin on Trial (1991) o Michael Behe en Darwin's Black Box (1996). Y aunque Nabokov escribiese esto en 1938, y Fyodor Godunov-Cherdyntsev en 1927, para entonces ya era esto pseudo-ciencia... al menos lo era entonces tal como se ve desde hoy. Aunque tanta ciencia resulta luego ser pseudo-ciencia, en visión retrospectiva, y ni siquiera se disfraza de literatura. Recordemos sin más que la mayoría de los norteamericanos, entre ellos muchos científicos, e incluso muchos biólogos sin duda, creen a fecha de hoy en el Diseño Inteligente. Vamos, de hecho incluso el propio Wallace, que formuló a la vez que Darwin la teoría de la evolución por selección natural, acabó defendiendo el Diseño Inteligente.

Según Charles Lee Remington ("Lepidoptera Studies", en The Garland Companion to Vladimir Nabokov), Nabokov tenía por razones trascendentalistas un interés psicológico tan fuerte en oponerse a la selección natural, que seguramente rechazó las conclusiones evolutivas por motivos de satisfacción personal.

Si rechaza Godunov (Nabokov) el gradualismo darwiniano, también rechaza el catastrofismo tanto para el origen como para el fin de las especies: "Of course the basic spirit of development in no way depended on the chancy cataclysms of a chance environment" (227). El origen y el fin de las especies tiene una lógica al parecer inherente, e idealista—o al menos en la descripción del proceso se desprecia olímpicamente la interacción con el medio.

The disintegration of a species, the explosion of a species ring, resulted when the given idea of a species grew impoverished—something that manifested itself in the extinction of the type or the weakening of its bonding force, which in turn entailed abrupt leaps in the variation of peripheral forms and the disappearance of intermediate ones. (227-28)


No se especifica la razón de este empobrecimiento, pero la formulación deja claro que el proceso va de la idea al hecho: la extinción de la forma típica que lleva a la disgregación de la especie parece en principio un argumento biológico plausible (disgregación de la especie al cesar el flujo genético) pero observemos que es un resultado, y un resultado del proceso mismo de la especie, no de ninguna interacción apreciable con el medio. Esto ya tiene menos sentido. Sea como sea,

The conclusion of this process became evident when these extreme variations, which, so to speak, had dispersed away in every directon from the explosion of the species ring, began evolving their own cycles. Those that managed to endure became the centers of new ideas of species. (228)


Y así Nabokov/Godunov consigue a la vez nadar y guardar la ropa: criticar el darwinismo, enfatizando el poder atractivo, centrípeto, de la especie frente a la variedad, sin llegar a negar un principio darwinista fundamental de que hay una continuidad entre variedad y especie. Consciente de la importancia de esa fuerza centrípeta que cohesiona a las especies, y que en un medio estable puede de hecho mantenerlas sin evolucionar prácticamente durante millones de años, llama la atención Nabokov/G sobre el momento de transición, un cambio normativo podríamos decir, o una declaración de independencia, en el que una variedad deja de regirse por las leyes de la especie en la que se originó, y da lugar a una entidad "esférica" independiente, con un nuevo centro muy alejado del anterior centro de la especie. Es una cuestión, dice Fyodor, que las teorías evolucionistas contemporáneas (las de las primeras décadas del siglo XX) no contemplan.

Como imagen y analogía de esta especie de salto conceptual de la naturaleza, nos propone Nabokov/G el efecto mental producido en la percepción en los otros dos niveles (el conceptual-cultural y el individual) en que funciona el concepto de especie, cuando se produce una diferenciación. La naturaleza, a modo de un entomólogo refinado, pasa a señalar diferencias donde hasta entonces sólo había identidad, y esa diferencia percibida reordena retroactivamente el pasado:

The deeper we delve into the past, the less distinct appear the contours of the species concept, and the less noticeable is the interval of genesis. But if reason finds it hard to deal with this phenomenon, every curieux still knows that special hint of intuitive conviction inherent in its outcome, that certainty akin to revelation that we sharply experience as a leap, a turning point, when at the sight of two species of butterfly, one of which only yesterday had been reassigned to a separate species by a supremely keen-eyed entomologist, and, although during the 150 years since Linnaeus these two species had been regarded as one, now that the traits of arcane species differentiation have been unveiled by another's perspicacity, suddenly our eyes open wide, and how could one ever have overlooked those very traits that, with such elegant precision, now distinguish the two butterflies. (228)


El desfase retroactivo se debe, entiendo, a que la finura de la Naturaleza como entomólogo precede a la del entomólogo que reconoce las diferencias debidas a la especiación diferencial; por tanto siempre vamos, al parecer, a remolque, descubriendo diferencias que ya estaban allí para la naturaleza (como ya están, luego, para el entomólogo avanzado, mientras que el neófito, como Aristóteles, sólo distingue entre mariposas y polillas). Es importante, pues, ese desfase retroactivo en tanto que garantía de que vamos desvelando un plan existente y ya trazado—la propia reorientación de nuestra perspectiva, al descubrir diferencias donde no había sino identidad, se convierte, idealmente, en la mejor prueba de que existía en la naturaleza un plan oculto que vamos desvelando o aprendiendo a leer.

Claro que esta comunicación ideal, esta percepción del libro de la naturaleza, queda un tanto emborronada si se pierden de vista las especies y se confunden con variedades. De ahí parte de la irritación de Godunov-Cherdyntsev contra el darwinismo, y también contra la entomología moderna, que multiplica las entidades y ve muchas especies distintas donde la naturaleza o bien las subordina al centro de una única esfera o no ha establecido una especie bien definida. Pero los entes se multiplican sin sentido en las publicaciones académicas, mera palabrería.
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Los géneros los explica Nabokov de manera similar a las especies: como esferas de variación, pero esta vez delimitadas por las esferas independientes de las diversas especies que han surgido de un centro común; el centro puede todavía mantenerse, o bien puede haber desaparecido. Y, sucesivamente,

At the center of the whole system will be found the ideal cycles of genera, i.e., those that, in our time, are fully represented and hence have (temporarily) attained a perfect phase of development. (229)


Obsérvese el énfasis en la circularidad, la simetría y el orden, a la vez que existe la consciencia de la imperfección e irregularidad del árbol de la vida, con ramas enteras que desaparecen, comprometiendo la simetría del conjunto. Es una teoría que busca casi con desesperación el reconocer un orden y una dinámica intrínseca, "ideal rings", allá donde otros no vemos sino el resultado caótico de la interacción entre la morfología, la historia y el medio ambiente. Por ello no parecen en absoluto fiables los estudios de ratios de especiación y variabilidad que pretende usar Nabokov/G como medida para establecer la antigüedad relativa de los diversos órdenes de seres vivos, ni tampoco sus búsquedas de patrones numéricos, por no decir numerológicos, en la variación. La cladística funciona de otra manera, centrándose en caracteres únicos a cada clade, para establecer el orden de derivación—y cada una de las ramas puede haber resultado fortuitamente muy prolífica o poco, pero no por las razones intrínsecas que atraen irresistiblemente la atención de Nabokov/Godunov, sino por motivos ecológicos. No sorprende que sean los géneros y especies "satisfactoriamente" estructurados los que atraen la atención de este clasificador, mientras que los que no se atienen al sistema son considerados aberrantes, mal formados, o están en disolución—al margen de la vitalidad que demuestren los individuos. Como concluye Gould, al margen de la cuestión de las huellas de la ciencia en el arte de Nabokov, sí queda una huella de sus tendencias artísticas y deseos de orden formal en su aproximación a la ciencia—una huella que es causa de serio error científico. Y que compromete, podríamos añadir, incluso el amor a la precisión exactitud de la que se preciaba Nabokov, tanto en la ciencia como el arte. El deseo irrumpe y nubla la visión: nos hace ver un ojo donde no hay sino un dibujo en un ala de mariposa.

Nos queda, como comentario irónico y autocrítico de esta taxonomía idealista y guiada por el deseo (ni ficción, ni ciencia, ni ciencia-ficción) la valoración final de Fyodor sobre la obra de su padre:

"But the lapidary concision of the present schema probably gratified two senses highly developed in its author: that of proportion and that of humor." (233)


Es curioso cómo en este texto póstumo el autor rinde un homenaje póstumo también a la figura de su padre, V.D. Nabokov (asesinado en un atentado terrorista), proyectada en la figura de Godunov-Cherdyntsev padre, pero a la vez le atribuye características del propio V. N. Nabokov, fusionando así las dos personas en una creación imaginativa única que expresa de manera inigualable el sentimiento profundo de admiración y emulación hacia su padre. Algunos elementos de este sistema taxonómico-evolutivo tienen sentido; otros responden a una lógica idealista de la que el propio autor es consciente, otros están distorsionados por las convicciones trascendentalistas del autor. Queda parte de la ciencia (siempre queda sólo parte de la ciencia para la ciencia del futuro) y queda, eso sí, el homenaje. Quizá Godunov-Cherdyntsev no pudo acabar de desarrollar su sistema, nos dice Fyodor,

Pero naturalmente lo principal es que había tenido la intención, de haber podido hacerlo a su gusto, de dedicar un estudio separado a la cuestión que aquí se plantea, y a la vez creía que, si la precariedad de la vida humana, y la niebla que se asentaba en Rusia, y el peligro de una nueva expedición remota proyectada en un año tan poco propicio frustraban sus planes, una exposición lo más exacta posible de los principios de tal estudio les daría sin embargo a las mentes que por fin los comprendiesen una oportunidad de consumar el plan esbozado por el autor. Me gusta pensar que en esto no se equivocaba, y que con el tiempo aparecerán hombres que sean más avispados que Murchinson, más educados que yo, que tengan más talento y vitalidad que las terribles tortugas que dirigen las revistas científicas, y que el desarrollo de los pensamientos de mi padre, anotados a toda prisa con letra apresurada de testamento, durante la noche anterior a una partida dudosa, cuando la pistolera, los guantes y la brújula son intrusos momentáneos en la vida sedentaria del escritorio, y continuados aquí entre la neblina deslumbrante del amor filial, la fe, la inspiración y la indefensión mental, llegará a crearle un monumento digno de él, visible desde todos los rincones de las ciencias naturales. La amargura de una vida interrumpida no es nada comparada con la amargura de una obra interrumpida: la probabilidad de que la primera pueda continuar más allá de la tumba parece infinita cuando se compara con la inexorable falta de compleción de la otra. Allá, quizá, parezca no tener sentido, pero aquí continúa inacabada. (233-234)


Pocas veces ha quedado tan bien retratada la amargura de la pérdida y la angustia de lo que quedó sin expresar—aunque quizá, en última instancia, toda vida sea una vida interrumpida, y toda obra permanezca para siempre inacabada.

Darwinian logic... and history

 

Historias raras (Desencarrilamientos mentales)

La "narratología evolucionista", que es una de mis aficiones intelectuales, es algo que no está todavía terminado de inventar, aunque hay gente como Joseph Carroll que están en ello. Es el autor de Evolution and Literary Theory y de Literary Darwinism, y pueden leerse algunos de sus artículos recientes en su web.  Por ejemplo este artículo sobre "Estudios literarios y psicología evolucionista". Carroll es también uno de los coeditores de la recién fundada Evolutionary Review. A ésta revista le acabo de enviar una versión desarrollada de mi artículo sobre el anclaje narrativo en Hacia los confines del mundoésta es una novela impresionante de Harry Thompson, centrada en torno al capitán del Beagle y al impacto del darwinismo en la mentalidad del siglo XIX.

A quien guste la "narratología evolucionista" le tiene que gustar estudiar la teoría de la evolución, y a quien le gusten estas dos cosas le tienen que encantar forzosamente los magníficos ensayos de Stephen Jay Gould, el pensador evolucionista más atento a las cuestiones de la narratividad de la teoría evolucionista, y a las paradojas que aporta nuestra visión retrospectiva sobre el estudio del pasado. Evolucionismo y teoría de la retrospección—una combinación irresistible para mí. Por cierto, he remozado y actualizado mi colección de artículos sobre retrospección narrativa y teoría crítica, titulada Objects in the Rearview Mirror May Appear More Solid Than They Are: Retrospective-Retroactive Narrative Dynamics in Criticism. Allí especulo más sobre cuestiones como las falacias retrospectivas, el hindsight bias, los efectos de la relectura.... Cuestiones que últimamente se han puesto más de moda gracias a un libro magistral sobre el tema, El Cisne Negro, de Nassim Nicholas Taleb.

Gould se interesa no sólo por la ciencia, sino por la historia de la ciencia—y en su impresionante The Structure of Evolutionary Theory integra ambas visiones, la teórica y la histórico-teórica, en uno de los libros más monumentales de la historia de la ciencia—libro que merecería además figurar como un monumento póstumo a la máquina de escribir, artefacto del que salió.  Para Gould, la evolución no es sólo algo que "ha sucedido"—sino que es algo que "se representa", una historia en el doble sentido del término ("Historia 1": serie de acontecimientos y fenómenos del pasado; "Historia 2": Representación de esa serie en un discurso articulado u otro artefacto semiótico). Nuestras convenciones disciplinarias, nuestras estrategias comunicativas, nuestras tradiciones culturales, nuestras predisposiciones cognitivas, son elementos que nos llevan a escribir un tipo u otro de "Historia 2 de la Evolución" sean cuales sean nuestros conocimientos sobre la "Historia 1 de la Evolución". Más aún: la Historia-1 no está presente más que en sus huellas (pues el pasado no existe sino en el presente). Y siendo las diversas "Historia 2" un instrumento cognitivo (el instrumento cognitivo) que permite la re-presentación de lo que no está presente, quizá deberíamos hablar de "Historias 1.2" para referirnos no a "la" serie virtual de lo acontecido, la Historia 1 (que podemos concebir como una sola y quizá en última instancia incognoscible), sino a esa serie tal y como es representada en las "Historias 2".  Así, la "Historia evolucionaria 2" de Lamarck nos remite a su propia "Historia evolucionaria 1.2"—a unos acontecimientos y unos mecanismos explicativos para interpretar su conexión que es muy diferente de la "Historia evolucionaria 1.2" de Darwin, o de la "Historia evolucionaria 1.2" del propio Gould—por no hablar de fantasías y mitologías sobre el pasado como las que nos cuenta el creacionismo en sus diversas salsas.

esquilo

Voy derivando—en realidad sólo quería dejar nota de uno de los ensayos más narratológicos de Gould en uno de sus últimos libros,  I Have Landed. En el capítulo 3 escribe sobre "Jim Bowie’s Letter and Bill Buckner’s Legs"—analizando dos historias del acervo legendario norteamericano, para mostrar cómo nuestra mente tiende a encasillar y a encarrilar los acontecimientos y desarrollos argumentales de manera que se ajusten a expectativas y modelos familiares. Lo atípico y complejo se "domestica", se hace familiar y se le da una forma digamos culturalmente agradable o aceptable, o que se ajusta mejor a nuestras ideas recibidas y preconcepciones.

Gould es un narratólogo evolucionista, y como tal explica nuestras preferencias y tendencias narrativas apelando a un origen adaptativo de las mismas:

The vertebrate brain seems to operate as a device tuned to the recognition of patterns. When evolution grafted consciousness in human form upon this organ in a single species, the old inherent search for patterns developed into a propensity for organizing these patterns as stories, and then for explaining the surrounding world in therms of the narratives expressed in such tales. (55)


Hace poco me refería a un artículo sobre el origen de la creencia en espíritus publicado en Scientific American, que apela a principios psicoevolutivos muy parecidos:  Por qué la gente cree que hay agentes invisibles que controlan el mundo. Michael Shermer explica cómo la creencia en agentes invisibles (dioses, espíritus, demonios, fantasmas, etc.) es resultado colateral de dos tendencias cognitivas que presentaban ventajas a la hora de detectar presas o depredadores. La primera es la detección de patrones y regularidades en medio del ruido informativo; la segunda es la atribución de intencionalidad o agentividad como explicación de esos patrones. Somos lectores de mentes, a veces hiperlectores, y por eso proyectamos mentalidad e intención a donde no la hay, por ejemplo a la evolución del Universo. Según Shermer, somos supernaturalistas de nacimiento, o por tendencia arraigada. También en este post, "La fe como exaptación", aludía yo a la posibilidad de utilizar el concepto de exaptación desarrollado por Gould para explicar fenómenos como la creencia en seres sobrenaturales y en un orden intencional en la naturaleza.

Estas especulaciones evolucionistas combinan bien con el actual interés en explicaciones cognitivistas del funcionamiento de la narración. De hecho, gran parte de la antigua narratología estructuralista ha vuelto con un lenguaje actualizado bajo la forma de narratología cognitivista. En clase de comentario de texto utilizo un esquema (derivado de Dirk Delabastita 2004) para representar cómo los procesos cognitivos de nuestra mente organizan la interacción entre el texto que leemos y el mundo que nos rodea. Es básicamente como sigue (esquematizando el esquema):

 

 


Lo que obtenemos del texto:
EL MUNDO NARRADO (TEXTUAL)
(ambientes, acontecimientos, personajes, tiempo, espacio...)

------->
<-------
MECANISMOS COGNITIVOS:
nuestra manera de organizar el conocimiento y la comprensión—que son:

Lo que aportamos al texto:
COSAS QUE SABEMOS DEL MUNDO EXTRATEXTUAL
- Datos y creencias
- Procedimientos, situaciones familiares
- Valores y emociones adheridas a las cosas
interactúa con:  - Nuestro conocimiento del lenguaje: vocabulario, gramática...
- Nuestra tendencia mental a establecer relaciones causales
(por ejemplo, post hoc ergo propter hoc, la falacia narrativa o hindsight bias).
- Nuestra tendencia a organizar la realidad mediante oposiciones binarias:
arriba / abajo
Bueno / malo
- Nuestra tendencia a establecer analogías (p. ej. "arriba : bueno:: abajo: malo"
interactúa con:
EL TEXTO:
tiempo del relato, modos de caracterización, perspectivización, voz narrativa...
------->
<-------
REPRESENTACIONES Y DISCURSOS SOBRE EL MUNDO:
- Discursos literarios o no literarios
- Otros textos, imágenes...
- Géneros, convenciones de representación
- Discursos ideológicos, políticos, doctrinas morales...
- Metodologías de análisis crítico

 


La interacción entre texto y mundo mediada por esos "mecanismos cognitivos" (gramática, secuencialidad causal, metáfora, etc.) nos embarca en un proceso en el que por vías múltiples referimos el texto que leemos al mundo que representa y que hemos ido construyendo, el pequeño mundo creado en el texto—y ese lo referimos al mundo en general, al amplio mundo, tal como es representado y mediatizado por diversos discursos y modalidades de representación.  Cierto es que a veces es difícil separar el mundo narrado del texto en sí, o distinguir entre el mundo y las representaciones del mundo—tal es la circulación cognitiva entre unos y otros elementos del proceso de lectura.

Si este esquema se refiere a la lectura de textos narrativos, hay que recordar aquella frase de Derrida al efecto de que "no hay ’fuera del texto’" pues toda la realidad está mediatizada semióticamente en mayor o menor medida. Así pues, los procesos metafóricos o las falacias narrativizadoras no son sólo asunto de análisis literario: se dan igualmente en nuestra comprensión del mundo en que habitamos, y que a veces creemos un tanto ingenuamente que se nos ofrece en forma directa y no mediatizada por ninguna convención de representación.

Para Gould, interpretamos el mundo en términos de historias favoritas, y tenemos un repertorio limitado de procedimientos para construirlo. Así, por ejemplo, tendemos a la direccionalidad antes que a la desorganización sin rumbo fijo, y preferimos interpretar las secuencias en términos de motivación—atribuirles finalidad e intencionalidad, en lugar de suponer que puede no haber ningún sujeto tras ellas. Es decir, tendemos activamente a conectar los acontecimientos y a construir historias y argumentos con ellos. Esta es una tendencia que puede resultar cognitivamente ventajosa, aunque también puede que se vaya fuera de madre con cierta frecuencia, dando lugar a las falacias narrativas como el exceso de argumento, las secuencias causales imaginarias, el hindsight bias.  Algo parecido sucede con otros tipos de esquemas intepretativos que proyectamos o superponemos a los datos de la observación. Tendemos a ver orden donde hay asomo de orden—aunque éste sea casual. Parece ser cognitivamente rentable, en términos sociobiológicos. La observación del orden permite interpretar y relacionar, conocer el mundo y predecir (hasta cierto punto) lo que todavía no ha sucedido, sobre la base de analogías con lo que sucedió otras veces. Ahora bien, la búsqueda de patrones y esquemas repetidos puede llevar a ilusiones mentales: nos hace ver forma—es más, forma intencional— donde a veces no hay sino forma casual, o caos. La apofenia o la manía referencial descrita por Nabokov son modalidades de esta modalidad paranoica de la percepción.

Gould explica cómo conspiran entre sí nuestras predisposiciones mentales mentales a la proyección y al encarrilamiento, para dar lugar a propensiones mentales tendenciosas:

tales about nonconscious creatures or inanimate objects must also provide a surrogate for valor (or dishonorable intent for dystopian tales)—as in the virtue of evolutionary principles that dictate the increasing general complexity of life, or the lamentable inexorability of thermodynamics in guaranteeing the eventual burnout of the sun. In summary, and at the risk of oversimplification, we like to explain pattern in terms of directionality, and causation in terms of value. The two central and essential components of any narrative—pattern and cause—therefore fall under the biasing rubric of our mental preferences. (56)


Observa Gould una tendencia a reducir las historias complejas de la realidad a un puñado de historias canónicas, y preferentemente distorsionadas por esta tendencia a la direccionalidad, al exceso de intencionalidad, a la motivación. Siendo que tenemos estas tendencias narrativizadoras, Gould ve preocupante que las ciencias "históricas", las que utilizan representaciones narrativas, puedan verse distorsionadas por estas predisoposiciones.

The explanation of temporal sequences defines the primary task of a large subset among our scientific disciplines—the so-called ’historical sciences’ of geology, anthropology, evolutionary biology, cosmology, and many others. Thus, if the lure of ’canonical stories’ blights our general understanding of historical sequences, much of what we call ’science’ labors under a mighty impediment. (56)

En su teoría evolucionista, Gould ha criticado mucho a las interpretaciones antropocéntricas, explícitas o soterradas, que han llevado a los biólogos evolucionistas a interpretar el proceso como algo "guiado" en lugar de azaroso; o como un "progreso ascendente" hacia la vida, hacia la consciencia y la inteligencia... (un poquito como esas interpretaciones hegelianas de la historia, que la hacen culminar en el idealismo alemán...). Gould insiste alegremente en que todo es azar, y que si evidentemente lo complejo ha de proceder de lo simple por prioridad inevitable, en realidad lo complejo (la vida, la consciencia) viene a ser una probabilidad estadística, algo así como la marcha errática de un borracho que anda entre una pared y una zanja: normalmente va chocando con la pared, y desviándose más o menos de ella, pero cuando caiga a la zanja caerá de verdad y definitivamente. Bueno, es una imagen...  

Podemos encontrar comprensible que (en tanto que seres complejos) interpretemos el ascenso a nosotros mismos como un proceso direccional—¡e incluso que lo evaluemos con tintes positivos, si no estamos muy deprimidos ese día!  Gould es gran amigo de señalarnos a los escarabajos y a los microbios: son ellos los pobres de espíritu que heredarán la Tierra, pues son con mucho estadísticamente preferidos por el imaginario Dios.  Y bien, concedámosle a Gould el punto cuantitativo, pero en absoluto el cualitativo. Las teorías de la evolución elaboradas por los escarabajos son infinitamente menos interesantes que las elaboradas por Gould, aunque en algún punto concreto estas últimas den algún tumbo o traspiés. Vamos, que las preferencias cognitivas por la direccionalidad o por la complejidad intencional serán ocasionalmente tendenciosas o engañosas, pero nos vienen de lejos, por ser lo que somos—y en lo fundamental son beneficiosas. Por otra parte, si algo hay de cierto en las teorías de Lamarck de que los seres contribuyen a hacerse su propio destino—que el pájaro vuela porque quería volar—pues entonces más nos vale tomar como modelo a los inexistentes ángeles que a los existentes microbios. Con lo cual no quiero decir que la angelología sea para nosotros más ventajosa que la microbiología.

Así, en el cielo donde las estrellas se distribuyen al azar, vemos constelaciones—figuras imaginarias, que facilitaron en su momento el estudio astronómico, y que para las pseudociencias tienen entidad real. Pero el científico que ve constelaciones aprovecha para explicar (como aclara Gould) que sería precisamente la ausencia de agrupaciones ilusorias de estrellas—es decir, una distribución regular—lo que sería indicación de una intencionalidad o determinismo previo en el cielo. Es decir, más allá de meramente seguir nuestras tendencias cognitivas, y ver formas imaginarias, podemos reflexionar sobre cómo afectan a la percepción, y sobre su origen probable en nuestra historia evolutiva, y sobre la utilidad cultural que pueden tener esos objetos virtuales— y en ello estamos.

Podemos sin embargo estar de acuerdo con Gould en que los esquemas previos preconcebidos, y la tendencia a proyectar narraciones y coherencias, aun siendo un instrumento cognitivo necesario, pueden limitar nuestra capacidad de comprensión e imaginación, encasillando y encarrilando nuestras percepciones, llevándolas hacia caminos trillados, y haciéndonos ignorar aspectos potencialmente observables y explicables sólo porque no se ajustan a lo ya sabido:

the organizing power of canonical stories leads us to ignore important facts readily within our potential sight, and to twist or misread the information that we do manage to record. In other words, and to summarize my principal theme in a phrase, canonical stories predictably "drive" facts into definite and distorted pathways that validate the outlines and necessary components of these archetypal tales. We therefore fail to note important items in plain sight, while we misread other facts by forcing them into preset mental channels, even when we retain a buried memory of actual events. (57)


En suma, para Gould la tentación que suponen los esquemas narrativos canónicos, en los que encasillamos el mundo, es un gran obstáculo al conocimiento auténtico y crítico en todas las ciencias históricas, en todas las disciplinas en las que tenemos que representar el pasado y articularlo narrativamente.

Los ejemplos que analiza en este artículo (ejemplos caprichosos, muy al gusto de Gould) son dos episodios legendarios americanos:

1) la defensa hasta la muerte de El Álamo y la muerte heroica de Jim Bowie, el comandante tejano enfermo e impedido para guiar la defensa. Ese es el mito conocido: pero nos lleva a ignorar un aspecto del episodio "escondido a plena luz" en el museo de El Alamo, bajo la forma de una carta en la que Jim Bowie se dirigió al general mexicano Santa Anna, que dirigía el ataque, ofreciendo una salida negociada. Sólo que Bowie enfermó y no pudo negociar, y la defensa la dirigió (hasta la muerte) un oficial más bisoño.

2) Cómo un famoso golpe de mala suerte, una pelota de béisbol colándose entre las piernas de Bill Buckner, impidió que los Red Sox ganasen la World Series de 1986. Cierto, dice Gould: sólo que... eso no fue determinante, sólo un elemento más que impidió la clasificación del equipo. Pero la historia es más satisfactoria si obviamos el hecho y presuponemos que hubieran ganado la final si no por esa pelota que se coló—y así se recuerda el asunto.

El mundo es complejo y al parecer nos requiere urgentemente para que lo simplifiquemos imponiéndole alguna historia canónica. Esto es un obstáculo cognitivo cuando es importante conocer la complejidad como tal:

our preferences for tales about directionality (to explain patterns), generated by motivations of valor (to explain the causal basis of these patterns) have distorted our understandings of a complex reality where different kinds of patterns and different sources of order often predominate. (68)


Datos importantes, o hechos significativos, se vuelven invisibles si no se se adaptan a la historia canónica; los acontecimientos los distorsionamos para que encajen mejor y den argumentos más satisfactorios. Para Gould, estos errores se producen tanto en el estudio científico como en la historia. Así, en teoría evolutiva, al estudiar la diversidad de la vida tendemos a representar sesgadamente la diversidad de la vida y a privilegiar el desarrollo de la complejidad—cuando lo predominante, tanto antes como ahora, es lo no complejo. Lo hacemos por motivos antropocéntricos, aunque Gould admite de mala gana que la capacidad de reflexionar sobre estas cuestiones es una invención notable y propia de nuestra especie—¿quizá se nos pueda tolerar un poco de distorsión perspectivística en este sentido?

En lo que sí podemos estar de acuerdo con Gould es en investigar nuestras tendencias cognitivas, así como su origen evolutivo. Incluida, añadiría yo, una tendencia cognitiva reflexiva y no menos interesante que las otras: la tendencia cognitiva a corregir errores cognitivos. Gould no propone, finalmente, que desconfiemos de la narración como tal, pues es un instrumento cognitivo imprescindible para nosotros: sólo pide una narratología más compleja, menos centrada en nuestras tendencias más arraigadas a ponernos en el centro de todo, y más atenta a la diversidad:

If we must explain the surrounding world by telling stories—and I suspect that our brains do stick us in this particular rut—let us at least expand the range of our tales beyond the canonical to the quirky, for then we might might learn to appreciate more of the richness out there beyond our pale and usual ken, while still honoring our need to understand in human terms. (70)


Yo de mayor quiero contar historias tan raras como las de Gould.

 

Sobre la ’tiranía’ de la narración



Lo específicamente humano

Lo específicamente humano

Ayer leía en un artículo de Stephen Jay Gould (en I Have Landed) la idea de que lo específicamente humano, o al menos lo más propiamente humano, es... la humanidad, es decir, la descendencia común que nos identifica como humanos frente a otras especies—que también tienen sus propias percepciones, jerarquías sociales, sistemas comunicativos (y hasta dialectos) más o menos elaborados, o tradiciones culturales que se transmiten por aprendizaje y no por instinto—al menos en el caso de algunos animales superiores. Hasta capacidad de hacer herramientas simples, en el caso de los chimpancés, tan humanos ellos a veces, y sin embargo micos.

Linneo no era evolucionista, pero ya antes que Darwin situó al hombre entre los animales—entre los cuadrúpedos, para ser más exactos. Y señaló que en tanto que naturalista, no tenía argumentos para distinguir nada específicamente humano en el hombre. "De hecho", admitió, "por decir la verdad, en tanto que historiador de la naturaleza y según los principios de la ciencia, hasta ahora no he conseguido descubrir ningún carácter por el cual se pueda distinguir al hombre del simio". Más que la cuestión terminológica, dice, le preocupa el atenerse a los principios de su ciencia: "Si hubiera llamado al hombre 'simio', o viceversa, habría caído yo bajo todas las prohibiciones eclesiásticas. Es posible que, en tanto que naturalista, debiera haberlo hecho".

Otros dirán, claro, que esto es limitación de la ciencia de Linneo, más que de la inexistencia de diferencias. Ahora el naturalista estricto tiene el linaje evolutivo, como señala Gould, para distinguir a lo humano de lo no humano. Y claro que eso es cierto, pero es una especie de renuncia ad absurdum—cuando buscamos lo específicamente humano, no nos interesa tanto la biología como la etología y la semiótica; nos referimos no tanto a estructuras corporales como a capacidades que otras especies no tienen, y que reservan el mundo de comunicación humana a los homo sapiens, por mucho que otras especies tengan su "cultura" simple o su "lenguaje" simple. Y siguen siendo el lenguaje y la cultura—y la memoria cultural—lo que no tienen los animales.

Si bien lenguaje tienen en parte los animales, hay partes del lenguaje que no tienen—las que lo hacen propiamente lenguaje humano, y no lenguaje en sentido amplio o laxo. Para los chomskianos lo propiamente lingüístico del lenguaje es la sintaxis—un sistema computacional que es el núcleo de la facultad lingüística que caracteriza al cerebro humano. Hoy me leía un artículo al respecto de José Luis Mendívil (colega de la Universidad de Zaragoza), "La facultad del lenguaje y la diversidad de las lenguas: ¿una paradoja?". En el website de Ciencia Cognitiva. Allí expone la idea del "sistema computacional" sintáctico como el núcleo del lenguaje, rodeado por sistemas más periféricos que actúan como interfaz con los demás sistemas informacionales y comunicativos del sujeto—con los sistemas corporales orgánicos y con el sistema conceptual-memorístico. Esta periferia lingüística que rodea al núcleo sirve a su vez de interfaz para la interacción con los sistemas externos al individuo: el entorno ecológico, físico, social, cultural, histórico... según Mendívil, "Mi hipótesis central es que la variación lingüística estructural es consecuencia de que esos sistemas de interfaz entre la sintaxis y el resto de componentes de la FL se pueden configurar de diferentes maneras en cada lengua".

Y así no es una paradoja que haya una Gramática Universal y también diversidad de lenguas (equivalentes a especies para Mendívil) y de idiolectos (correspondientes a individuos biológicos). Cada lengua es un objeto histórico, que como las estructuras corporales arrastra consigo su historia; es un documento viviente de un proceso evolutivo. Esto lo formula Mendívil de un modo realmente un tanto maximalista:

"lenguas y especies son entidades de la misma naturaleza formal: agrupaciones de objetos naturales históricamente modificados"

—formulación que casi parece olvidar que los individuos biológicos son estructuras físicas, y las lenguas son procedimientos semióticos utilizados por esas estructuras físicas en su interacción...

Los pequeños cambios históricos, accidentales, etc., son comparados por Mendívil a "mutaciones" que se transmiten a la descendencia (supongo que, en buena lógica darwinista, si son "seleccionadas", o en buena lógica mendeliana, si son genes resistentes a la eliminación...). Con esta consideración darwinista-histórica de las lenguas, evita Mendívil el extremismo formalista chomskiano. Pero mucho queda de chomskianismo en esta concepción: pues si bien la lengua misma, por sus interfaces y su interacción histórica, es variable, el núcleo de la facultad lingüística es tan invariable como siempre:

"la sintaxis no es un hecho cultural anidado en las lenguas, sino que está naturalmente condicionada. Una sintaxis así es una propiedad de la especie, no estaría sujeta a adquisición y sería entonces insensible al cambio y a la variación en tiempo histórico."

—Y aquí es donde el evolucionismo de la teoría pierde su honesto nombre. Un fenómeno de esta naturaleza no puede surgir de la noche a la mañana "ya hecho": para una teoría evolucionista propiamente dicha, el núcleo sintáctico tiene que ser también variable, histórico, cambiante, producto de la evolución. Como todo lo animal y todo lo humano.

Volviendo a lo específicamente humano, dice Mendívil:

"Dentro de la FLA [Facultad del Lenguaje en sentido amplio] se representa con el círculo interior la Facultad del Lenguaje en sentido estricto (FLE), que sería -por hipótesis- lo único específicamente humano y específicamente lingüístico y que, según presupuestos minimalistas, incluiría únicamente un sistema computacional responsable de la sintaxis y la recursividad."

—pero esto también adolece de prejuicios chomskianos... ¿Son realmente la sintaxis y la recursividad lo único específicamente humano en el lenguaje? A mí sí que me parece buena lógica esto de que haya pocas cosas específicamente humanas, porque eso parece pedir la lógica evolucionista: que haya una base en común con otros seres vivos complejos, en especial con los más cercanos, y que lo específico "de la especie" por así redundarlo sea una especificación o complejificación a partir de materiales rudimentarios o potenciales que se den en otros seres. Tiene que haber las dos cosas, sí: el terreno común que permita el anclaje del lenguaje en la comunicación animal, y lo específicamente humano, que lo haga lenguaje.

Bien, pues no me parece suficiente ni la atención del modelo chomskiano a la "base común" con otras especies, ni la definición de lo específicamente humano. ¿Hay animales que hagan metáforas? Quizá Fauconnier o Johnson, cognitivistas de otro pelaje, hubieran colocado en el núcleo duro del lenguaje la capacidad de reciclar los signos y hacer analogías y fusiones entre ellos. Quizá haya animales que hablen de lo que tienen delante—probablemente esto es incluso probable, quiero decir demostrable, si no ya demostrado. Pero más difícilmente demostrable será que haya animales que hablen de lo que no tienen delante—es decir, y por simplificar, que cuenten historias. De los teorízadores de la narración (aquí hay uno) se podrá esperar que centren en la capacidad narrativa lo más específicamente humano del lenguaje humano, ya que hay pajaritos con sintaxis o pseudo-sintaxis... O que, por lo menos, que incluyan en un núcleo duro más difuso y más ampliado otras capacidades lingüísticas más allá de la celebrada sintaxis. Aunque admito obviamente que sí que hay sintaxis propiamente humana, y léxico propiamente humano, y morfología y fonética, claro, propiamente humanas. ¡Y complejidades culturales y tradiciones culturales propiamente humanas, como la Lingüística!

Posiblemente no todos los homo hayan sido humanos—tan humanos como nosotros. No sería de esperar en un proceso evolutivo. Según Adam Kuper (The Chosen Primate), el "Homo erectus fue probablemente la única especie homínida de la Tierra durante casi un millón de años", y mostró relativa estabilidad durante ese período tan largo. "El Homo erectus tenía una capacidad cerebral casi próxima a la moderna, pero al parecer muy poco la utilizaba para producir una cultura de tipo humano", con lo cual hay que esperar a formas posteriores para el desarrollo de una capacidad de comunicación, interacción y simbolización humanas. Posiblemente el homo erectus, si hablaba, no tenía mucha conversación, ni mucha capacidad de contar historias.

¿El único bípedo implume? No—los loros desplumados lo son. ¿El único animal que habla? No, pues hablan los implumes delfines, en delfinés. ¿El único animal con genética humana? Vale, pero eso es poco decir. El único animal que habla como nosotros, vale, pero también es un poco perogrullesco. ¿El único animal que miente, como decía Umberto Eco? Pues no; los chimpancés lo hacen de maravilla, y otros también. Aunque no pueden mentir sobre el pasado, como sí puede Tom Waits.

¿Será el hombre, más bien, el único animal que dio nombre a los animales—in the beginning— y construye oraciones? Bueno, posiblemente sea así. ¿O el único animal que hace metáforas y cuenta historias? Esto es más seguro todavía.


La evolución de las lenguas (las de carne y las otras)

Llevo un día darwiniano




I. Survival of the Fattest

Cada día luchando por la vida... Primero he presentado un recurso más defendiendo mi derecho a impartir postgrado, contra las maniobras de los Grupos de Investigación buscando Lebensraum y Anschluss —grupos que pretenden sorber los recursos y dejarme sin espacio académico, por no Unirme a Ellos para engordarles el currículum.


II. Haeckel-Raising

Luego, he estado en la Facultad de Ciencias en una conferencia del ciclo Darwin, impartida por Jordi Agustí, de la universidad Rovira i Virgili, sobre "Patrones evolutivos en la evolución humana"; y esta tarde igual me acerco a otra sobre la extinción masiva de finales del Cretácico. En la conferencia, Agustí ha observado una tendencia en paleonatropología a oscilar entre dos extremos: el de un árbol de homínidos complicado con múltiples especies y entrecruzamientos complejos (supongo que es el que ha venido dominando las últimas décadas, el que favorecería por ejemplo la línea de razonamiento de Gould), y un esquema más simple con una línea evolutiva más definida, que ahora parece que quiere ponerse de moda otra vez, y que en última instancia se remontaría supongo a los esquemas decimonónicos en forma de árbol en los que hay un tronco principal que asciende hacia la especie humana. Claro que sin muchas de las presuposiciones homocéntricas de esos esquemas que a veces son un tanto ombliguistas... pero supongo que incluso los que trazan un árbol complicado no escapan (no pueden escapar, siendo ellos los dibujantes del árbol) a esa tendencia a privilegiar entre todas las ramas y trayectos el que lleva directamente al homo sapiens, disimulado entre la hojarasca y el ramaje de los arbustos. Bien, pues Ernst Haeckel fue uno de los primeros autores de esos árboles genealógicos, y hoy nos podemos reír con demasiada alegría de él, viendo cómo dibujaba ese tronco ascendente hacia el Espíritu y la Razón y la Humanidad, etc.—pero básicamente seguimos en lo mismo. También nos podemos reír de los dos "eslabones perdidos" que inventó entre el mono y el hombre, el Pithecanthropus alalus y (agarraos bien) el Homo stupidus. Pero colocando las cosas en perspectiva, ¿qué serían los australopitecos más que la nueva versión de esos "hombres mono carentes de habla", y qué serían los primeros homo hoy en día, los antecessor, etc., sino el último de la clase? Así que menos risas con Haeckel, que a pesar de sus fallos y "creatividad", mucho hizo en su momento por avanzar el razonamiento sobre la evolución humana.

En alguna cosa he estado en ligero desacuerdo con el conferenciante, por ejemplo cuando dice que Darwin en realidad no explica el origen de las especies en su libro On the Origin of Species... Lo dice porque a su juicio Darwin no cree realmente en las especies—como unidad evolutiva con entidad propia: las considera simplemente una "variedad más" de las variedades, poblaciones... y su teoría sólo se basa en la competencia ecológica de los individuos. Yo disiento: Darwin sí que creía en las especies, cómo no, pues evidentemente reconocía la diferencia entre variedades y especies teniendo en cuenta el hecho de la imposibilidad de reproducción, que separa irremediablemente las ramas de los árboles evolutivos... Y es más, no es que no creyese en las especies en tanto que unidades evolutivas, lo que pasa es que también creía en las poblaciones y variedades en tanto que unidades evolutivas. Que no le diese suficiente peso a la dinámica de interacción de estos grupos entre sí... pues ahí ya podemos estar más de acuerdo, pero es que Darwin es mucho Darwin, y en su obra siempre se encuentra alguna aguda observación que muestra que también era consciente de estas dinámicas, por ejemplo cuando se crean especies por aislamiento.

Otra cuestión en la que disiento (aunque sobre esta no he podido preguntar) es cuando dice el conferenciante, mirando con un poquito de superioridad a las teorías decimonónicas sobre la recapitulación evolutiva, "que es falsa la teoría de que la ontogenia recapitula la filogenia—que hoy sabemos que en todo caso será al revés". La teoría de la recapitulación proviene básicamente de Haeckel, y es tradición zurrarle cruelmente a la vez que se la utiliza... Esto de que "en todo caso será al revés" no lo alcanza mi entendimiento: si la especie existe antes que el individuo, y su evolución ha sido previa a la de un individuo dado, por supuesto que es el desarrollo embriológico del individuo el que recapitula (dentro de ciertos límites) el desarrollo de la especie: y así seguimos creciendo como embriones en un medio acuoso, pasamos por fases larvales e incipientemente vertebradas, con branquias, con cola y proporciones cuadrúpedas, etc. Mal me parece que se pueda contradecir esto. Gould dedicó un libro entero en Ontogeny and Philogeny a criticar las malas aplicaciones de este principio, así que se le erizan las plumas del cuello en cuanto oye hablar de Haeckel. Escribe un ensayo ("Abscheulich! (Atrocious)") en I Have Landed, criticando las falsificaciones e invenciones de Haeckel. Pero en esencia me temo que en efecto la ontogenia recapitula en sus líneas generales a la filogenia, aunque sea en una formulación que prefiere Gould, la ley de von Baer (1828) según la cual las formas simples preceden a las complejas necesariamente—una teoría en efecto difícil de negar, bien evolutiva, bien emergentista, y que Gould explica así:

In a pre-evolutionary context, von Baer argued that development, as a universal pattern, must proceed by a process of differentiation from the general to the specific. Therefore, the most general features of all vertebrates will arise first in embryology, followed by a successive appearance of ever more specific characters of particular groups.
In other words, you can first thell that an embryo will become a vertebrate rather than an arthropod, then a mammal rather than a fish, then a carnivore rather than a rodent, and finally good old Rover rather than Ms. Tabby. Under von Baer's reading, a human embryo grows gill slits not because we evolved from an adult fish (Haeckel's recapitulatory explanation) but because all vertebrates begin their embryological lives with gills. Fish, as "primitive" vertebrates, depart least from this basic condition in their later development, whereas mammals, as most "advanced", lose their gills and grow lungs during their maximal embryological departure from the initial and most generalized vertebrate form. (I Have Landed 317-18).


Von Baer bien, pero ¿por qué Haeckel mal? ¿Por aplicar este principio a una evolución que von Baer no reconocía? La teoría de Haeckel, si bien errónea en el detalle, sí que es acertada en líneas generales, al igual que sus embriones recapitulan la evolución del phylum no punto por punto sino en líneas generales. Sería injusto negarle esta percepción, e incluso Gould acepta, con Darwin, que "community in embryonic structure reveals community of descent" (318). Esto ya es algo, pero Haeckel aún va más allá (demasiado más allá incluso) y sienta el principio básicamente correcto de que el desarrollo embrionario, yendo de lo simple a lo complejo, necesariamente guarda una cierta correlación formal con el desarrollo histórico de un philum dado—de sus formas adultas antecesoras, y no sólo de sus embriones.

Haeckel ha tenido mala prensa, y la filogénesis/ontogénesis también, por esta cuestión que tomo citada de su artículo en la Wikipedia:

Haeckel propugnaba también que las razas «primitivas» estaban en su infancia y precisaban la supervisión y protección de sociedades más maduras, de lo que extrapoló una nueva filosofía, que denominó monismo. Sus obras sirvieron de referente y justificación científica para el racismo, nacionalismo y socialdarwinismo y estuvieron en la base de las teorías racistas del nazismo.


Claro que en la práctica nuestras sociedades avanzadas presuponen algo parecido cuando "protegen" (más en teoría que en la práctica) a las culturas de negritos o indios brasileños de las intrusiones de la sociedad moderna, o cuando ejercemos la nostalgia de los intelectuales, apreciando los "productos típicos locales" y los bienes culturales tradicionales por encima de los que son producto de la globalización y de la sociedad postindustrial. (Esta actitud misma es un producto postindustrial).

Como Haeckel, básicamente, seguimos pensando que procedemos del Homo stupidus, que la ontogenia recapitula la filogenia, que las culturas inferiores son filogenéticamente similares a las formas primitivas de las sociedades modernas, y que el árbol de la evolución humana lleva directo hacia nosotros (visto desde aquí). No lo subestimemos tan rápidamente.


III. Darwinian Goldsmith

En clase de comentario de texto hemos comentado el cuento de Oliver Goldsmith "Asem, The Man-Hater", en el que mucho habría que comentar, e igual un día escribo un libro sobre este cuento, que lo merece... Pero en fin, por abreviar, señalaré algunos elementos pre-darwinianos que tiene, y que les he señalado a las chavalas. Estos elementos están en una tradición dieciochesca, como no podría ser menos, y se podrían relacionar con las teorías de la economía política desarrolladas por Adam Smith, y con su tesis sobre los beneficios de la competencia mutua.

Como es sabido, Darwin también se inspiró tanto en Malthus como en la "mano invisible" de Adam Smith para formular su teoría de la Selección Natural. En la Teodicea de Darwin, la muerte, la extinción y la lucha por la vida son necesarias para el proceso evolutivo, y para que surjan formas complejas. De manera paralela, Goldsmith dedica su cuento sobre un misántropo idealista a luchar contra la tesis de que el mal y el bien se puedan separar. El misántropo Asem querría un mundo perfecto, pero cuando el Genio se lo hace visitar, ve que no es ni siquiera un mundo humano, ése en el que no hay ni competencia, ni vicio... ni virtud, pues la virtud necesita del vicio para surgir y contrastarse. Así que Asem vuelve de su retiro en las montañas a la civilización, y se dedica al comercio, no a la caridad como hacía antes. Ahora prospera, y hace prosperar a la sociedad con él. Del interés propio del comercio (una lucha por la vida) surgen beneficios para la sociedad; surgen la cultura y la prosperidad, y la humanidad se diferencia de las sociedades animales (y las domina y explota) precisamente en competencia con ellas, y buscando su propio beneficio, no adoptando la postura benevolente y buenista de Asem hacia las otras criaturas y otros seres humanos. Una defensa muy dieciochesca de la vida en sociedad y del progreso, y del capitalismo liberal—nada sentimental-prerromántica. Un arranque victoriano, tuvo ese día Goldsmith.

Bien, pues todo esto que podría parecer bastante darwiniano, así en plan aire de familia, todavía se queda chiquito si comparamos un texto de Goldsmith y otro de Darwin sobre la lucha por la vida y sus beneficios ecológicos. En el primer texto, el genio explica a Asem cómo un equilibrio y tensión entre depredadores y presas es mejor desde el punto de vista "vital" que un ecosistema plácido y con menos competencia:

" Here," cried Asem, " I perceive animals of prey,
and others that seem only designed for their sub-
sistence ; it is the very same in the world over our
heads. But, had I been permitted to instruct our
Prophet, I would have removed this defect, and
formed no voracious or destructive animals, which
only prey on the other parts of the creation."
" Your tenderness for inferior animals is, I find, re-
markable," said the genius, smiling. " But, with re-
gard to meaner creatures, this world exactly resem-
bles the other ; and, indeed, for obvious reasons : for
the earth can support a more considerable number
of animals by their thus becoming food for each
other, than if they had lived entirely on her vegeta-
ble productions. So that animals of different na-
tures, thus formed, instead of lessening their multi-
tude, subsist in the greatest number possible. But
let us hasten on to the inhabited country before us,
and see what that offers for instruction."
(de The Life of Oliver Goldmith, with Selections from His Writings).


Compárese con las ideas del Origen de las Especies, en especial con la imagen darwiniana del proceso de la vida como un "entangled bank" en el que la variedad y perfección de especies se debe a su coexistencia compleja, en la que subyace una competición a muerte, una lucha incesante por la vida y por la reproducción ventajosa. Así termina Darwin su libro:

It is interesting to contemplate an entangled bank, clothed with many plants of many kinds, with birds singing on the bushes, with various insects flitting about, and with worms crawling through the damp earth, and to reflect that these elaborately constructed forms, so different from each other, and dependent on each other in so complex a manner, have all been produced by laws acting around us. These laws, taken in the largest sense, being Growth with Reproduction; inheritance which is almost implied by reproduction; Variability from the indirect and direct action of the external conditions of life, and from use and disuse; a Ratio of Increase so high as to lead to a Struggle for Life, and as a consequence to Natural Selection, entailing Divergence of Character and the Extinction of less-improved forms. Thus, from the war of nature, from famine and death, the most exalted object which we are capable of conceiving, namely, the production of the higher animals, directly follows. There is grandeur in this view of life, with its several powers, having been originally breathed into a few forms or into one; and that, whilst this planet has gone cycling on according to the fixed law of gravity, from so simple a beginning endless forms most beautiful and most wonderful have been, and are being, evolved. (On the Origin of Species, 1859, conclusión)


En varios otros puntos de su libro, Darwin enfatiza esta observación: que una misma superficie de terrreno es capaz de sostener mayor volumen de vida si se mantienen en ella diversas especies en interacción que si es una sola especie vegetal la que se siembra allí. Y de ahí llega por pasos a su teoría de que es de la lucha a vida o muerte de fondo, de donde salen todas las bondades y virtudes y excelencias que apreciamos en nuestro mundo humano.

Darwin tampoco inventó todo el darwinismo él sólo—descansaba sobre hombros si no siempre de gigantes, sí quizá de señores bajitos y regordetes, feúchos y generalmente despreciados como escritorzuelos demodés, tal que Goldsmith—que el día que escribió "Asem" también tuvo un día darwiniano.

Darwinian logic... and history



Grandiosa secuencia de acontecimientos

 

Este es un artículo sobre narratología evolucionista, en el que releo y comento textos de Darwin de El origen de las especies y de El origen del hombre y la selección en relación al sexo.

Ayer vimos con los niños La Odisea de la Especie, un documental que le da un repaso a las especies ancestrales y sus homínidos vecinos, desde el Orrorin hasta el Homo sapiens, pasando por los australopitecos, los Homo habilis, Homo ergaster, Homo erectus y neanderthales. Lo siguieron los pequeños sin respirar, "una película que ha durado millones de años", decía Oscar, a medida que se extendían los homos desde Africa por todo el mundo; y lo cierto es que es un estudio de la Historia se entendería y contextualizaría mucho mejor en el seno de un estudio de toda la evolución de la humanidad.

Un aspecto curioso del documental es cómo no hace el menor intento de explicar cómo pudieron surgir las diversas especies que retrata. Simplemente damos un salto de miles de años, y allí han aparecido humanos más humanos, más parecidos a nosotros. Se pone un cierto énfasis en la transmisión cultural como agente del desarrollo, pero no aparece ni la menor explicación de cómo pueden haber surgido las diferencias físicas y de capacidad cognitiva entre las especies recientes de humanos y los anteriores. Nada sobre las causas o funcionamiento de la evolución, en suma.

Para eso está Darwin, claro. Del Origen de las Especies me ha gustado especialmente la manera en que desconstruye la noción de especie. La idea de especie es en realidad de raíz creacionista: en el relato del Génesis, Dios crea a las especies (falsedad nº 1) y éstas son entidades bien definidas, prístinas, inconfundibles entre sí (falsedad nº 2). Lo que viene a demostrar Darwin es que 1) todos los individuos difieren, 2) que las diferencias pueden dar lugar a variedades locales, grupos identificables de seres de una especie, y 3) que no hay diferencia radical, sino gradual, entre variedades y especies.

Las variedades son posibles especies en curso de diferenciación, o lo serían si no fuese porque normalmente una variedad se desarrolla de tal manera que elimina a las demás. Y así se van transformando las poblaciones de seres vivos, y así van surgiendo especies diferentes. La curiosa distribución de las especies y variedades, con grupos incluidos en clases, cajas dentro de cajas, con parientes más próximos y más lejanos, sólo puede explicarse mediante este éxito desigual de algunas variedades frente a otras. Es mediante la extinción de casi todas las variedades y líneas de desarrollo como las especies acaban siendo "tolerably well-defined objects" (139). Para Darwin es la selección natural el primer responsable del éxito de unas variedades frente a otras—aunque igual habría que añadir otros agentes como el azar y las extinciones masivas (pues para Darwin, si bien hay mucha extinción, las extinciones se deben a la competencia entre especies y variedades, no a catástrofes súbitas e incalculables).

Sea como sea, quizá el aspecto más llamativo de la teoría de Darwin sea su corolario de que muy pocos seres llegan a dejar descendencia a muy largo plazo: la inmensa mayoría de las líneas de evolución —la práctica totalidad, vamos— se extinguen. Esto puede parecer sorprendente, pero queda muy claro en su gráfico en forma de árbol de la sección "Divergence of Character" (del capítulo IV, "Natural Selection"). Establece Darwin "una tendencia constante en los descendientes mejorados de cualquier especie dada a suplantar y a exterminar en cada fase de la descendencia a sus predecesores y a su especie madre original" (130). De ahí la escasez relativa de "transiciones" y formas intermedias. Según la explica Darwin, la competencia por los recursos puede ser intensa entre diversas especies, pero es especialmente intensa entre las especies cercanas, y sobre todo entre individuos de la misma especie. Otra cuestión a tener en cuenta es que son grupos muy pequeños, o muy pocos individuos, los que son activamente seleccionados por la selección natural.

Si aplicamos esta teoría a la Odisea de la Especie, se discierne un panorama según el cual las variaciones "humanizantes" en los homínidos han supueso una ventaja evolutiva y competitiva, y han sido seleccionadas de modo natural. Esto ha conllevado una secuencia de selecciones graduales, en las que los grupos y formas humanas más competitivas han prosperado; las diferencias surgidas en el seno de un pequeño grupo han permitido su supervivencia, mientras que otros se extinguían, sobre todo al proliferar los descendientes de ese pequeño grupo. Así se ha arrinconado o barrido a australopitecos, Homines erecti, o neandertales. La especie descendiente, quizá sólo una variedad al principio, ha prosperado, extendido su cultura o su población, y ha acabado con los humanos antiguos—un poco de la misma manera en que actualmente compiten las culturas humanas entre sí, con cierta hibridación, pero también con abundante exterminación de formas culturales "atrasadas" a medida que las más nuevas, y más competitivas, se extienden. La globalización no es sino la aplicación estricta de los principios que siempre han regido la evolución. Lo mismo podríamos decir de la historia, vida y muerte de las lenguas—al final son unas pocas familias de lenguas las que prosperan y no sólo sustituyen a sus variedades antiguas, sino también a muchas otras menos directamente emparentadas, que no pueden sostener la competencia. En estas evoluciones humanas, ya sean lingüísticas, culturales o genéticas, hay mucho que es el producto de la cohesión social—es la sociedad más organizada, más industrialmente avanzada y más poderosa comunicativamente la que desplaza a las demás.

Muy pocas especies, y muy pocos individuos de esas especies, transmitirán descendientes a lo largo de miles de generaciones. La mayoría de los linajes divergen en variedades que van a la extinción. Darwin es modesto en su diagrama: no lo traza desde el origen de la vida, sino que nos muestra un mapa de especies original, y (varios miles de generaciones después) el mapa muy distinto, y las relaciones de parentesco muy distintas, a las que ha dado lugar. Pero la misma historia se volverá a repetir: es el proceso habitual de la evolución, dada la formación de especies a partir del juego de las variedades y de la extinción.

Si tenemos "en origen" las especies A, B, C, D, E, F, G, y cada una da lugar a variedades a1, a2, a3, b1, b2, b3, etc., que luego siguen bifurcándose y subdividiéndose, unos millones de años después quizá sólo tengamos descendientes de A y de G, y el mapa sea algo así como a1/1/1, a1/2/3, a/5/3, y g/8/2. Son los grupos más grandes y más distribuidos los que más variedades producen, y los que tienen más posibilidades de dejar decendencia. Podemos extrapolar de este proceso e imaginar lo que será el futuro—será, a vista de pájaro, algo así como el pasado:

"Looking still more remotely to the future, we can predict that , owing to the continued and steady increase of the larger groups, a multitude of smaller groups will become utterly extinct, and leave no modified descendants; and consequently that of the species living at any one period, extremely few will transmit descendants to a remote futurity" (133)


Nosotros somos los últimos humanos, supervivientes de una rama antes más poblada de variedades. ¿Somos candidatos a la extinción, como "grupo pequeño", a pesar de lo que abundamos? Tal parece. El futuro corresponderá, según este plan, como siempre a las bacterias, y entre los animales más bien a grupos numerosos como los coleópteros—las famosas cucarachas que nos han de suceder, según algunos pesimistas autores de ciencia-ficción.

Otra extrapolación permite este diagrama, una extrapolación al pasado:

"I should infer from analogy that probably all the organic beings which have ever lived on this earth have descended from one primordial form, into which life was first breathed" (171).


Observemos el lenguaje "creacionista" que gusta de usar Darwin a veces, quizá por respeto a la ortodoxia, quizá porque no tiene una teoría científica sobre el origen de la vida. Nos dice así que el primer ser vivo fue "creado" (173); para más datos, que se le insufló vida ("life was first breathed") a una forma primordial de la cual descienden probablemente todos los seres vivos. En otra sección, hablando de órganos de extremada perfección, en el cap. VI, volvemos a encontrar al Darwin creacionista, arguyendo "Have we any right to assume that the Creator works by intellectual powers like those of man?" o de las obras del Creador que son muy superiores a las del hombre. O de las "leyes imprimidas en la materia por el Creador" (174). Es de notar que al margen de este lenguaje, Darwin, en su madurez, se consideraba a sí mismo agnóstico, más bien que ateo, y que siempre fue muy cauto en no formular sus ideas religiosas de modo ofensivo.

Admitiendo lo que puedan tener de retórica estas alusiones al Creador, quedan sin embargo como una inconsecuencia en la obra de Darwin, pues no se puede evitar desde el momento en que mencionamos a un Creador el atribuirle intenciones, precisamente de la manera antropomórfica que Darwin dice que quiere cuestionar, y que es incompatible con su teoría. Otro punto en el que parece patinar es cuando afirma que "as natural selection works solely by and for the good of each being, all corporeal and mental endowments will tend to progress towards perfection" (174). Aquí es contradictorio también, en la medida en que la selección natural selecciona a los supervivientes más adaptados al medio, no a los más perfectos según una noción un tanto metafísica o antropomófica que se le cuela a Darwin en la definición. En el futuro, las cucarachas estarán más adaptadas a determinados ambientes asquerosos.

Darwin presenta su teoría como algo que va a encontrar resistencia, aunque confía en que los jóvenes investigadores no se vean tan atenazados por los prejuicios e ideas preconcebidas, y pronostica que en el futuro parecerá increíble que naturalistas que conocen la morfología y distribución de las especies puedan haber creído en una creación separada de las especies, y dudado de la evolución (The Descent of Man, cap. 1). Dadas las "pistas" detectables en la estructura de los seres vivos, Darwin ve cualquier otra interpretación de los hechos como absurda—habría que suponer que Dios ha llenado de pistas falsas la naturaleza sólo para burlarse de nuestro intelecto, una hipótesis repugnante e inconcebible. El sistema natural ha de ser un sistema no meramente analógico, sino genealógico: el árbol de proximidad estructural de los seres vivos ha de entenderse como un árbol ligado por la descendencia común. (Y, por tanto, como un gran proceso, sólo cognoscible mediante una gran narración).

Otro pronóstico que hace Darwin, de algo apenas tocado en su libro, es el desarrollo de una teoría más completa de la evolución que incluya la evolución de la mente, algo apenas tratado en su libro y en su teoría: "Psychology will be based on a new foundation, that of the necessary acquirement of each mental power and capacity by gradation. Light will be thrown on the origin of man and his history" (173)—aunque también podríamos decir que éste es el plan de una psicología y teoría de la cultura evolucionista que ya había empezado a desarrollar Giambattista Vico en el siglo XVIII, sin esperar a Darwin ni al evolucionismo biológico.

Aún una conclusión interesante más nos guarda el final del Origen de las Especies—a saber, que las especies no existen. No existen como formas Platónicas, como Ideas divinas, y a eso ha ido el razonamiento de Darwin. Existen hasta cierto punto como hechos caóticos y contingentes, resultado impredecible de la historia y de la selección natural—y existen, en última instancia, como instrumento cognitivo, ideas después de todo, aunque ideas humanas.

"In short, we shall have to treat species in the same manner as those naturalists treat genera, who admit that genera are merely artificial combinations made for convenience. This may not be a cheering prospect; but we shall at least be freed from the vain search of the undiscovered and undiscoverable essence of the term species." (172)


Y es que, como observa en otro lado, según cuál sea el contexto de investigación y de clasificación, un negro y un blanco (pongamos un pigmeo y una sueca) podrían ser considerados especies distintas, o podrían serlo dos razas de perros, para un naturalista que no supiese nada de sus hábitos o de su capacidad de reproducción. Hay que señalar que el término "especie" significa algo muy distinto para un paleontólogo ("fósiles morfológicamente diferentes") que para un biólogo ("seres capaces de reproducirse entre sí"). Y como bien muestra Darwin, poblaciones aisladas pueden derivar en especies diferentes: quizá ya lo son, si de hecho no se reproducen entre sí, o lo hacen en una medida despreciable, aunque en potencia pudieran hacerlo. Todo depende cómo entendamos este término tan vago, "especie". En la medida en que están diferenciadas las especies, se debe a la lucha por la vida y a esa dinámica evolutiva que lleva a una variedad dominante a favorecer la extinción de sus parientes más próximos... una verdad incómoda, quizá.

A dos temas aparentemente diversos dedica Darwin su otro gran libro The Descent of Man (1871)—al origen del hombre, y a la selección sexual. La combinación puede extrañar, aunque tiene su lógica.

No sólo describe cómo el hombre desciende del mono, sino también del gusano (226). No se remonta tampoco más allá ni intenta formular ninguna teoría sobre el origen de la vida: sólo sobre sus transformaciones, y sobre cómo formas complejas pueden provenir de formas simples mediante la acción de la selección natural. (Y de la selección sexual, de la cual ya hablaba en El Origen de las Especies). Incluso en el campo de las "capacidades espirituales" muestra Darwin cómo "the mental faculties of man and the lower animals do not differ in kind, although immensely in degree" (223).

Y así encontramos argumentos para mostrar el parentesco del hombre con los animales—argumentos anatómicos, embriológicos, de comportamiento, comparación morfológica con los primates y otros seres… Es curioso cómo se fija Darwin hasta en detalles como el bultito que hay en el pabellón de la oreja, en la parte interna vuelta hacia adelante, un vestigio de antiguas orejas puntiagudas. Y se fija en otros muchos órganos vestigiales, desde el lanugo hasta el cóccix—entre los cuales tendrán un lugar aparte en su teoría los vestigios de un sexo que se encuentran en la anatomía del otro. (Antes que acudir a un estado ambisexual indiferenciado en seres primigenios, aquí especula Darwin que los órganos adquiridos por un sexo son transmitidos de manera imperfecta al otro).

En esta obra más tardía, The Descent of Man, Darwin hace un poquito de autocrítica y admite que quizá haya dado demasiado peso a la selección natural y de la adaptación al medio como agente de la evolución y haya descuidado el papel de otros factores, sobre todo estructurales, como son la existencia de estructuras que no son ni beneficiosas ni perjudiciales, y que no se deben a la selección natural, sino quizá a consecuencias estructurales de otros cambios—ni previstas ni buscadas por la selección natural.

Un par de frases provocativas de Darwin. En El origen de las especies evita tratar la cuestión del origen del hombre, a no ser por implicación. E incluso en The Descent of Man es con frecuencia ambiguo al respecto, como correspondía por otra parte a una época en la que estaban perdidos todos los eslabones. Habla en estos términos vagos de antepasados humanos arborícolas, o con cola prensil, o con branquias, etc., y hasta dice que nuestros antepasados remoto se parecerían en estructura a un gusano. Pero en el momento clave, en la frase en cuestión, la del mono, se le va un poco la mano:

"The Simiadae then branched off into two great stems, the New World and the Old World monkeys; and from the latter, at a remote period, Man, the wonder and glory of the Universe, proceeded" (cap. VI, conclusión, 229)


La frase recuerda a un fragmento clave de Hamlet (o de Hair: "what a piece of work is man") o quizá también al Essay on Man de Pope, donde el hombre es "the glory, jest, and riddle of the world". Y se detecta en la frase como cierto retintín irónico, una recriminación a las pretensiones del hombre, ese presuntuoso que no reconoce que viene del polvo, por mucho que lo diga la Biblia y lo demuestren los polvos cotidianos. (Dice Darwin que no debería ser causa de escándalo el origen animal de la especie, no más de lo que lo es el origen de cada individuo en una sexualidad biológicamente animal—p. 241).

En los últimos párrafos de su libro, aun sin hablar de obispos como Wilberforce ni otros primates of the church, afirma Darwin que no se avergonzaría de descender de un viejo babuino valiente que defendió a un congénere—que eso no es más indigno descender de bárbaros crueles y supersticiosos, como ciertamente sabemos que descendemos y admitimos todos. La última frase del libro también nos recuerda que con todas nuestras pretensiones de elevación, saber y benevolencia, "Man still bears in his bodily frame the indelible stamp of his lowly origin" (254).

El hombre es la quintaesencia del polvo, decía Hamlet sin hacer chistes, y sin salirse de la ortodoxia bíblica. La teoría de Darwin es más atea, o llámesela agnóstica si se quiere, pero también tiene un último resabio de teodicea—algo le queda en común con el Essay on Man o con la Natural Theology de Paley. Una teodicea sin Dios, si tal cosa es posible. La teodicea es ese género que pretende, como Milton en su Paraíso perdido, justificar los designios de Dios ante los hombres, y sobre todo justificar la existencia de imperfecciones en el plan divino del Universo, explicando por qué existe la muerte, por qué Dios tolera el mal y el sufrimiento, etc. Darwin, como digo, a su manera también entra en esta justificación: la crueldad de la existencia es necesaria porque de ella sale la excelencia. La complejidad de las formas vivas, su variedad, y la grandeza relativa del hombre ("the wonder and glory of the Universe") son posibles precisamente por esa competencia y lucha a muerte: lo humano está edificado sobre lo animal, hasta sus últimas consecuencias. No es posible sin esa base levantar tan bello edificio. Con esta reflexión termina el Origen de las Especies:

"Thus, from the war of nature, from famine and death, the most exalted object which we are capable of conceiving, namely, the production of the higher animals, directly follows. There is grandeur in this view of life, with its several powers, having been originally breathed into a few forms or into one; and that, whilst this planet has gone cycling on according to the fixed law of gravity, from so simple a beginning endless forms most beautiful and most wonderful have been, and are being, evolved." (174, énfasis mío).


Vemos otra vez el bíblico "aliento" divino aquí, aunque Dios se retira fuera de la naturaleza y deja que las formas evolucionen sin su intervención ni (quizá) su voluntad. Eso suponiendo que exista, pues se ha vuelto bastante más innecesario después de Darwin. Según Harry Thompson, Darwin, viejo antropoide descreído, suplanta a Dios dejándose una larga barba blanca. Aunque veremos que otras interpretaciones hay de la barba de Darwin: que es sexualmente atractiva y un bello atributo varonil.

Darwin no es sólo réprobo al dudar de la creación y la providencia divina: también es machista. Eso sí, con argumentos biológicos: se limita a constatar. No es políticamente correcto The Descent of Man, que nos dice que si bien las mujeres son más atractivas, el varón es más creativo, fuerte, valeroso, agresivo, dinámico e inteligente: superior a la mujer tanto en cuerpo como en mente. Hablando claro:

"Si se hicieran dos listas de los hombres y mujeres más eminentes en la poesía, la pintura, la escultura, la música (incluyendo tanto composición como ejecución), la historia, la ciencia y la filosofía, con media docena de nombres bajo cada materia, las dos listas no soportarían comparación" (235)


—y que, en fin, por término medio la mentalidad del varón está por encima de la de la hembra. Además el varón es dominante sobre la hembra en su comportamiento, y observa Darwin que "en estado salvaje, la mantiene en un estado de esclavitud mucho más abyecto que el que aplica el macho de ningún otro animal" (242). En fin, nos queda el consuelo de que quizá el hombre está rehaciendo estas bases biológicas mediante la evolución cultural. Se felicita Darwin de que entre los mamíferos predomine la ley de transmisión equitativa de caracteres a los dos sexos y no el dimorfismo pronunciado, "pues de lo contrario es probable que el hombre se hubiera vuelto tan superior en dotes mentales a la mujer, como el pavo real lo es en plumaje a su hembra" (235-36).Darwin

La selección sexual no sólo produce el dimorfismo existente entre los sexos, sino también, según Darwin, entre las razas humanas. Cada grupo humano desarrolla ciertos rasgos físicos como más deseables, y éstos se refuerzan mediante la selección sexual, llevando al desarrollo de variedades. Vemos por qué en la teoría de Darwin teoría es importante la selección sexual y va asociada de modo prominente al origen de los seres humanos—aunque por supuesto no la restringe a esta especie, y cuida de admitir que en muchos casos los efectos de la selección sexual y los de la selección natural convergen, o se mezclan, y no tiene sentido distinguir entre una y otra en según qué cuestiones. Sobre las razas, sin embargo,

"For my own part I conclude that of all the causes which have led to the differences in external appearance between the races of man, and to a certain extent between man and the lower animals, sexual selection has been the most efficient" (243).


Humanizados (y diversificados) por la selección sexual. Hay que pensar que algo hay en el comportamiento humano (quizá la componente cultural de creación y transmisión de modelos de belleza o idealidad) para que adquiera tanta importancia relativa la selección sexual precisamente en esta especie. Aunque no es una cuestión en la que entre Darwin en gran detalle. Quizá convendría ampliar el planteamiento, y enfatizar en el caso de los humanos no la selección sexual en exclusiva, sino el papel de la ideología en cuanto agente de la evolución y de la humanización. Promoviendo los caracteres y físicos socialmente deseables, y llevando gradualmente a la desaparición de los indeseables (o indeseados).

También formula Darwin junto con su teoría de la selección sexual una curiosa teoría sobre el origen musical del lenguaje, asociado a rituales de cortejo, al menos en cuanto a la capacidad de vocalizar. (Más sobre la teoría del lenguaje de Darwin en The Descent of Man hablamos en este otro post).

Me centraré un poquito más en detalle en el último capítulo de The Descent of Man, "XXI, General Summary and Conclusion".

Defiende Darwin su aplicación de la teoría de la selección para explicar los orígenes del hombre, arguyendo que aunque fuese errónea contribuiría a esclarecer la verdad, pues si bien los datos falsos crean error, las opiniones falsas sirven de acicate para debatir, presentar teorías alternativas que corrijan los fallos, y despejar el camino a la verdad. No deja de recordar a la noción de Popper de la falsación de las teorías científicas. De hecho Darwin resaltó en su propia metodología la importancia de las hipótesis y teorías en la investigación, que proporcionan una orientación muy superior a la mera cosecha de datos. Una teoría organiza en torno suyo al panorama, y resultará falsa o no, pero permite organizar los hechos y orientar la actividad del investigador. Así, resalta Darwin la manera en que la teoría de la evolución se impone como una necesidad para quien quiera percibir los hechos de la biología como conectados entre sí—sin esta teoría nada tiene sentido en ciencias naturales:

"Quien no se contente con contemplar los fenómenos de la naturaleza desconectados entre sí, a la manera de un salvaje, no puede creer ya que el hombre es obra de un acto de creación separado" (244).


La lucha por la vida y la reproducción, y la selección que imponen, llevan a que las pequeñas variaciones entre individuos acaben dando lugar a razas, especies y géneros distintos de seres; nada hay en el hombre que no pueda explicarse a partir de la evolución de fenómenos más simples presentes en el resto de los seres vivos.

Al faltarle a Darwin una teoría genética, queda coja su teoría sobre el origen y transmisión de las variaciones. Se agarra en este punto a lo que puede, incluída la teoría lamarckista de la herencia de caracteres adquiridos mediante el uso y el desuso: "We may feel assured that the inherited effects of the long continued use or disuse of parts will have done much in the same direction with natural selection" (245). Pero también señala una vía posible para el estudio de las variaciones y modificaciones, en especial mediante el estudio de las monstruosidades (es la vía que seguía el libro de morfología y genética que reseñé en este post, "Todos mutantes").

Hemos visto que Darwin es machista, o que sostiene que la naturaleza es machista. Pues bien, además de machista, Darwin es racista, en el sentido de que cree no sólo en las razas sino en diferencias inherentes a ellas, diferencias no sólo físicas sino de tendencias y capacidades mentales. En esto es muy siglo XIX—y ya veremos qué nos dice el siglo XXI al respecto, una vez remita la ola de corrección política. La tesis dominante hoy en día es que las razas no existen y que todas las poblaciones o variedades étnicas de seres humanos tienen las mismas capacidades. Aunque es una tesis ciertamente extremista, y los orientales destaquen en matemáticas, y los judíos en las cuestiones simbólicas y textuales, todo los datos que la contradicen se tienden a silenciar hoy en día. Una cuestión sí se atreve Darwin a postular: que las razas no se han "humanizado" separadamente, sino que todas derivan de un mismo antecesor que ya era "probablemente" de categoría humana.

La tesis de la Eva primigenia no parece atraer a Darwin—que nos dice que no hay que suponer una pareja original, sino una población con múltiples cruces gradualmente humanizada. Esto tiene plausibilidad teórica, claro, pero recordemos también que según la propia teoría de Darwin muy pocas variedades transmiten descendientes a la posteridad remota, puesto que la mayoría se extinguen. O sea, que en realidad la tesis de que descendemos todos de una pequeña o pequeñísima población no es en absoluto incompatible con el darwinismo de Darwin, aunque sí con este pronunciamiento en concreto (que quizá vaya más contra el dogma judeocristiano que a favor de su propia teoría).

La evolución de las facultades mentales sigue los mismos pasos que las variaciones físicas para Darwin: la distancia entre el hombre y los animales es de grado, pues éstos difieren enormemente entre sí pero hay una escala de transición entre lo simple y lo complejo. Las facultades intelectuales son primordiales en la competencia y la lucha por la vida, y sin duda (nos dice) han sido de importancia primordial para el hombre desde el origen, convirtiéndolo en la especie dominante.

Observa Darwin el interesante desarrollo de las cualidades morales, ligadas al instinto social (incluyendo los lazos familiares). Los animales se ayudan o protegen mutuamente en el seno no de su especie, sino de su grupo social. (De hecho lo mismo hacen los humanos, aunque Darwin no lo diga. Sí existe una idea más o menos vaga de la humanidad como comunidad universal, eso es innegable, pero esta comunidad imaginaria es débil—suele ceder rápidamente ante los intereses egoístas o los del grupo más cercano, y de ahí virtudes como el apego a la familia, el espíritu de grupo, o el patriotismo, y también defectos como las guerras, crímenes, injusticias, xenofobias y genocidios).

El sentido moral lo define Darwin como "la capacidad de reflexionar sobre las propias acciones pasadas y sus motivos, de aprobar algunas y desaprobar otras"—al margen de las importantes consideraciones de cohesión y aprobación mutua social, lo que es propiamente humano en la moralidad es la elevada actividad mental, con capacidad de tener impresiones del pasado extremadamente vívidas, y de cotejar las impresiones de las pasiones pasadas, o debilitadas, con el siempre presente instinto social—y asi de evaluar su comportamiento y trazar planes de actuación para el futuro.

Es de notar cómo en este análisis de Darwin se asocia la moralidad a la capacidad de imaginar, de trazar historias alternativas, y secuencias y proyectos de acción; es una teoría muy semiótica, por no decir narrativa, de la moralidad, y remite por tanto la capacidad moral no sólo a la presión del grupo social sino también a la capacidad de procesar secuencias e imágenes, y de transformarlas hipotéticamente en mundos alternativos representados mentalmente.

Darwin admite que la moralidad es una facultad más alta que el intelecto, pero subraya que la capacidad moral de los humanos se asienta en esta capacidad de representar vívidamente las impresiones pasadas, es decir, en una capacidad intelectual. También admite la importancia de las relaciones sociales y los valores del grupo en la conducta moral: los grupos humanos más desarrollados desarrollan asimismo una moral más refinada, racional y elaborada que las morales sociales frecuentemente arbitrarias y groseras de los salvajes.

Una cultura avanzada desarrolla una opinión pública racional y que estimula los sentimientos éticos y sociales mediante la educación, el ejemplo y la reflexión. Y aquí reflexiona un poquito Darwin sobre Dios.

"With the more civilised races, the conviction of the existence of an all-seeing Deity has had a potent influence on the advance of morality. Ultimately man does not accept the praise or blame of his fellows as his sole guide, though few escape this influence, but his habitual convictions, controlled by reason, afford him the safest rule. His conscience then becomes the supreme judge and monitor. Nevertheless the first foundation or origin of the moral sense lies in the social instincts, including sympathy; and these instincts no doubt were primarily gained, as in the case of the lower animals, through natural selection" (248)


Aquí parece sugerir Darwin, o podría hacer sugerir su teoría, que Dios es una especie de principio regulador de la racionalidad, o una proyección al cielo de la observación mutua en la que se basan los instintos sociales. Un resultado colateral de la sociabilidad humana. Observemos que los dioses más evolucionados tienden a ser dioses no de la tribu en cuestión, sino de la humanidad entera, con lo cual vendría a representar la divinidad el sentido de racionalidad social que une a todos los hombres—una personificación de una racionalidad que ya no es la del grupo social inmediato, sino que representa una sublimación de la socialidad humana en cuanto tal. Observa Darwin que la creencia en un Dios no es en absoluto universal o instintiva, sino que requiere una elevada elaboración cultural: lo que es más general es la creencia en espíritus malignos poco más poderosos que el hombre.

"The idea of a universal and beneficient Creator does not seem to arise in the mind of man, until he has been elevated by long-continued culture" (249)


Una vez más, Darwin sugiere aquí más de lo que dice. La religión evoluciona, y la idea de Dios con ella. El dios de las religiones monoteístas es una fase de un desarrollo cultural, un producto cultural "avanzado". El dios de la religión Unitarista, credo que profesaba la familia librepensadora de Darwin, representa un paso más en la desmitologización y en la liberación de creencias supersticiosas, absurdas y groseras. Y sin embargo esta idea o noción avanzada de Dios es menos avanzada que su propia desconstrucción en la obra de Darwin, que muestra la génesis cultural de la religión y de la divinidad a partir de los instintos sociales, y en última instancia su origen en la selección natural. El evolucionismo no se retira con una reverencia ante la dimensión espiritual del hombre, sino que examina los componentes de esa dimensión, analiza su origen y les da una explicación científica.

Lo mismo se aplica a la noción de la inmortalidad del alma.Qué sería de Dios sin la inmortalidad del alma, y viceversa... Son dos creencias que tienden a unirse, pues se refuerzan mutuamente y ambas surgen en una fase relativamente avanzada del desarrollo cultural. Podríamos pensar que Darwin considera estas dos ideas como dos ficciones desconstruibles, o explicables por una teoría evolucionista cultural. Pero en este punto su razonamiento es más prudente o ambiguo. Parece que (sin pronunciarse si él cree o no en la inmortalidad del alma) busca más bien tranquilizar a las personas que sí creen, y que se preguntan cuándo adquirió el hombre esa alma inmortal—en este punto busca Darwin más bien allanar objeciones a su teoría, o tender puentes con los creyentes: su prioridad no es, en absoluto, hacer proselitismo ateo, sino más bien mostrar que la teoría de la evolución no tiene por qué ofender a los creyentes. Arguye que si a pocos les preocupa en qué momento de la génesis del individuo se insufla el alma, no tiene tampoco por qué preocupar en qué fase del desarrollo humano a partir de una especie inferior se convierte el hombre en "un ser inmortal" (249). Aquí Darwin anda auténticamente de puntillas, y su retórica parece conceder la mayor, que el hombre es un ser inmortal, o al menos se escurre prudentemente.

Y este paralelismo entre la génesis del individuo y la de la especie, a partir de materia no humana, es un argumento en el que Darwin se hace fuerte. No olvidemos que "evolución" significaba en principio "desarrollo del embrión hasta alcanzar la madurez". La teoría de la evolución no tiene por qué ser más ofensiva que una comprensión de la reproducción humana. Uno de los principales argumentos de Darwin en la formulación de su teoría es la manera en que la ontogenia (la génesis del individuo a partir del embrión) recapitula en líneas generales la filogenia (la evolución de la especie, o su parentesco fisiológico con especies próximas)—recordemos aquí Ontogeny and Philogeny, de Stephen Jay Gould, que estudia esta cuestión, el origen del individuo como una representación o imagen del origen de la especie.

"The birth of both the species and of the individual are equally parts of that grand sequence of events, which our minds refuse to accept as the result of blind chance" (249, énfasis mío)


Aquí no está claro si Darwin está afirmando las limitaciones de nuestra mente, que sigue carriles intencionalistas y narratológicos y atribuye a los acontecimientos puramente casuales, fruto del azar ciego, un orden que no tienen. O si está prudentemente esquivando la cuestión y remitiéndose a las opiniones generalmente aceptadas sobre el propósito del universo. Probablemente está haciendo las dos cosas. Desde luego quiere librarse de la acusación de "irreligiosidad" que podría perjudicarle, a él y a la aceptación de sus ideas.

Pero lo que me interesa más que estas fintas es la noción de la grand sequence of events, la magna secuencia de acontecimientos que es el despliegue de las formas vivas y de sus capacidades cognoscitivas: esta magna secuencia o Gran Historia es un marco estructural que nos permite entender los hechos del universo no como fenómenos aislados, sino como un todo conectado, parte de una evolución cósmica. Esta capacidad de conexión y comprensión es el valor que tiene la teoría de la evolución y del origen de las capacidades mentales humanas propuesta por Darwin: permite una visión de conjunto, podríamos decir que añade narratividad a nuestra comprensión del universo, narratividad de esa que según Paul Ricœur permite relacionar acontecimientos y hacerlos comprensibles en relación unos a otros. Es un instrumento cognoscitivo—como lo eran por otra parte las narraciones bíblicas y míticas, de un modo más limitado. Esta narración tiene la ventaja de que es, además, científica. Es la gran narración por excelencia (y que cante misa Lyotard), en el seno de la cual encuentran su anclaje narrativo las pequeñas narraciones—las secuencias de acontecimientos que constituyen el orden humano de las cosas.

Velada queda la sugerencia de que esta capacidad explicativa puede llevar también a atribuir intencionalidad, argumento deliberado, teleología y teología donde no la hay—que la narración tiene sus propias falacias narrativasque la acompañan y que limitan su poder explicativo. Puede asimismo haber verdades demasiado desagradables para comprenderlas plenamente, sugiere Darwin—para que las comprendan sus contemporáneos victorianos, o su esposa, o incluso Darwin mismo. Puede que el sentido que vemos en el mundo, y en nuestra vida, puede que la existencia de Dios y la inmortalidad del alma que postulamos (o que han pasado a ser presuposiciones socialmente aceptadas) sean sólo ilusiones de nuestro cerebro, productos colaterales de nuestros hábitos cognitivos, en su búsqueda de conexiones y de sentido. Hay así hoy, más claramente que en tiempos de Darwin, una teoría sociobiológica sobre el origen biológico de la creencia en Dios (ver "La fe como exaptación"). La idea de Dios sería la consecuencia de la sociabilidad humana y de la reflexividad comunicativa que nos ha hecho humanos—y que nos lleva a proyectar intencionalidades a la naturaleza, y a ver planes trazados allí donde no hay más que acontecimientos fruto del azar. Algo sucede, sin más, y nuestros hábitos cognitivos nos llevan a decir "alguien ha hecho que suceda—era el destino", y a contar una historia organizada al respecto.

Y las grandes narraciones se juntan con las pequeñas incluso en la vida de Darwin y la génesis de su obra. Termina el capítulo final con una vuelta a considerar la importancia de la selección sexual no sólo en los animales sino muy particularmente en el hombre: a ella hay que atribuir en gran medida según Darwin el dimorfismo sexual, y las distintas capacidades y tendencias mentales y anímicas de hombre y mujer. Darwin eligió lucir una enorme barba que marcaba bien su dimorfismo y su pertenencia al género masculino, un ornamento sexual según su propia interpretación. También las diferencias entre las razas son originadas en gran medida por cuestiones estéticas guiadas por la selección sexual—o tal es la tesis de Darwin. Aprovecha Darwin para redondear su "incorrección política" abogando por la eugenesia voluntaria, aunque reconoce que en sus tiempos todavía se sabe muy poco de las leyes de la herencia. Y aquí hay una pequeña salida de tono por cuestiones personales:

"When the principles of breeding and inheritance are better understood, we shall not hear ignorant members of our legislature rejecting with scorn a plan for ascertaining whether or not consanguineous marriages are injurious to man" (253)


Darwin se había casado con su prima, y esta cuestión de la consanguineidad le atormentaba y preocupaba especialmente por motivos personales:

El matrimonio Darwin tuvo diez hijos. Dos de ellos murieron en la infancia, y especialmente el fallecimiento de Anne Darwin con diez años dejó una huella indeleble en sus padres. Charles era un padre cariñoso y extraordinariamente atento con sus hijos. Cuando enfermaron siempre sospechó que la consanguinidad podía empeorar la tendencia genética a la enfermedad que él sufría desde su juventud. Estudió el tema en sus libros, contrastándolo con las ventajas asociadas al cruce entre muchos organismos. (Wikipedia)


Desde luego las dudas sobre la consanguineidad no le llevaron a Darwin a moderar su reproducción. La explicación se encuentra quizá en los párrafos finales de The Descent of Man.Allí discute Darwin una paradoja sobre la reproducción humana: los humanos más prudentes, racionales y capacitados, lo mejor de la especie, tienden a asegurar el futuro de sus hijos antes de casarse; los imprudentes e irracionales en cambio se reproducen alegremente sin pensar en las consecuencias. Y esta última estrategia, paradójicamente, tiene más sentido evolutivo—con frecuencia, las personas prudentes no se casan o no tienen hijos por escrúpulo, y los hijos de los imprudentes, de la peor clase de gente, pasan a dominar la Tierra. Pero así no se contribuye a elevar a la humanidad sobre su estado actual. Darwin sin duda hizo cuanto estaba en su mano por contrarrestar la tendencia, y se pronuncia en contra de la anticoncepción y de la abstinencia sexual:

"Hence our natural rate of increase, though leading to many and obvious evils, must not be greatly diminished by any means. There should be open competition for all men; and the most able should not be prevented by laws or customs from suceeding best and rearing the largest number of offspring." (253)


Aquí también parece que está pensando en alguien en concreto.

Termina Darwin con una defensa de su teoría y un recuerdo de su viaje en el Beagle en su juventud. Cuando vio a los habitantes de la Tierra del Fuego, quedó horrorizado al ver a la humanidad primitiva de la cual descendemos, en nada más atractiva que los animales para él, aunque los compadeciese y reconociese la humanidad que le unía a ellos.

Y se comprende, dice, que pueda resultar desagradable a algunos pensar en los orígenes bestiales del hombre. La elevación actual de nuestras capacidades por encima de la animalidad es promesa, a su entender, de algún destino aún superior al actual en algún futuro lejano. Hasta allí llega, imaginativamente, el Gran Relato de la evolución en The Descent of Man.

Entre tanto, afirma Darwin, el apego a la razón y el respeto a la verdad le obligan a atenerse a los hechos y a exponer lo que ha podido llegar a entender del ser humano: que junto con sus cualidades elevadas, nobles y espirituales, el hombre arrastra y arrastrará siempre consigo la huella de su origen humilde en los simios y en los animales inferiores. Es quizá lo mejor que podemos hacer, el intentar comprender cuál es la naturaleza y origen de nuestros motivos, acciones, e ideales: sólo así podremos evaluarlos y conocernos a nosotros mismos al margen de ilusiones y de mitos. A los que no hay por qué echar demasiado en falta, pues posiblemente siempre seguirán con nosotros.


La Odisea de la Especie II

Este sí ha evolucionado



aboriginal
Aunque a primera vista pueda engañar, este aborigen sí ha evolucionado. Se le nota en los adornos del cuerpo, señal de que es hombre simbólico, y sobre todo en la avanzada tecnología del paño de la cabeza—que debe ser de importación. También, claro, en el blanco de los ojos: te mira con desconfianza (justificada, supongo—los cazaban como a perros) pero con inteligencia.

La barba no sé si es señal de evolución o no. A pocos de nuestros antecesores los pintan ahora con barba, los antropólogos: debe ser que los cavernícolas barbudos hacen demasiado decimonónico. Hasta a los neandertales los afeitan. Algún homo tuvo que haber que no fuera lampiño precisamente—pero la barba hace más homo sapiens que otra cosa, en la imaginería actual.

De hecho, el de la imagen podría bien ser un homeless californiano con una mano de pintura, algún último eslabón de los hippies de los sesenta, o un Hell's Angel que tuvo que empeñar la Harley ya hace tiempo.

O quizá sea éste un hombre del futuro. En la esquina de mi calle me acabo de encontrar, de hecho, a un cazador-recolector muy parecido a éste.

Diez mil millones de años luz de evoluciones

Doce últimos hombres

Planet of the Apes



El año Darwin pega fuerte. Y el gripazo. Ayer se conjuntaron de tal modo que no pude asistir a la conferencia que tenía previsto en la Universidad, sobre la extinción masiva del Cretácico o finales. Así que en su lugar me escuché esta conferencia virtual de Carl Zimmer, "Darwin and beyond: How Evolution Is evolving" en Blip.tv, que no me ha traicionado como YouTube (ahora parece ser que es mi ordenador, el traidor, el único que no me deja ver YouTube). De hecho hay toda una colección de conferencias sobre evolución de Carl Zimmer en Blip, enlazadas a esa. Menos mal que tenemos a Zimmer para consolarnos malamente de la desaparición de Stephen Jay Gould. Hoy he empezado uno de sus últimos libros, I Have Landed, y me he emocionado con su dedicatoria, y he llorado porque ya no escribirá más libros... Adiós y hola desde aquí, Stephen.

Este libro me lo encargué en cuanto salió, pero lo aparqué mientras le hincaba el colmillo a The Structure of Evolutionary Theory, increíble arquitectura de palabras y conceptos en la que Gould integra en un razonamiento ordenado e increíblemente complejo, que hasta Hegel debería envidiar, todo lo que parecían curiosidades dispersas en sus anteriores libros. Como riff final para su obra, desde luego se debió quedar ancho, él que le gustaba asociar cosas aparentemente disparatadas de maneras sorprendentes, y ver que se tenía junto el castillo cada vez más alto de fichas de dominó, y subía y subía.
Australopithecus Afarensis







Otro libro que me acabo de encargar en cuanto lo he visto es The Last Human: A Guide to Twenty-Two Species of Extinct Humans, de G. J. Sawyer y Viktor Deak—una espectacular obra de divulgación sobre casi todos los humanos y homínidos conocidos. Hay que reconocer que varios de los "humanos" a que se refieren son primos muy lejanos: de los que ves y piensas "gorila", o "chimpancé" antes que "semihumano inquietante". Los ardipitecos y australopitecos y parántropos que ocupan la mitad del libro no son, probablemente, ni siquiera antepasados nuestros... más bien sus primos, quizá, aunque bien pudiera ser que alguno sí sea un tatarabuelo remoto. Y nada de esto es muy muy seguro.




Boisei



Así por ejemplo el Paranthropus boisei hasta hace poco era el Australopithecus boisei; y antes fue el Zinjanthropus. Parece claro que pertenece a una línea derivada que no está entre nuestros antepasados, aunque sí tengamos un antepasado común, como lo tenemos con los chimpancés y gorilas. No llega tan lejos por cierto este libro, pues aunque es generoso con lo que considera "humano" no llega hasta los antepasados comunes con los simios—Oreopithecus o sus familiares próximos. Comienza en Sahelanthropus, que ciertamente no tenía que vivir en lo que hoy llamamos el Sahel, pues bien distinto sería en sus tiempos (aunque el libro subestime los cambios en la climatología africana). Y Sahelanthropus desde luego es un auténtico chimpancé a la vista—aunque en realidad no sepan si colocarlo mucho antes. La cuestión es que tenía al parecer caninos pequeños... un dato que lo aproxima a los humanos. Pero su fotografía es la de un chimpancé. Digo fotografía porque las ilustraciones son clave en el libro, admirables falsificaciones digitales que ayudan a imaginar lo que pudieron ser estos humanoides. La foto del boisei que nos muestran es la del cuñado de un gorila, no la de un humano, ni siquiera uno muy muy paleto. Estos aún no habían llegado ni siquiera a la fase de la caverna y el garrote.

Tampoco había alcanzado mucha inteligencia—ni mucha belleza, como su nombre indica—el Orrorin. Poco sabemos de él. Que era implume, sí. Bípedo, puede.

Y también son simiescos los diversos australopitecos: chimpancés que andan de pie—y que parecen por tanto extrañamente presuntuosos o con resabios de elegancia, como queriendo lucir tipo.

Australopithecus Afarensis


Aunque, allí está el arte del ilustrador, basta ponerles ojos humanos, con mucho blanco, a los photoshops de los australopitecos, para que adquieran inteligencia, y si no inteligencia para hacer sudokus, sí al menos un alma humana, una personalidad capaz de sentimientos y de amistad hacia nosotros.

De las ilustraciones que aquí figuran, el Homo rudolphensis del lago Turkana (antes lago Rudolph) es el primero al que en este libro se le concede blanco de los ojos, o quizá sólo amarillo, pero con un poquito basta. rudolphensis


orangután
Es importante, el blanco de los ojos. Sirve para ver a dónde está mirando la otra persona, de modo que contiene todo un programa de reflexividad y de "teoría de la otra mente" consigo. Instintivamente reconocemos, en alguien que mira de reojo, a un congénere. Las miradas de reojo son por tanto especialmente chocantes en los rostros no humanos, como el de este orangután—


o el de este otro australopiteco:
Afarensis











Estas ilustraciones no vienen de The Last Human: como digo, allí es el Rudolfensis el primero que mira meditativamente. ¿Serían capaces de reconocer los sentimientos e intenciones del otro, de trazar planes maquiavélicos, de proyectar el futuro? La mayoría no sabe, no contesta—su mirada es inexpresiva. planet of the apesLa mirada de Boisei, aunque mire un poquito de reojo, es opaca, indicativa de encefalograma plano detrás, o de vocación de mascador de plátanos y tallos tiernos, todo lo más. A Lucy y a su hija se les concede cierto encanto en The Last Human, un poquito a lo Helena Bonham Carter en El Planeta de los Simios. Pero por muy monas que sean, son monas y nada más. No tienen aquí vida interior.





























Mirad en cambio, qué sabiduría resignada, y qué melancolía profunda de cantante de blues, en este Homo Erectus reojado:

Homo Erectus
Por contra, a este aborigen más moderno no le han sacado el blanco de los ojos en la foto, y como resultado está el hombre demasiado poco comunicativo, cejijunto:

aboriginal


Hay que recordar que el blanco de los ojos fosiliza mal.

Lo de la vida interior, por cierto, supongo que depende de un rico universo social y simbólico; depende primero de tenerlo fuera, y luego de interiorizarlo. O de desarrollarlo en una dialéctica dentro-afuera, entiéndaseme. Aquí hay una teoría sobre la interiorización de nuestro trato con los demás, o sobre cómo nos amueblamos por dentro con los símbolos del mundo externo: "Goffman: El teatro de la interioridad". Esto me recuerda que había una teoría semejante sobre la creación de una interioridad en Nietzsche, en La Genealogía de la Moral. Allí iba más ligada la creación de esa moral y de esa interioridad a la violencia, la dominación y las relaciones de poder. En todo habrá un ápice de verdad, al menos.

A lo que iba–en este libro, no hay gran cosa de la interioridad, no llegamos hasta ahí, pero sí sobre la aparición de la capacidad simbólica. Un fenómeno que prefieren no describir como evolutivo (en el sentido de "lento", por selección natural, etc.) sino como emergente, una súbita explosión de capacidades que sin embargo quedan así, a bote pronto, muy mal explicadas. Una vez más, tendremos que integrar la evolución del simbolismo en el seno de la evolución, supongo.

Es inevitable que dentro de cien años se reirán (si les queda risa) de las magníficas ilustraciones de este libro, que les parecerán como nos parecen ahora las de neandertales jorobados, con nariz de borrachín y con garrota (que igual sí eran así...). Pero entre tanto, es una historia plausible que nos cuentan los antropólogos e ilustradores. Insisto sin embargo que de los ventidós "humanos" sólo hay aquí doce con luz en los ojos, y —será casualidad—son todos los homos. Creo que sólo a éstos se les concederían hoy derechos humanos, en lugar de derechos de los Grandes Simios. O igual habría que inventar unos derechos menos erectos... Por suerte o por desgracia, la extinción y el genocidio nos han librado del dilema.

Así pues, veo en The Last Human algunos humanoides, primates y parántropos, pero sólo doce especies humanas: Homo rudolfensis, Homo habilis, Homo ergaster, Homo georgicus, Homo erectus, Homo pekinensis, Homo floresiensis, Homo antecessor, Homo rhodesiensis, Homo heidelbergensis, Homo neanderthalensis, Homo sapiens.

Curioso elemento, éste, el Homo sapiens. A veces vive tan en cueros como un australopiteco, y sus conocimientos de cibernética no van mucho más allá. Pero tiene sin embargo un universo simbólico que le hace acicalarse, y ponerse piercings, y contarse historias de cómo los Dioses crearon al primer hombre—del barro salió, dicen.

Siempre me han gustado las historias de últimos hombres—desde el Planeta de los Simios—y luego First and Last Men de Olaf Stapledon, Earth Abides de George R. Stewart, y también, antes de todas éstas venía, The Last Man, de Mary Shelley. He pensado muchas veces en cuál debió ser el fin de los neanderthales, y de los Hombres de Flores, las últimas especies humanas con las que hemos coexistido. Quizá unos eran ogros para nosotros, y los otros enanitos... ¿Fueron exterminados? ¿Esclavizados? ¿Arrinconados? ¿Ignorados en la medida de lo posible?

En todo caso, la idea de la evolución como un ascenso gradual de los simios a los humanos queda transformada con esta sobreabundancia de eslabones perdidos que han surgido en el último siglo. Ahora se plantea la relación de coexistencia o rivalidad no sólo entre tribus o naciones de la edad de piedra, sino también entre distintas especies de humanos y humanoides que coexistían, expandiéndose algunos de ellos fuera de África. Como sigue dándose todavía, esa extraña coexistencia, aunque algo más desdibujado queda el tema, entre nosotros y los grandes simios. No me olvidaré del imponente gorila del zoo de Madrid, sentado como el Pensador de Rodin, mirando al público que lo miraba, con una tristeza, una impotencia, y un resentimiento infinitos—a menos que me los esté imaginando yo.

El Último Hombre... el último hombre ha existido ya muchas veces: once veces, al menos. También el último parántropo. Y una vez extintas todas las especies queda, esta vez sí, por vez primera... el último hombre, hipócrita lector, monstruo refinado al que conoces. Al que le sujetas la mirada en el espejo.

En este libro The Last Man sale el último hombre plantando una bandera en Marte, wishful thinking de momento. Y quizá, quizá la pinche... un lasting last man. Pero eso no le librará de la extinción, a la que todo va abocado. parade Esta mañana andaba por el campus, veía muchos homo sapiens como yo, afanándose aquí y allá, haciendo sus planes y acuerdos, hablando por sus teléfonos móviles, organizando la distribución del trabajo, andando entre esas curiosas conchas móviles, multicolores, que de repente han ido apareciendo por todas partes. Y me ha parecido una cosa tan rara, tan atípica, una demencia súbita (fascinante, eso sí), una burbuja de actividad frenética después de dos millones de años de caminar por la sabana.... La realidad cotidiana que tan sólida nos parece es una apariencia, es nuestra Caverna, la Caverna de la que creíamos haber salido para estudiar filosofía.

... no durará, no. Nada dura, por largas que sean las historias de la Historia, ese noticiario de anteayer. El Último Hombre, todos lo somos.

No evolucionaremos